FICHA TÉCNICA



Título obra Josefina la gallina puso un huevo en la cocina

Autoría Creación colectiva

Dirección Diana Magallón

Grupos y Compañías Grupo Vaca 35

Elenco José Rafael Flores

Escenografía Natalia Sedano

Iluminación Natalia Sedano

Notas de Música Alberto Rosas / músico en escena

Referencia Alegría Martínez, “Identidad nómada”, en Laberinto, núm. 774, supl. de Milenio, 14 abril 2018, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Identidad nómada

Alegría Martínez

Decenas de huevos repartidos en seis trapecios de tela de alambre abarcan el cielo del escenario. Debajo, un actor afirma ser una gallina, poner huevos, conocerlos, amarlos, saber sus nombres, su carácter y sus gustos. Los espectadores cesan de reír al ver el rigor con que el actor transforma su cuerpo, su mirada, sus movimientos.

El actor, José Rafael Flores, comparte pasajes que conforman la vida de la gallina que es, desde que lo supo. Sobre un espacio amplio, una franja de papel Kraft es la pantalla en la que se proyectan películas familiares de vacaciones en la playa, o se enmarca un día feliz con series navideñas y alguna parte del territorio nacional.

Josefina la gallina puso un huevo en la cocina es el título elegido por el grupo Vaca 35 para hacer un recorrido desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México, en el que se esbozan rastros de rechazo, maltrato, inequidad, discriminación, feminicidios, abuso y desaparición.

Un escenario con espacios vacíos que sugieren desprotección, donde madera, alambre, arena, una escalera de tijera y dos sillas conforman el mobiliario, se vuelve un paisaje simbólico de lo árido, al tiempo en que sugiere apertura de caminos. El diseño espacial y de iluminación de Natalia Sedano crea un hábitat acotado por el riesgo, donde sin embargo hay humor y piso firme para el deambular de una gallina que ahí encuentra lugar para su ritual favorito.

Esta obra de creación colectiva configura una metáfora que realiza acercamientos a la empinada cuesta que debe subir el ser humano cuando logra enterarse de quién es y decide asumirlo.

La gallina que se acepta como tal desde un cuerpo de hombre narra parte de su infancia, de su adolescencia marcada por el rechazo, por la agresión y el abuso, hasta que llega el último día que lo permite.

Sobre el escenario, el músico Alberto Rosas, con el acordeón en su regazo, le da sonoridad a los pasos, a la reacción, a la tensión de la gallina en la circunstancia que su narración atraviese, desde caminar y proteger con arena sus huevos, entre los que destacan algunos color rosa junto a cruces de madera que aluden al desierto poblado de mujeres muertas, hasta la danza libre en una discoteca de Ciudad Juárez, donde los pasos de la mayoría son marcados por un patrón difícil de romper.

Niño, gallina, hombre, mujer, conforman parte de un embrión frágil, dentro de un cascarón, susceptible de estrellarse en un instante cualquiera.

El montaje expone crudas circunstancias con las que convivimos, como si fuera algo natural, a través de un personaje dual que es valiente en un entorno hostil poblado de huevos en canastillas semiplanas, que a ratos se integran a un vaivén delicado e incierto sobre el vacío.

La dirección de Diana Magallón a este texto de pocos parlamentos enlaza acciones con música en vivo y proyecciones en torno a una postura franca y abierta por parte del único personaje que comunica quien ha sido y quien es, y saca al espectador de su comodidad, lo sorprende y confronta con conflictos propios de una sociedad cada vez más depredadora.

Josefina la gallina puso un huevo en la cocina es una obra que juega con la preconcepción del espectador que sufre un revés frente a un personaje que encara su situación con valor, sin rasgar la sensibilidad y la ternura de un ser que se autoriza a vivir, por encima de su fragilidad, como lo dicta su deseo.