FICHA TÉCNICA



Título obra Trattaría d’improvizzo

Dirección Fernando Bonilla

Elenco Julieta Ortiz, Juan Carlos Vives, Carlos Corona, Juan Carlos Medellín

Iluminación Matías Gorlero

Música Leo Soqui

Referencia Alegría Martínez, “Chefs a la cacerola”, en Laberinto, núm. 752, supl. de Milenio, 11 noviembre 2017, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Chefs a la cacerola

Alegría Martínez

Una reluciente y amplia cocina recibe a los chefs de la Comida del Arte. Entre cacerolas, sartenes y cucharones, los expertos, con mandil y filipina, improvisan a partir de las sugerencias de un público dispuesto a aportar frases, lugares y palabras clave para formar anécdotas y acciones inéditas aderezadas de ingenio, destreza e ingredientes recién cosechados.

Al centro del escenario, transformado en laboratorio gastronómico para el ánimo, una actriz y cuatro actores que han hecho preguntas al público sobre su película de terror favorita, el oficio que detestarían ejercer o el lugar donde no les gustaría estar, consignan las respuestas en sus comandas, que más tarde se mezclarán en una olla.

Como en los restaurantes, el menú cambia según el día, por lo que durante el festejo del Día de Muertos había Quesadilla de ouijlacoche, Espadinha de epitafo, Cadáver al pesto, Parrilla de anfitrión y, para finalizar, Pan de muertes. Entre las salsas a elegir, para intensificar el platillo, había Terror gringo adolescente, Expresionismo alemán, Juan Rulfo, Alfred Hitchcock, Ópera gótica y Comedia de luchadores, determinantes del estilo de actuación.

Reglas, señalamientos sonoros y reconocimientos a partir de un ave con pico en versión plástica o en calcomanía son también parte de este juego que pone a prueba la destreza física y mental de un equipo de muy buenos actores dispuestos a ejercitar frente al público el arte de la improvisación.

A dieciséis años de la fundación de la Liga Mexicana de Improvisación (LIMI), que se presentó con diversos espectáculos durante siete años, hoy parte de ese mismo equipo de once actores, al que se han sumado algunos nuevos, alternan su participación en grupos de cuatro por función, arropados por un anfitrión, Fernando Bonilla, un diseñador de iluminación, Matías Gorlero, y un músico, Leo Soqui.

Darle forma a una nueva historia cada tres o cinco minutos exige, además de experiencia actoral, un entrenamiento que mantenga en óptimo nivel la capacidad de proponer en segundos la historia por crear, captar lo que su compañero hace en escena y retomar la acción en el punto en que le toque intervenir, de forma que el planteamiento, por disparatado que parezca, progrese al interior de cada nueva lógica, sin que la intrusión del azar destruya lo que se ha conseguido.

El factor sorpresa que en cada función incluye a los actores, a sus personajes y al público, el ejercicio de un humor que pueda crecer cumpliendo nuevos acuerdos, la oportunidad de transformarse en objeto, animal o persona sin mayor antecedente que su sola mención, es una labor para exponentes de grandes ligas de la escena.

Julieta Ortiz, actriz de altos vuelos, capaz de transformarse hasta ser un latoso chimpancé; Juan Carlos Vives, que transita con aplomo entre los diversos géneros, convertido en poeta rural; Carlos Corona, presto a navegar por un humor súbito y detonante hasta ser un luchador avezado; Juan Carlos Medellín, bien plantado en el escenario, de adulto a estudiante reincidente; Fernando Bonilla, director y anfitrión escénico que estimula, acota y propicia la buena comunicación entre elenco y audiencia, conforman un equipo actoral despojado de ataduras, que crea imágenes, historias y personajes.

Trattaría d'improvizzo es el equivalente escénico a una buena sesión de jazz para la que los intérpretes han pulido a conciencia el instrumento de su arte, esta vez para salir en busca de un rato feliz.