FICHA TÉCNICA



Título obra Todos los peces de la tierra

Autoría Bárbara Perrín Rivemar

Dirección Alejandro Ricaño

Elenco Gina Martí, Adriana Montes de Oca

Vestuario Mauricio Ascencio

Referencia Alegría Martínez, “La espesura del abandono”, en Laberinto, núm. 738, supl. de Milenio, 5 agosto 2017, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La espesura del abandono

Alegría Martínez

La acción de Todos los peces de la tierra tiene lugar sobre un gran columpio, donde una joven se desdobla en su otra yo y entre ambas traen a más personajes vinculados con los deseos de la chica, que se cumplen tarde o se asfixian de espera.

La joven dramaturga Bárbara Perrín Rivemar escribe una historia de fuertes pérdidas, acompañadas de canto y un perro, que llevan a la protagonista a engancharse a la oportunidad que pase cerca, por frágil que se perciba.

Los textos viajan entre dos actrices de pie, sentadas, acostadas, atravesadas sobre el largo asiento del gran columpio, que ocupa casi el ancho del escenario. Van y vienen del pasado de la niña Marina a su juventud, su presente y su dolor continuo, pero también a su ímpetu por no dejarse atrapar en la espesura del abandono.

Sostenida por un dolor sólido y continuo, la obra deja espacio para que se pueda ver la esperanza mediante un entramado que va de la más estéril cotidianidad al terreno de una ciencia ficción que rasga el humor, la ternura y la auto renovación, vía hábitats marinos con todo y habitantes.

Las actrices Gina Martí y Adriana Montes de Oca van raudas, seguras de si mismas, de un suceso a otro sin roturas de ficción. Ambas generan imágenes, conmueven, laceran y proyectan la infinidad de contradicciones por las que atraviesa emotivamente el personaje de Marina, en incesante relación con su reflejo, en una especie de partido de tenis emotivo-verbal en el que una lanza, la otra reacciona, responde, devuelve o cambia el juego.

Con un vestido cruzado azul turquesa, pleno de líneas, colores, cuentas y figuras que parecen deslizarse para evocar el mar, en un contraste de mínimos detalles distintos para cada una, atuendo que se completa con mallones color caribe, diseñados por Mauricio Ascencio, las chicas se mueven ágiles y seguras en una marea de sucesos a una velocidad que pareciera tener la intención de conjurar la caída trágica o melodramática del personaje. Sin embargo, el tratamiento del texto salva muy bien esos peligros al intercalar otra calidad de realidades vividas, contadas y retomadas por el personaje principal.

Aun así, la dirección de Alejandro Ricaño lleva a las actrices por una cuesta verbal vertiginosa que se antoja innecesaria, y aunque consiguen subir y bajar sin tropiezo y sin perder el hilo de la complicada y fragmentaria acción que realizan y narran, el espectador oscila entre seguir esforzándose o ceder a la tentación de abandonar el seguimiento puntual de algunas partes.

El trabajo de las actrices, con sonido de cuerdas a cargo de una de ellas en la interpretación de la canción "Fue en un café", que recuerda la versión de Los Apson, le da un buen giro a la machacante tonada al conseguir la escucha de un canto amable y un alto al fuego verbal que, junto con otro momento posterior de la escenificación, equivalen a los únicos espacios de respiro para el espectador.

La precisión con que Bárbara Perrín Rivemar plasma dramatúrgicamente instantes, revelaciones de un cruel mundo adulto y de un universo que puede expandirse desde la infancia hasta que el personaje persista en su intento de sobrevivencia interior, está en el corazón de un texto doloroso, honesto y lúdico que rescata al personaje y al espectador de hundirse irremediablemente en un mar de pérdidas.