FICHA TÉCNICA



Título obra El ensayo del titiritero

Autoría Carlos Converso y Adriana Menassé

Dirección Carlos Converso

Notas de elenco Carlos Converso, Rubén Reyes, Adrián Gómez / manipuladores de títeres

Referencia Alegría Martínez, “Laboratorio espiritual”, en Laberinto, núm. 730, supl. de Milenio, 10 junio 2017, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Laboratorio espiritual

Alegría Martínez

Observar a un titiritero a solas equivale a entrar a un laboratorio donde en lugar de tubos de ensayo y líquidos se realizan pruebas con una sustancia espiritual y emotiva. Carlos Converso se traslada al escenario con algunos de sus objetos, pero en este caso es, junto con sus seres de hule esponja, y sus sombras en miniatura, un personaje más, que juega el rol que eligió fuera de la ficción.

El espectador testifica un juego dramático que inicia con el reconocimiento de las huellas del tiempo en el rostro del titiritero, quien pone una máscara de sí sobre sus propias facciones y la añoranza de otros tiempos se desprende en palabras, en mirada de extrañamiento propio.

El ensayo del titiritero es un montaje sencillo e intenso, conformado por escenas cortas, hasta donde llegan personajes distintos, como un calvo Mefistófeles que se vuelve dos, un viejo actor especializado en Shakespeare y algún personaje más de toscos rasgos, con 30 centímetros de estatura aproximada, que se eleva y desciende ante un buzón sobre una pequeña mesa.

Lo que el espectador se lleva de irremplazable es esa sinergia emotiva que corre entre el artista y sus personajes que hablan con la voz de quien les hace moverse y con quien se comunican en una suerte de gama de rayos refractarios.

La dramaturgia de Carlos Converso y Adriana Menassé plantea cuestionamientos sobre lo que ha sido la vida de un actor: "dedicada a hablar con las palabras de otros, a asumir sus gestos y silencios como si fueran propios y lograr que los demás se sientan convencidos. Estoy en la edad del melodrama", afirma el muñeco de la tercera edad, en franco reconocimiento de su estado.

Apoyado por Rubén Reyes en los papeles del técnico y Mefisto y por Adrián Gómez como otro Mefisto, Converso se ubica sobre el escenario, como lo ha hecho durante años, tranquilo, sin falsas posturas ni grandilocuencia, dedicado a que cada elemento inerte deje de serlo y se transforme en un personaje de hule esponja que expresa un vaivén interno.

En esta ocasión, en la que él es el personaje que ensaya con sus muñecos e invita a ser visto, las reglas del juego sufren un cambio. Sus personajes se detienen a pensar en su propia vida, fuertemente asida a su constructor, a su manipulador, sin el cual su ser no existiría y viceversa.

El ensayo de un titiritero es un teatro que retoma la ternura, cada vez más ausente del escenario, sin alejarse del entorno social, de la crítica, de la paradoja, el humor y el sarcasmo. Es un espectáculo corto en el que hay una cascada de acciones sin gritos, estridencias ni altas tecnologías. Trabajo de filigrana escénica que depende del profundo conocimiento de cada material, del color, la textura y su reacción, vinculados a la esencia humana.

Se trata de un montaje que desarrolla también alguna estampa de poesía visual en movimiento, durante un momento trágico, y atrae la atención hacia el detalle, el silencio, el significado de una acción abierta a múltiples traducciones.

Converso recapitula con pausa una existencia dedicada a construir y dar vida a cosas a las que dota de alma.