FICHA TÉCNICA



Título obra El inmóvil

Autoría Juan Carlos Vives

Dirección Juan Carlos Vives

Elenco Juan Carlos Vives, Emma Dib, Guadalupe Damián

Escenografía Raúl Castillo

Iluminación Raúl Castillo

Vestuario Raúl Castillo

Referencia Alegría Martínez, “Viscocidad humana”, en Laberinto, núm. 718, supl. de Milenio, 18 marzo 2017, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Viscosidad humana

Alegría Martínez

La posesión de un departamento contiene los objetivos, los sueños, la posibilidad de alcanzar al fin algo que se ha deseado largamente, un lugar donde sucederá lo que cada uno espera, como lo anhelan los personajes de El inmóvil, que en cuanto ponen un pie en lo que sienten ya de su propiedad, tras haber depositado un enganche, se enteran de que tres personas también lo reclaman.

Este punto de partida abre enseguida un conflicto entre dos mujeres y un hombre de oficios y vocaciones distintas, que buscarán el modo de quedarse con el inmueble elegido, lo que le da la oportunidad a Juan Carlos Vives, autor, director y actor de esta obra, de generar una estructura dramática compleja, en la que cada personaje se adentra en distintas etapas de su historia vivida, que traerán al presente viejos rencores, heridas y cicatrices que se agigantan ante la posibilidad del despojo.

El departamento está acotado sobre el escenario por una estructura metálica que ostenta, mediante líneas verticales, el vértice de lo que serían sus muros: laterales inexistentes, que permiten al espectador observar lo que sucede en el inmueble de la discordia.

Dentro, sin poder salir porque eso equivaldría a perder terreno, están los embaucados con sus demonios internos, desatados como monstruos que surgen de la pugna entre lo que quisieran que fuera hoy su nueva vida y lo que en verdad ha sido.

Vives, el autor, plantea, en una especie de flashback de cada personaje, escenas con tres personajes más, relacionados con cada uno de los involucrados en la pugna. Nueve personas revelan el peso que cada quien carga, en un espacio que los oprime.

Diálogos cotidianos que crecen en su composición revelan la vehemencia del vendedor de cocinas, la esperanza de la terapeuta holística y la huida constante de la fisioterapeuta, mediante parlamentos que son metáfora de cada personaje, confesión y evidencia ridícula de sus flaquezas.

Como director, Vives solicita de sus actrices, Emma Dib y Guadalupe Damián, y de sí mismo, en tanto actor, la creación de una ficción de alto riesgo, en la que cada uno interpreta más personajes dentro de otro plano de realidad al que se debe entrar y del que se debe salir en unos cuantos segundos, para retomar enseguida una historia de quienes ya se sentían dueños de algo.

Los personajes pelean por lo que dicen querer, luchan contra el otro, buscan aliarse para avanzar rumbo a su meta. Estos tres individuos de clase media buscan modificar su presente sin que importe pasar por encima de quien los estorbe. Las acciones siguen sin parar en esa demarcación abierta que da claustrofobia y desde donde el elenco proyecta la desesperación de un encierro que parece eterno.

Los actores Emma Dib, Guadalupe Damián y Juan Carlos Vives se desempeñan sobre el escenario como acróbatas de alto riesgo. Sus dotes histriónicas están a la vista, la dificultad del texto es evidente. La escenografía, el sencillo vestuario y la iluminación de Raúl Castillo subrayan la miseria humana que supuran los personajes.

Sin embargo, algo parece quedarse inmóvil, como estos personajes encerrados en un hábitat sin paredes, como si de repente el tiempo se detuviera, aunque aquéllos no dejen de moverse, de unirse y de hablar al mismo tiempo cuando se trata de enfrentar a un tercero, en busca de armas verbales, tangibles o imaginarias, para atacar a alguien que por azar está en la misma circunstancia.

Tal vez porque así es la propuesta, quizá porque ser presa de la mezquindad repele, o incluso debido a la eficacia de quienes se entregan a El inmóvil con tal ímpetu, el espectador queda atrapado en esa viscosidad humana, expuesta en este montaje que configura una virtuosa pieza de arte de caprichosas formas que en ocasiones uno quisiera dejar de ver.