FICHA TÉCNICA



Título obra Mi nombre es Salvador

Autoría Guillermo León

Dirección Chiquinquirá Borbón

Elenco Ana Cecilia Azuela, Jimena Fernanda, José Ángel Borbón, Juan Pablo Rocha, Rafael Gallegos Parra, Armando Said

Referencia Alegría Martínez, “Senderos trágicos e irónicos”, en Laberinto, núm. 716, supl. de Milenio, 4 marzo 2017, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Senderos trágicos e irónicos

Alegría Martínez

La huella mitad oscura y luminosa de lo que se vive hoy en Nayarit llega hasta un pequeño foro de Coyoacán, donde se observa a una familia que padece los estragos del narcotráfico, la migración y la trata de personas, entre el machismo, el alcohol, la fortaleza del espíritu huichol, la esencia de guisos típicos, la poesía de Amado Nervo y la pureza en los ojos de un niño.

Una dramaturgia urgente impulsa el motor dela obra Mi nombre es Salvador, que desborda problemáticas envueltas en ese sentido del humor cargado de doble vuelta, revelador de múltiples facetas y de una idiosincrasia compleja, con las particularidades de un acontecer que se modifica de manera irónica y violenta cada día.

El texto de Guillermo León da un panorama de los males que aquejan al país a partir del acercamiento que hace a Nayarit, entidad presente desde la primera llamada en que se ofrece al espectador un dulce de leche con limón y más tarde un licor de fruta.

Como si fuera ésta la única oportunidad para abarcar este complejo universo, la obra abarca el festejo de unos XV años, alguna balacera cotidiana, anhelos y frustraciones de la madre hasta la hija que se asoma a la pendiente de su caída, al tiempo en que repara en el deseo de un miembro de la familia por ser actor y de otro más por salir del país, aunque el precio sea quedarse en el camino.

Esta dramaturgia, efectiva en su objetivo de abarcar un cosmos rico, franco y contradictorio, abre paso a una estética que, bajo la dirección de Chiquinquirá Borbón, provoca la sensación de estar ante una serie de coloridos cuadros, como si estuviéramos frente a diversos exvotos que subrayan el sufrimiento de los personajes y la gratitud o la esperanza que pueden alcanzar en su imperiosa búsqueda de horizonte.

En Mi nombre es Salvador, escrita por Guillermo León, el anhelo se grita, se persigue, en la ilusión que podría suponer un viejo concurso de televisión, o una desbocada carrera hacia La bestia, incluso en la palabra que algún poema de Amado Nervo sopla en la mente de un niño que no deja de dibujar, entre sobresaltos, bromas y tragos.

Elementos mínimos apoyan la acción de unos personajes que hacen de una mesa el vehículo de su travesía, bajo el alambre que sujeta un ligero telón rosa de dos hojas, por el que asoma en su parte superior un dibujo infantil sobre el ciclorama negro, que delinea palmeras, sol, montañas, un tiburón que ostenta la palabra pisto y, a partir del suelo, la silueta de una familia, en una escena cotidiana que sin embargo alude el delineado blanco y fino que rodea la figura de quienes han muerto.

Los integrantes del elenco –Ana Cecilia Azuela, Jimena Fernanda, José Ángel Borbón, Juan Pablo Rocha, Rafael Gallegos Parra y el niño Armando Said– abordan con vigor, honestidad y frescura a unos personajes que se mueven en una ruta resbaladiza propia del género, entre senderos trágicos e irónicos, envueltos en humor crítico.

Aunque actoralmente cabria acotar la necesidad de un trabajo mayor en relación al verso, así como la búsqueda del ritmo propio de cada escena para evitar la vorágine del actor o la actriz, más que de los personajes y su circunstancia, e incluso mayor nitidez en cuanto a la expresión verbal, sin borrar los logros del acento y la modulación de los personajes, el modo en que estos actores y actrices crean personajes entrañables, de carne y hueso, es parte de la virtud mayor del montaje.

Mi nombre es Salvador es también un acercamiento a los signos y valores que marcan nuestro destino de modo diferente, como los dólares o el peso, una alcancía de cerdito, una bolsita de polvo blanco, la piel de una víbora en zapatos altos, pistolas de juguete con cañón de plástico naranja; como la tapa del marcador con que dibuja el niño, pelucas de plástico, un mandil y una caguama, o la cosmogonía del arte huichol, bordada en un traje tradicional.