FICHA TÉCNICA



Título obra El ventrílocuo

Autoría Larry Tremblay

Notas de autoría Boris Schoemann / traducción

Dirección Adrián Vázquez

Elenco Estefanía Ahumada, Rafael Balderas

Escenografía Adrián Vázquez

Iluminación Adrián Vázquez

Referencia Alegría Martínez, “De dolor se vive”, en Laberinto, núm. 712, supl. de Milenio, 4 febrero 2017, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna TeatroColumna Teatro

De dolor se vive

Alegría Martínez

Los personajes de El ventrílocuo se despojan de inhibiciones y de ropa a lo largo de una cruda relación de sumisión y dominio que se desteje, como jalada de un hilo, para reanudar cada vez un nuevo y complejo entramado. Todo comienza como un juego en el que un hombre manipula a una muñeca de abiertos ojos negros, cuya ronca voz procede de una joven con vestido idéntico al personaje de cartón y trapo.

El títere cobra vida. Es una chica de 15 años que quiere ser una gran escritora y habla con su psicoanalista sobre bloqueos, anhelos y rabia, como la adolescente que es, mediante expresiones de niña y de adulta. La historia se complica a medida que conversa con el especialista sobre los obstáculos que impiden su objetivo. El doctor establece códigos que inician un abusivo juego sexual. Los personajes cambian, se transforman, nuevas historias se mezclan sin concluir, las acciones se dan en presente y pasado, abren paso a los recuerdos, a sucesos que pueden ocurrir en la mente del personaje o no y después se disipan para plantear más de una realidad que no deja de modificarse.

El autor plantea la relación disfuncional de la joven con sus padres, la transgresión continua entre psicólogo y paciente, la necesidad de identidad, la sumisión, el abuso de poder y el incesto, inmersos en una especie de perversión de la que ningún personaje escapa.

Larry Tremblay, dramaturgo quebequense, escribió El ventrílocuo en 2001. En 2005, Boris Schoemann hizo la traducción y dirigió esta obra, protagonizada por Alejandro Calva y Alejandra Chacón, con la participación de Miguel Conde y escenografía de Jorge Ballina. En 2016, Adrián Vázquez diseñó escenografía e iluminación, retomó la traducción de Schoemann y dirigió a Estefanía Ahumada y a Rafael Balderas, quienes ahora se hacen cargo cabalmente de todos los personajes.

Estas distintas propuestas mexicanas, estrenadas a más de una década de distancia, sobre un texto que escarba en la fragilidad humana, coinciden en la necesidad de seguir explorando el universo íntimo que la obra desgaja. No obstante, la versión actual duele un poco más, de distinta manera.

Mientras Boris Schoemann ubicó la acción sobre una especie de gran libro pop up, en el que tres cajas se abrían para hacer surgir mágicamente una casa, un diván, una bañera y un cuaderno ilustrado y su personaje femenino usaba una pudorosa camiseta sobre su sostén y rayadas calcetas largas, Adrián Vázquez eligió una silla como mobiliario y dejó desnudos por fuera y por dentro a sus personajes.

Ambos directores utilizaron proyecciones con acercamientos a los rostros de madre y padre, como si se tratara de monstruos gesticuladores. Vázquez añadió, con apoyo de Arturo Sandoval, algunas imágenes más, como la de una mosca, o la de Miguel de Cervantes, irritado por la agigantada soberbia de la incipiente escritora, para mostrar más tarde alguna bella imagen en contraste con lo que también aqueja a uno de los personajes masculinos.

Vázquez lanza a sus dos actores al vacío y los guía por la resbalosa y oscura cueva que propone Tremblay. La actriz Estefanía Ahumada y el actor Rafael Balderas se arrojan con valentía al torbellino exigente de una ficción que se deshoja para mostrar otra sin que el espectador pueda dejar de atender lo que está ocurriendo en escena.

El ventrílocuo de Adrián Vázquez transgrede como lo hacen los personajes de la obra, y el juego se vuelve más rudo de lo que el espectador supone. La decisión de exponer el cuerpo de la actriz al grado en que se hace, muestra la vulnerabilidad del personaje, aunque también hace pensar en la actriz que, sin embargo, cumple con el desafío.

Se trata de una propuesta cruda, que sobre el espacio negro de un escenario con laterales abiertos invita a una oscura travesía por la mente de la joven Gabriela, que no dejará de crear historias para saciar una necesidad que no encuentra satisfacción ni limite.