FICHA TÉCNICA



Título obra El hombre que se convirtió en pistola

Autoría Rebeka Kricheldorf

Notas de autoría Noe Lynn Almada / dramaturgia

Dirección Saúl Meléndez

Elenco David Lynn, Markin López, Fermín Martínez, Néstor Galván, Sandra Paloma, Silvia Lomelí

Referencia Alegría Martínez, “A merced de dos bandos”, en Laberinto, núm. 676, supl. de Milenio, 28 mayo 2016, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

A merced de dos bandos

Alegría Martínez

Una chica de buen cuerpo enfundado en pantalón corto y blusa escotada que baila en el vestíbulo del teatro es lo primero que observa el espectador de El hombre que se convirtió en pistola. Pasos más adelante, encontrará a una actriz y a un actor que caminan como autómatas de un lado a otro con la cabeza dentro de un cubo, cuyos lados muestran rostros pintados que emulan las líneas de una historieta a color.

Un radio fuera de escena transmite la nota roja sobre asesinatos y delitos cometidos en colonias de la Ciudad de México. El noticiero, aunque exagerado en su descarnada crónica, nos ubica enseguida en nuestro entorno.

Al centro del escenario, un hombre mayor vestido de traje, con corona de laurel, corbata de moño y pashmina a la espalda, extiende su brazo con el pulgar hacia abajo, seña que se desvanece a partir de un lentísimo movimiento hasta que se escucha la tercera llamada. Al final de la última cuenta de vidrio de un candil ubicado al centro del escenario pende un trozo de hielo que no dejará de gotear a lo largo de dos horas, hasta definir una calavera con sombrero vaquero.

La puesta en escena de Saúl Meléndez nos ubica en la habitación blindada de una residencia en Interlomas, hasta donde baja un periscopio que comunica con el exterior y se supone deja ver algo en la superficie.

La obra escrita por Rebeka Kricheldorf, que cuenta con dramaturgia de Noe Lynn Almada –cuyo trabajo revela conocimiento de nuestra idiosincrasia y detalles clave de nuestro entorno–, muestra cómo una sociedad en descomposición por la corrupción y el crimen involuciona desde su núcleo familiar en el que hay claramente dos bandos, los buenos y los malos, o los ricos y los desposeídos que, al tiempo en que se repelen, se necesitan, pero están incapacitados para salvar el rencor de años y las barreras de clase que cierran toda posibilidad de comunicación y convivencia. No obstante, la fuerza de raíz que crece al interior de los que nada tienen, parece redimirlos incluso en el más allá, por encima de los crímenes, los errores y las atrocidades cometidas.

Meléndez, quien regresa a dirigir después de años de trabajar en actividades diversas, propone un montaje con formato de cómic, que exige una energía desbordada y un tono fársico por parte del elenco, que el personaje de El hijo bueno, en manos de David Lynn, explota, conserva y modula hasta en los momentos en que se siente devastado ante su cobardía, o cuando ensaya la música para el próximo funeral de su padre al interpretar notas del Canon de Pachelbel al chelo. El actor, así como Markin López, quien representa a El hijo malo, y Fermín Martínez en el rol de El proxeneta, consiguen y mantienen la estridencia que el director persigue.

Néstor Galván, quien interpreta al patriarca, Sandra Paloma que hace el papel de La veterinaria frustrada, y Silvia Lomelí en el rol de La terapeuta del alma, le aportan buenos momentos al montaje, pero la energía, el tono y la proyección que sus personajes requieren están aún en vías de desarrollo.

El hombre que se convirtió en pistola es una obra ácida y crítica que despliega un retorcido humor negro. Meléndez asume el reto de un texto de esta naturaleza y lo plantea enjundiosamente en el tono de la actuación, en el espacio escénico que consta de dos largos cajones negros, cual ataúdes, pasando por el vestuario que destaca debilidades y actividades de los personajes, así como la música que contrapuntea acción y emociones, y la utilería que, además de los cubos, integra elementos ensangrentados que subrayan la parte grotesca implícita en la estética del proyecto.

Se trata de un tosco juego escénico sobre la violencia que ahoga a nuestra ciudad, con personajes anhelantes pero ridículos, falsos, miedosos, desvalidos, solitarios e iracundos, atorados en su propio círculo de inseguridad que desde su interior se expande hasta su espacio vital.