FICHA TÉCNICA



Título obra Constelaciones

Autoría Nick Payne

Dirección José Manuel López Velarde

Elenco Mónica Huarte, Nacho Tahhan

Escenografía Jorge Ballina

Iluminación Ingrid Sac

Vestuario Ilse Santana

Referencia Alegría Martínez, “La ley del abanico”, en Laberinto, núm. 644, supl. de Milenio, 17 octubre 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La ley del abanico

Alegría Martínez

¿Qué pasaría si pudiéramos cambiar de opinión varias veces en un momento decisivo de nuestra vida frente a una situación determinada y volver a empezar? Como si existiera la posibilidad de poner en práctica el ensayo y error ante la toma de decisiones, los personajes de Constelaciones, de Nick Payne, repiten sus diálogos como mínimo tres veces con ligeros cambios, de lo que resulta una nueva posibilidad en cada ocasión. Hombre y mujer solos, al centro de un breve escenario en declive, reciben el reflejo multiplicado de su figura, junto con el de los trazos imaginarios entre las estrellas del cielo nocturno. Ubicados al centro de un vértice delimitado por paneles que semejan espejos de fondo, piso y laterales, Mariana y Rolando se conocen en algún lugar, al abrigo y quizá al acoso de unas constelaciones que subrayan lo que pareciera la tesis del joven autor británico, que establece similitudes entre la teoría de los universos paralelos y las relaciones humanas.

Payne, un acomodador de teatro que se puso como meta ver su obra en escena antes de los 30 años como indicio de que la dramaturgia era su camino, escribió a los 28 esta obra que se estrenó en el Royal Court Theater de Londres, en Broadway, posteriormente en Chile, donde impartió un taller, más tarde en Madrid y ahora en México, sobre el escenario de un nuevo teatro construido al fondo de un restaurante.

Al tratarse de una obra abierta a la posibilidad inagotable de sucesos, la compleja estructura de Constelaciones da cabida a distintos desenlaces sobre una circunstancia dada en torno a una relación de pareja, lo que de inicio exige a los actores una buena capacidad de memorización, y al mismo tiempo una amplia capacidad de registro actoral para transitar entre diversos géneros, motivaciones y objetivos en cuestión de segundos, como si se pudiera borrar lo dicho, lo sentido, lo vivido apenas al final de haberlo pronunciado, para volver al punto de partida.

Mónica Huarte y Nacho Tahhan logran la naturalidad de sus personajes de forma que no se perciba su esfuerzo actoral, con lo que dan la impresión de que el tiempo avanza y retrocede con un contenido diferente a la vez anterior y a la subsiguiente. La posibilidad de que un encuentro que puede ser romántico llegue a lo que para algunos sería un final feliz se asoma y desaparece. Mariana y Rolando transitan por el ¿Y si hubiera?

Súbitamente, el dramaturgo suelta a cuentagotas un detalle más que progresa en el transcurso de la historia de los personajes cada vez que retoma la situación, y logra así el avance de los acontecimientos que incluyen circunstancias cómicas y trágicas en desarrollo, hasta donde se pueda dar el siguiente paso. Si bien algunos espectadores se desesperan al principio, porque esperan que la anécdota se desarrolle de manera lineal, o que haya espacio para un intenso ejercicio emotivo, lo cual no sucede, debido a la rapidez de las transiciones, aceptan las reglas del juego hasta esperar el giro imprevisto.

El director, José Manuel López Velarde, elige un texto con buenos retos para todos los involucrados, en el que plantea reflexiones profundas sobre la existencia, la organización y la certeza, el libre albedrío, el movimiento universal, la muerte, la enfermedad y el amor. El elenco sale avante ante el reto del texto y del montaje que lo deja solo y de pie sobre una rampa, sin un solo elemento de utilería y con un vestuario cotidiano y actual de Ilse Santana, ante los breves destellos de estrellas en una escenografía desafiante de Jorge Ballina, y un atractivo y poético juego construido por Ingrid Sac en su diseño de iluminación.

El trabajo es limpio, raudo y diferente. Los desafíos se cumplen y el espectador se queda con sus interrogantes, o quizá con el propio reflejo que le devuelve uno de los espejos con algún brillo estelar, y su rostro, junto al de su colega de butaca, en una especie de añoranza por el anonimato de una butaquería de costumbre y una historia que lo absorba hasta desaparecer para retornar luego del viaje. Constelaciones propone un teatro de ahora, sin evasión, de frente a la multiplicidad y a uno mismo. La invitación está abierta.