FICHA TÉCNICA



Título obra El día que dejé de ser noche

Autoría Rodolfo Guillén

Dirección Rodolfo Guillén

Elenco Kevin Carlock, Monserrat Monzón, Frida Cruz, Leonardo Villa

Vestuario Mercado Lunet

Referencia Alegría Martínez, “El inconfundible tufo humano”, en Laberinto, núm. 635, supl. de Milenio, 15 agosto 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El inconfundible tufo humano

Alegría Martínez

Un escritor hostigado por la soledad, comparte la crónica de su vida e invita al espectador a acompañarlo una noche que se alarga en espiral descendente, donde la caída arrastra a ese joven que lee, escribe, espera, desea, arrebata y se hunde en desencuentros consigo y con otros seres abandonados, hasta desdoblarse en uno más que puede ser él o alguien que lo remite a sí, quizás entonces al final de su existencia.

Escrita por Rodolfo Guillén y bajo su dirección, El día que dejé de ser noche , obra finalista del Certamen de Dramaturgia Joven Gerardo del Castillo Trejo 2012, es un interesante trabajo que alude al despojo en que se transforman algunos seres humanos, sedientos de una comunicación que, con sus antecedentes, jamás puede establecerse en una ciudad como la nuestra.

Roberto es el nombre del personaje que habla de su apego a la lectura, de su ansia por ser escritor y del amor que siente por la cajera del restaurante chino donde invierte sus tardes y consume café.

El joven narra al espectador los sucesos por los que atraviesa, lo que se propone hacer, lo que lleva a cabo, lee, y siente o piensa, al tiempo en que realiza las acciones que menciona y se relaciona con otros personajes que inciden en cada episodio.

La estructura del texto de Guillén sustenta el paso del presente al pasado, al pretérito imperfecto, al modo condicional y abre en voz del personaje principal la posibilidad de que el espectador se entere de lo que aquél vio, escuchó o sintió, en algunos casos con detalle de horas transcurridas que se mezclan con densos recuerdos trasnochados.

Mediante un lenguaje directo y ágil, los personajes transitan junto con Roberto de un plano de realidad a otro, en una ruta que despliega la soledad de cada uno, el egoísmo y una violencia de varios rostros que deja escapar un humor amargo.

Jun, Tony, Mucca, Claudia, Alma, el entrevistador, Betty, Sonia y los padres del personaje principal, entre otros, son interpretados por Monserrat Monzón, Frida Cruz y Leonardo Villa, mientras que Roberto es encarnado por Kevin Carlock, todos integrantes de un joven elenco que se transforma en cuestión de segundos, avanza y retrocede velozmente a lo largo de la historia, como en una máquina del tiempo, rumbo a cada fragmento de escena sin rasgar la verdad de la ficción.

Rodolfo Guillén concibe personajes de distintas generaciones con fidelidad a su procedencia y antecedentes, virtud que permanece tanto en su texto como en su puesta en escena. Sin embargo, tal vez derivado del trabajo con estos actores, seguramente propositivos, hay personajes que en la escena tienen parlamentos e intervenciones más extensas que en el texto escrito, lo cual, si bien funciona de manera autónoma, alarga el tiempo de representación sin que realmente aporte elementos a lo que plantea en esencia.

Cuenta la historia, le diría seguramente Vicente Leñero, no te distraigas de tu objetivo ni te regodees en lo hallado, por muy bueno que sea.

Sobre un escenario oscuro y austero se encuentran algunas sillas y una que otra breve mesa en los laterales. Una plataforma de madera blanca con celosía remite a la calle, dos oficinas, al comedor paterno, a la casa de Claudia y a una serie de espacios que se sugieren con un giro o un traslado de este dispositivo rodante.

Con diseño de vestuario de Mercado Lunet, que viste a los personajes de manera cotidiana y utiliza uno o dos aditamentos para apoyar cada cambio, esta propuesta escénica transcurre como si el tiempo se deslizara con suavidad, incluso en los momentos en los que el caos interior del personaje emite señales de auxilio.

Como si el autor-director tuviera la experiencia de un dramaturgo mayor, sin prescindir de las virtudes de un joven, su obra El día que dejé de ser noche libera a sus personajes sobre la ruta trazada por sus necesidades en declive hacia esa intimidad que los revela ásperos y desprovistos en la exhalación del inconfundible tufo humano.