FICHA TÉCNICA



Título obra La veritá

Autoría Daniele Finzi Pasca

Dirección Daniele Finzi Pasca

Referencia Alegría Martínez, “Olvidemos la ley de gravedad”, en Laberinto, núm. 621, supl. de Milenio, 9 mayo 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Olvidemos la ley de la gravedad

Alegría Martínez

Daniele Finzi Pasca escribe y dirige un espectáculo en el que tienen lugar el vuelo, el sueño, la danza, la música, el canto y la acrobacia, todo vistosamente articulado con vestuario, iluminación y multimedia, asido a una partícula de realidad por la que se escurre, matizada de humor ligero, una gota de melancolía.

Los actores de su compañia, cuyo nombre integra sus dos apellidos, ostentan un dominio corporal, rítmico, musical y vocal excepcionales del que hacen gala con gran naturalidad, ya sea que se encuentren a nivel de piso, sobre una tabla roja, pendientes de dos largas correas, adheridos a un inmenso tubo, sobre estructuras metálicas que recuerdan la cadena de DNA, encima de un piano, en muletas, o dentro de una esfera constituida por tres arcos dobles que gira con acróbatas en movimiento del interior al exterior y viceversa.

Finzi, quien ha presentado diversos montajes en México desde la década de 1980, cuando le bastaba un reducido escenario para estremecer al espectador, ha expandido su reino onírico al grado de haber diseñado y dirigido espectáculos como los de la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín en 2006 y los de Sochi en 2013.

La veritá es un montaje que hace un recorrido por diversas situaciones en lenguaje de clown, que paralelamente esboza la historia de una fundación que subastará el telón diseñado por Salvador Dalí para el estreno del ballet Tristán e Isolda en 1944, en Nueva York, anécdota que mezcla realidad y ficción y parte de la propuesta real de un coleccionista europeo, poseedor de esta obra, que planteó a Finzi utilizar el lienzo en alguno de sus espectáculos.

Así es como la desasosegante imagen de los dos torsos asidos a la tierra, custodiados por una fina sombra entre cielo y desierto con cipreses, muletas y carreta en su entorno, e imposibilitados para acercarse, sube y baja cada vez que una actriz y un actor con traje a rayas salen a anunciar la venta y comentan que el dinero recaudado se donará a una asociación para actores decrépitos.

Fuera de las intervenciones mencionadas, las escenas de acróbatas y bailarines ataviados con trajes de mujer y de hombre, independientemente de su sexo, como aquellos que usan tutú rojo, traje de can-cán, pantalón corto y tocado de plumas blancas o sombrero de Napoleón plateado, surgen como si fueran parte de un efecto dominó.

Cabezas de rinoceronte, de toro con carretilla, corchos, aros, pelotas, diábolos plásticos, dientes de león a escala mayor, varas y catalejos, son algunos de los objetos que cruzan el escenario, rebotan, llueven y son utilizados en la creación de escenas fantásticas.

Un títere femenino de tamaño natural, manipulado por tres actores vestidos de negro que la oscuridad engulle, comparte una escena de amor fracturado con un contorsionista. La posibilidad de desarticular su cuerpo los une pero hay algo que los separa.

Trece actores comprueban que casi toda acrobacia es posible, desde la creación plástica con el cuerpo prácticamente suspendido, hasta patinar en círculo mientras una chica gira del cuello del hombre, sujeta de su cabello recogido en cola de caballo.

El vestuario es ligero, con brillos, holanes o lisos y con humor en los tocados, en los colores brillantes que contrastan con los blancos, los beiges, los trajes masculinos con chaleco, las faldas de las chicas y los chicos, los trajes de can-cán, los bikinis que recuerdan la década de 1960.

El ámbito sonoro fluye incesante, a veces mediante las nítidas voces femeninas, las notas del acordeón, del piano, de las copas de cristal, el violín, el clarinete o la pista que reproduce diversas y reconocidas obras e intensas percusiones que acompañan proyecciones y diseños de iluminación atmosférica como fondo para esculturas coreográficas.

La veritá es un espectáculo con humor chiquito en el que predomina el virtuosismo acrobático arropado por una gran parafernalia escénica. Resulta asombroso presenciar la capacidad física del ser humano, la compleja sutileza de la fuerza. Brillantez que arrebata aplausos, pero esta vez no llega a conmover.