FICHA TÉCNICA



Título obra Algo sobre un tal Shakespeare

Autoría Adrián Vázquez

Dirección Adrián Vázquez

Notas de dirección Álvaro Zúñiga / asistencia de dirección

Elenco Adrián Vázquez, Sara Pinet

Notas de elenco Carlos Converso / asesoría en manipulación de objetos

Iluminación Álvaro Zúñiga

Notas de productores Adrián Vázquez, Álvaro Zúñiga / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “El bardo en la cocina”, en Laberinto, núm. 617, supl. de Milenio, 11 abril 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El bardo en la cocina

Alegría Martínez

¿Qué pensaría William Shakespeare si pudiera ver a Romeo interpretado por la mano de un actor con cabeza de betabel y a Julieta convertida en una esbelta cebolla de cambray con moño rosa en la cabeza? ¿Le inquietaría que la señora Capuleto fuera un chile poblano con capa de lechuga y el señor una berenjena con ojos? Los personajes de Algo sobre un tal Shakespeare cuentan con la voz del actor y la actriz que los manipulan y conducen por la superficie metálica de una mesa de trabajo para restaurante, donde tienen lugar los desencuentros verbales y las estocadas de dos familias rivales de Verona.

Algunos de los habitantes de la ciudad situada al norte de Italia involucrados en esta tragedia son representados por un pimiento, un chayote con espinas, una calabaza con cresta de coliflor, una cebolla que equivale al cura y un elote al príncipe, entre las verduras animadas que se relacionan sobre la plancha de acero inoxidable.

Adrián Vázquez escribe, dirige, actúa y comparte la escena con Sara Pinet y el final del patio de butacas con Álvaro Zúñiga, quien participa del crédito de iluminación y producción ejecutiva junto con el autor y es también asistente de dirección.

El montaje hace un recorrido veloz por Romeo y Julieta, Macbeth, Titus Andrónicus y roza festivamente un ápice de La tempestad. Vázquez se lanza al abordaje de estos textos dramáticos, de modo que se conozca la anécdota de cada uno en un lenguaje –cuyas acotaciones, alusiones a figuras, hechos y lugares son similares en nuestra actualidad– que supera al que utilizan hoy nuestros jóvenes adolescentes, a quienes se dirige el espectáculo.

La tosquedad de los parlamentos, el subtexto en que son dichos y la sorpresa de escucharlos sobre el escenario disponen mágicamente a los jóvenes a recibir lo que se les ofrece, que incluye –aparte del ingenio y la creatividad con que se resuelven las escenas, los personajes y la estética– datos biográficos del dramaturgo inglés, antecedentes de su época, definiciones y algunas fechas.

La sola mención de Shakespeare detona un grito unánime de los actores sobre el escenario y de dos más fuera de éste, similar a un alarido de guerra que irrumpe en acciones y diálogos, subraya, distancia y mantiene la algarabía.

El actor y la actriz, vestidos con pantalón corto y camiseta negra de tirantes, utilizan casco de ciclista, careta y peto de beisbol, coderas y rodilleras, para enfrentarse a espadazos con cuchillos de cocina, a globazos, lechugazos y deslizamientos en batallas a muerte, asesinatos políticos y pugnar por el poder, encima, debajo y alrededor del reflejante micro escenario.

Estridente, rauda y excedida por momentos, esta propuesta cuestiona la forma en que se ha venerado al poeta de la eternidad, como se le ha llegado a llamar, a partir de una entrenada manipulación de objetos –asesorada por Carlos Converso, maestro en este arte–, de un manejo simbólico y poético del fuego y el acero que trae al presente a las brujas de Macbeth, y de metáforas visuales como la que encierra al personaje de Julieta en una breve jaula de alambre para simular su balcón, o la que despoja a una papaya de sus semillas, como si se manipulara la entraña de un ser humano.

El espectáculo funciona: fluye, debate, reclama, conmueve, engancha, y los jóvenes agradecen que alguien se dirija a ellos como si estuvieran en una reunión entre cuates, en la que hay libertad de decirlo todo como venga en gana, a gritos y entre iguales, con juegos y a catorrazos, entre chisguetes de sangre y agua, sin temor a las palabras altisonantes y sin hipocresía.

En medio del vértigo en que se convierten las acciones en escena, cabría retomar ejercicios que eviten la pérdida de parlamentos entre las carcajadas de los jóvenes, la velocidad del movimiento y el estruendo que diluye fragmentos importantes.

Adrián Vázquez propone un universo sonoro entre marchas fúnebres, nupciales, música de acción y de fondo, que entrevera con breves tarareos, ruido de licuadora y golpes, en la cresta de un humor crítico que alcanza a hacer un alto fugaz en la dulzura dentro de la rudeza del juego.