FICHA TÉCNICA



Título obra El último encuentro

Notas de Título Adaptación de la novela Las velas se consumen hasta el final, de Sándor Márai

Notas de autoría Christopher Hampton / adaptación

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Sergio Klainer, Julián Pastor, Martha Matiella

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Referencia Alegría Martínez, “La fatalidad llama a la puerta”, en Laberinto, núm. 615, supl. de Milenio, 28 marzo 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La fatalidad llama a la puerta

Alegría Martínez

Dos hombres dejan salir su dolor mediante las preguntas y el silencio, carga que han llevado consigo a lo largo de 41 años. Los trozos de su amistad quedan al descubierto a través de palabras que aluden a un secreto que guarda recuerdos suspendidos por la traición y la ausencia, enganchados a la fuga y la venganza.

La soledad poética de Sándor Márai se abre desde el escenario, en un viejo castillo europeo cortado por la mitad, herido de pasado y abierto a un espacio que puede ocultar, engullir, descomponer o liberar lo que se quedó atrapado en el corazón de dos hombres que se reúnen para hablar cuando está cerca el final de su vida.

El espectador se encuentra en un inmueble de abolengo por el que ha pasado la guerra y el tiempo, donde las puertas, los cuadros, las ventanas, conservan su parte superior y su parte inferior, pero el centro no existe, por lo que la imagen principal de las pinturas está ausente y solo se aprecia el marco que las delimita, aunque en el caso del retrato sobre la chimenea la ausencia de la mujer se debe a otros motivos.

Sándor Márai escribió la novela Las velas se consumen hasta el final. Christopher Hampton –autor del libreto y el guión de Amistades peligrosas, traductor de Arte y Un dios salvaje de Yasmina Reza– la adaptó para el teatro bajo el título de Brasas. Hoy, esta obra titulada El último encuentro es dirigida por Raúl Quintanilla, con escenografía e iluminación de Philippe Amand.

La puesta en escena de Quintanilla abre paso a la palabra que impulsa el torrente de emociones arrinconadas durante años por Henrik, general de la guardia imperial (interpretado por Sergio Klainer), quien desborda su opresión sobre Konrad (papel a cargo de Julián Pastor), compañero de la academia militar y amigo de una época que dejó un pesado lastre para ambos.

La adaptación dramatúrgica de Hampton-Quintanilla invita al espectador a escuchar confesiones de estos dos hombres sostenidas por el temor, las sospechas, los rencores, los malos entendidos y la amargura para ponderar la urgente necesidad por parte de Henrik de escuchar en voz del otro los hechos que determinaron el destino de los tres involucrados: Henrik, Konrad y Kristina –esposa del primero–, con lo que el diálogo de un inicio se transforma a ratos en un monólogo que retoma acciones del pasado y realiza dos preguntas a las que responde el silencio.

Márai, autor de más de 40 títulos, escribió: "La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos hemos abierto, invitándola a pasar", como les sucedió a sus dos personajes unidos por un tercero femenino, central y ausente, vértice de un duelo verbal del que ambos sobreviven sin amor, desterrados de la amistad que para Henrik equivale al honor.

El encuentro de quienes fueron amigos por encima de las diferencias sociales dura lo que tarda un diario en arder y la llama de las velas en apagarse. El dolor persiste, cruza el tiempo que deja marcas en los muros del castillo y en sus cuerpos cansados de una vida golpeada por la traición y la contención.

La propuesta escénica de Quintanilla invita a ver el trabajo de dos actores de larga trayectoria, quienes nutren a sus personajes de esa carga de vida que arrastran desde que dejaron entrar a la fatalidad hasta la transgresión de lo que parecía una unión inquebrantable.

El cuestionamiento de quien no ha encontrado paz se estrella con un mutismo que abre el sendero hacia el interior de ambos personajes y revela rasgos de la mujer presente en el recuerdo de cada uno.

Nani, por su parte, interpretada por Martha Matiella, de hermosa presencia aunque débil proyección escénica, de inicio aporta combustible emotivo a una ávida hoguera y soba la gran herida con un maternal beso que enfatiza la fragilidad humana.