FICHA TÉCNICA



Título obra La marquesa de Sade

Autoría Yukio Mishima

Notas de autoría Kenyo Hara / traducción

Dirección Juan José Olavarrieta Gómez

Elenco Pilar Couto, Verónica Contreras, Paula Comadurán, Karla Reyes, Marcela Rigoletti, Luz Vallmen

Vestuario Lilia Camacho

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Alegría Martínez, “El vicio es virtud”, en Laberinto, núm. 613, supl. de Milenio, 14 marzo 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El vicio es virtud

Alegría Martínez

Enormes pelucas blancas y ensortijadas, cintas, encajes, brocados, amplias faldas y joyería visten a la marquesa de Sade, su madre, su hermana, una condesa y una baronesa, damas convocadas por la lujuriosa conducta del marqués que provoca reprobación, bochorno y escándalo en el París prerrevolucionario.

El director chileno Juan José Olavarrieta Gómez convoca a seis actrices mexicanas para su propuesta escénica de este texto de Yukio Mishima, traducido del japonés por Kenyo Hara, en el que la palabra y el vestuario adquieren un lugar preponderante.

La forma, el maquillaje, la pose de la presidenta Montreuil, de la baronesa De Simianne y la condesa De Saint-Fond, aunque ésta última quiere emular al propio marqués de Sade, contrastan con el universo de exceso en que se desenvuelve este personaje masculino al que ellas se sienten atadas aún en su ausencia.

Escrito en 1969, el texto de Mishima retoma las acciones de la suegra de Sade, la presidenta Montreuil, para mantenerlo en la cárcel: casado con su hija Reneé, mancha con su inmoralidad el buen nombre y el honor de la familia, que guarda buena relación con la corte.

La marquesa de Sade, por su parte, erigida en un monumento vivo de devoción a su marido mientras se encuentra cautivo, enfrenta el infortunio y la incomprensión de su madre, quien finge apoyarla y solicita ayuda de la condesa De Saint-Fond, abiertamente libre en el terreno sexual, y de madame De Simianne, que representa la religión atacada por la crueldad y la lujuria del autor de Los 120 días de Sodoma.

La joven hermana de la marquesa, Anne, quien peca de juventud, de desbordante apetito sexual y desapego moral, aporta su carga al escándalo que envuelve a su familia, acompañada de una doncella que presencia la batalla librada por las mujeres de la casa y la injerencia de las damas convocadas.

A manera de acercamiento a estas mujeres –ricamente ataviadas, incluida la doncella de servicio, que porta joyas aunque su traje, maquillaje y peinado sean un poco menos ostentosos que los que usan las damas de alcurnia–, el director ubica a los personajes al centro de la caja negra del Foro La Gruta, donde el único mobiliario es un breve tocador de madera blanca, dos pequeños espejos de pedestal y algún candelabro. Su vestimenta es su hábitat, el referente de su entorno, la forma que oculta el fondo más allá de los hombros o el escote.

El complejo, dialéctico, extenso y profundo texto de Mishima, en el que vicio y virtud se equiparan en un discurso que empuja a la transgresión de las normas sociales, la religión, la falsedad y la corrupción, es dicho por las actrices a ratos atropelladamente y otros con ritmo, a veces veloz y luego pausadamente, como si desearan que las palabras se abrieran al ser pronunciadas.

Disciplinadas, entregadas y cumplidas, Pilar Couto, Verónica Contreras, Paula Comadurán, Karla Reyes, Marcela Rigoletti y Luz Vallmen llevan a cabo el trazo, la figura, el trayecto, la reacción, e interpretan escenas que, además de evocar lo que el marqués ha transformado de la vida de los personajes, regalan una mirada, un arrepentimiento, una osadía, aunque da la impresión de que la dirección se concentró exclusivamente en la forma y la palabra dejando en último término el fondo, y ahí todo un universo.

Si bien es cierto que pocas veces las producciones dedican tal cuidado al vestuario de época –bien diseñado por Lilia Camacho–, como en esta ocasión, también lo es que las actrices saben conducirse con éste sobre el escenario y ejecutan el marcaje que solicita alguna caricia o gesto que pueda acercarse a lo erótico o a lo sugerente, pero no deja de convertirse en una fría pose que se desvanece por falta de sustento en la forma.

La marquesa de Sade es un montaje que semeja un cuadro francés en movimiento: los personajes adquieren alternadamente mayor preponderancia y la palabra solicita con urgencia ser encarnada.