FICHA TÉCNICA



Título obra La fierecilla tomada

Notas de Título Título original The Drowsy Chaperone

Autoría Bob Martin y Don MacKellar

Notas de autoría Enrique Arce / traducción y adaptación

Dirección Alejandro Orive

Notas de dirección Eduardo Soto / dirección musical

Elenco Héctor Bonilla, Jacqueline Andere, Chantal Andere, Patricio Castillo, Norma Lazareno, Mónica Sánchez Navarro, Roberto Blandón, Mauricio Martínez, Moisés Suárez, Homero Ferruzca, Luis Orozco, Marianne, Eduardo Ibarra, Ana Regina Cuarón, Carlos Pulido, Jimena Parés, Jair Campos, Isabel Amuchástegui, Eduardo González

Coreografía Pepe Posada

Música Lisa Lambert y Greg Morrison / música y letra

Espacios teatrales Teatro Lírico

Productores Juan Torres y Guillermo Wiechers

Referencia Alegría Martínez, “Cantar la felicidad”, en Laberinto, núm. 611, supl. de Milenio, 28 febrero 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Cantar la felicidad

Alegría Martínez

Diosito, te pido por favor que la obra sea buena y que sea corta, que no dure tres horas y que los actores no se metan con el público, porque me dan muchos nervios. Yo solo quiero una historia y algunas canciones que me saquen de la realidad. Solo quiero entretenerme... Así reza el primer parlamento, palabras más o menos, del Hombre del sillón, personaje que en la oscuridad de su departamento imagina hablarle a un grupo de espectadores a los que invita a escuchar el acetato de su obra favorita: The Drowsy Chaperone (La chaperona amodorrada), que en nuestra cartelera teatral se titula La fierecilla tomada.

Héctor Bonilla es el anfitrión de esta obra musical que parodia al género. Ataviado con ropa de casa –pantalón beige, suéter gris, calcetines y pantuflas–, su personaje es el guía que promete un mundo mejor, al menos por dos horas, segundos antes de que su departamento sea invadido por personajes que salen del refrigerador.

Un elenco conformado por Héctor Bonilla, Jacqueline y Chantal Andere, Patricio Castillo, Norma Lazareno, Mónica Sánchez Navarro, Roberto Blandón, Mauricio Martínez, Moisés Suárez, Homero Ferruzca, Luis Orozco, Marianne, Eduardo Ibarra, Ana Regina Cuarón, Carlos Pulido, Jimena Parés, Jair Campos, Isabel Amuchástegui y Eduardo González, entra al escenario entre notas de canto y pasos de baile en calidad de personajes que evocan el género que se hiciera célebre en los felices años veinte.

Escrita por Bob Martin y Don MacKellar, con música y letra de Lisa Lambert y Greg Morrison, esta obra ganadora de cinco Premios Tony, que parodia los musicales de los años veinte y cuarenta, fue traducida al español y adaptada por Enrique Arce, quien plantea la acción que acota y narra y disfruta el Hombre del sillón, en el Teatro Lírico de la calle de Cuba en 1953, donde este personaje de sensibilidad extrema menciona a actrices como Silvia Pinal, Guillermo Rivas, uno de los hermanos Soler y al detestado regente Uruchurtu, entre otros que nos resultan familiares, con lo que el humor toma mayor fuerza de la que ya contiene la obra.

En su imaginación y presente en el teatro, el Hombre del sillón comparte con el público lo que piensa, siente y sabe, tanto acerca de los personajes como de la obra, al grado de criticar las escenas absurdas, ridículas o malas y exponer, por ejemplo, las similitudes entre la pornografía y el teatro musical.

Excedida, como lo exige la farsa, esta puesta en escena que producen Juan Torres y Guillermo Wiechers, con dirección de Alejandro Orive, se burla profesionalmente de los clichés del género desde dentro, cumpliendo con la estructura que lo rige.

La sencilla anécdota del fan solitario da entrada a una estrella de Broadway que piensa dejar su carrera para casarse. Para evitar que la vea su prometido, debe acompañarla una chaperona que bebe durante la ley seca en Estados Unidos. El productor de la actriz, amenazado por dos gánsters, intenta sabotear el enlace, mientras el novio, el padrino y otros personajes se encargan del enredo y los malos entendidos.

La dirección musical de Eduardo Soto, que conduce la orquesta en vivo y las voces del elenco, incluidos aquellos que no son conocidos como cantantes, así como la coreografía de Pepe Posada, generan una buena interpretación de los números musicales, más allá de la actuación de Castillo, Chantal y Bonilla, cuyo personaje, en efecto, se siente en casa y hace sentir al espectador como un interlocutor bienvenido al esparcimiento.

Participaciones de intérpretes que desorbitan a su personaje como el galán Aldolfo, que recuerda a Gordolfo Gelatino, los falsos malhechores que evocan a Tweedledee y Tweedledum, o la impertinente Kitty, tienen cabida y buena recepción por parte del público ante esta caricatura escénica que critica y homenajea a la menospreciada comedia musical, pródiga en finales felices, ya que, como bien dice el Hombre del sillón: "En los musicales se arregla todo al final porque en la vida real no se arregla nada".