FICHA TÉCNICA



Título obra El juego de Yalta

Notas de Título Basado en La dama del perrito de Anton Chéjov

Autoría Brian Friel

Notas de autoría Ignacio Escárcega / traducción

Dirección Ignacio Escárcega

Elenco Yael Albores, Rodolfo Arias

Notas de elenco Isael Almanza / asistente escénico

Escenografía Anabel Altamirano

Iluminación Anabel Altamirano

Notas de Música Martha Moreyra / violín

Referencia Alegría Martínez, “Galanteos otoñales”, en Laberinto, núm. 609, supl. de Milenio, 14 febrero 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Galanteos otoñales

Alegría Martínez

El juego de Yalta, de Brian Friel, traslada al lenguaje teatral uno de los cuentos que Chéjov escribiera cerca del final de su vida, "La dama del perrito", en el que un hombre y una mujer con su soledad a cuestas se conocen en la ciudad turística de Crimea, donde ocurre un encuentro romántico al margen de su respectivo matrimonio.

Traductor y director de escena, Ignacio Escárcega elige esta obra del dramaturgo irlandés para cerrar su ciclo de montajes sobre textos de Chéjov presidido por Afterplay y El oso, con lo que hace patente su gusto y conocimiento del lenguaje sutil y la melancolía que domina a los personajes del también autor de Las tres hermanas.

En el cuento de Chéjov, el perrito es un Lulú de Pomerania, raza apreciada por compacta y elegante. En la obra de Friel, se trata de una hembra, como en el montaje, pero sobre el escenario, tanto actores como espectadores deben imaginar al can de esponjado y lacio pelaje.

Para el dramaturgo nacido en Tangarov, el perro es el vehículo mediante el cual el hombre, acostumbrado a entablar relaciones amorosas breves con las mujeres que llegan a Yalta, consigue acercarse a su nuevo prospecto de conquista al llamar la atención del animal para hacerlo rabiar enseguida, de modo que la dama se disculpe y dé lugar a la conversación.

En la puesta en escena, el Don Juan otoñal se acerca a la dama y llama su atención sobre la gente de alrededor y lo que presupone su vida privada, con lo que se ahorran personajes casuales sobre el escenario, al tiempo en que se comparte el entorno en el que se desarrolla la comunicación de los personajes principales.

En el cuento, la anécdota pasa a un segundo término. Chéjov plantea que el esplendor de la naturaleza y el paisaje son parte de una bella realidad, rasgada por lo que el ser humano piensa y hace en el olvido constante de "los supremos propósitos de la existencia y de nuestra dignidad humana".

El dramaturgo Brian Friel, en cambio, pone el énfasis en el discernimiento de lo que es real o irreal, en la posibilidad de diferenciar y confundir lo que se siente con lo que se desea, y retoma a Chéjov en el tránsito hacia la transformación de unos personajes que no esperaban albergar la emoción que los revela distintos a lo que habían asumido sobre sí mismos.

Parte de la dificultad del montaje reside sobre todo en la diversidad de los planos de realidad que debe dominar el elenco al establecer comunicación con el espectador rompiendo la cuarta pared, así como con el personaje en escena y con su propio personaje.

Sobre un suelo negro que reproduce viejas postales en letra manuscrita y bajo un atado gigante de estas tarjetas, dos mesas de un café esperan la llegada de clientes que dejarán su abrigo en un perchero al centro del escenario, donde una esquina está ocupada por una violinista con atril a la mesa y la otra por un joven sentado frente a una mesita de servicio con tres tazas. El espacio escenográfico de Anabel Altamirano, con su iluminación, evoca ese destino de viaje en que las experiencias merecen plasmarse por escrito.

Escárcega decide de nueva cuenta, como en Afterplay, que la violinista Martha Moreyra esté en escena y que, además de tocar su instrumento, participe de lo que ahí sucede, a veces con miradas de interés, a ratos de dulzura o complicidad y por momentos de indiferencia, fuera de cuando debe leer su partitura.

Asimismo, al personaje cuyo crédito en el programa de mano es asistente escénico, realizado por Isael Almanza, lleva el café a los comensales, les da su abrigo, toca la campana cuando es necesario y cumple con las tareas asignadas, pero, al igual que el personaje femenino no involucrado en la acción, se encuentra demasiado a la espera en escena, lo que abre espacios que la ficción no requiere.

Yael Albores construye a una Ana joven que requiere transitar hacia una mayor hondura en el veloz desarrollo de su personaje, mientras que Rodolfo Arias, como Gurov, sostiene al galán maduro que desprecia féminas hasta que le toca un cambio de suerte, pero algo se echa de menos en un lugar en el que se anuncia una pasión desconocida en una situación cada vez más cotidiana.