FICHA TÉCNICA



Título obra El laberinto de un hombre solo

Notas de Título Título original Calypso

Autoría Hugo Alfredo Hinojosa

Dirección Claudia Ríos

Elenco Aarón Hernán, Eugenio Cobo, Óscar Yoldi

Escenografía Matías Gorlero

Iluminación Matías Gorlero

Referencia Alegría Martínez, “Nada más que un desecho”, en Laberinto, núm. 607, supl. de Milenio, 31 enero 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Nada más que un desecho

Alegría Martínez

El laberinto de un hombre solo, de Hugo Alfredo Hinojosa, obra originalmente titulada Calypso, encierra virtudes poéticas sobre una realidad desgarradora: la anodina existencia de un anciano que en el intento de transformar su realidad se propone llevar a cabo un trabajo criminal. La puesta en escena del texto –ganador del certamen de dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo 2009– revela un trabajo escénico inconcluso que llega a su estreno sin el estudio a cabalidad de la obra, cuya lectura revela un universo ignorado. El autor tijuanense entrega en esta ocasión una pieza compleja y poderosa, que desentraña parte del amasijo de terribles contradicciones por las que se transita durante la vejez.

El pasado desarrolló una forma de escribir textos dramáticos desplegada al máximo por Eugene O'Neill, cuyas acotaciones extensas, bellas, poéticas y precisas, casi requerían el espacio de otro volumen; en México, Luisa Josefina Hernández lo ha hecho con las mismas virtudes. Hinojosa hace lo contrario y se apega a la dramaturgia de hoy, que acostumbra plasmar diálogos sin acotaciones ni señalamiento alguno que guíe al director por el camino a seguir, lo que transforma al texto en un arma de doble filo para el director de escena; muchos toman el riesgo y no todos trascienden.

Hinojosa acató la lección de Vicente Leñero cuando sentenciaba: "No dirijas la escena desde tu texto. Solo escribe. Cuenta una historia". Los parlamentos de Calypso se refieren a hechos que sabemos ocurren a los personajes porque sus palabras denotan una reacción sin que haya una acotación en la que, por ejemplo, se pueda leer previamente: "El hijo malagradecido le pega a su padre".

El dramaturgo despliega la fatalidad de un anciano que, hastiado de su vida, decide ser sicario. Pero como le ocurre a Calypso en la mitología griega, el destino, y en el caso de la obra, la cercanía con la esencia humana, inciden en la decisión del viejo que augura un desenlace funesto.

La obra ubica al personaje en su abandono, frente a la indiferencia y la distancia de sus dos hijos, en un intercambio de dinero por afecto con una prostituta, al centro de una fuerte exigencia por parte de su "jefe y el cobrador" que el viejo no alcanza a comprender, y en el casual encuentro con otro anciano cuya conversación saca a flote la cruda realidad que ambos enfrentan, como si se tratara de desechos en el mar.

Como autor que trabaja por lo general cerca del proceso de puesta en escena, atento a las necesidades que ésta exige, Hinojosa accedió –supongo– a que algunas escenas tuvieran otro orden, lo que da un resultado muy distinto al planteado en su texto, que es sólido, redondo, filosófico.

Da la impresión de que Claudia Ríos le dio una lectura veloz al texto y se enfocó mayormente en la sordidez de la anécdota, con lo que cumplió el objetivo que sugiere la obra, pero dejó de lado el fino y complejo entramado que contiene.

Actores de reconocida y amplia trayectoria como Aarón Hernán, Eugenio Cobo y Óscar Yoldi –cuyo trabajo es necesario apoyar con la disminución del volumen de audio para que pueda escucharse su voz–, generan momentos brillantes a través de sus respectivos personajes, todos hombres viejos: uno en el desaliento, otro en la evasión y uno más en una realidad a su medida.

La iluminación y la escenografía son diseños de Matías Gorlero, quien resolvió el espacio con elementos como una cama, mesa y sillas metálicas, un viejo televisor y un sillón, la proyección de diversas fotografías de exteriores, texturas como la de un viejo tapiz de pared de hotel, al igual que fotos familiares, que apoyan los cambios de escena y ubican bien al espectador en esa especie de submundo. Sin embargo, se hace más necesario un trabajo actoral a fondo, generador de la atmósfera necesaria que deje el rastro de los personajes.