FICHA TÉCNICA



Título obra El último preso

Autoría Slawomir Mrozek

Dirección Alejandro Bichir, Bruno Bichir, Odiseo Bichir, Reynaldo Rossano, Sandra Covián, Hasiff Fadul

Elenco Alejandro Bichir

Escenografía Gabriel Pascal

Notas de escenografía Mario Zarazúa / utilería

Vestuario Estela Fagoaga

Notas de productores Luly Garza / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Los extremos se tocan”, en Laberinto, núm. 603, supl. de Milenio, 3 enero 2015, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Los extremos se tocan

Alegría Martínez

Alejandro, Odiseo y Bruno Bichir, padre e hijos, se reúnen después de más de diez años de no trabajar juntos en El último preso, también titulado La policía, del dramaturgo, narrador y dibujante polaco Slawomir Mrozek (1930-2013), obra en la que un país se queda sin el último de sus presos políticos, lo que lleva a la policía y al sistema a una crisis rumbo al colapso. Esencialmente, se trata de un texto dramático que demuestra el hábil uso del lenguaje como vehículo del totalitarismo y la forma en que los oprimidos aprendieron de sus virtudes.

Sobre un escenario en blanco y negro diseñado por Gabriel Pascal, que recrea el ámbito de una historieta, dominado por la presencia de dos retratos, el del Niño Rey y el de su tío el Regente, las rayas se extienden y cobran relevancia sobre el traje del preso, las paredes, el piso y la puerta carcelaria. Desde ahí, dos personajes, el jefe de la policía y un hombre privado de su libertad diez años atrás, discuten sobre la firma de declaración de lealtad al gobierno por parte del terrorista, encarcelado por haber lanzado una bomba al general.

El complejo texto de Mrozek, ridículo en apariencia, la dirección de Alejandro Bichir, quien también realiza el papel del último preso, así como la interpretación de Bruno, Odiseo y el elenco que se adueñan dócilmente del difícil tono de la obra, siembran la duda en el espectador respecto a la postura del preso político que parece haberse transformado por completo en un hombre opuesto al que llegó a esa cárcel.

Alejandro y Bruno Bichir establecen verídicamente ese juego tenso en el que sus personajes no están dispuestos a dejarse convencer por el oponente, en un clima en el que, se supone, no debe haber fricciones, puesto que se ha llegado por fin a la postura por la que el gobierno había trabajado tanto: la nula oposición.

Mrozek, autor de 42 obras de teatro, analiza y expone la situación humana inmersa en sistemas políticos totalitarios y muestra cómo el roce de los extremos a los que llegan las personas de ideologías opuestas las vincula en el vértice donde no hay más camino que aceptar la necesidad de una transformación, ya sea en el cumplimiento a ciegas del deber, con el consiguiente hundimiento, o en luchar con las armas del enemigo.

Como los personajes se sostienen en su dicho hasta que deben torcer sus principios para sobrevivir, el resultado de esa decisión genera situaciones acremente cómicas que subrayan la paradoja mediante la cual los sistemas políticos engullen también a los empleados que les han servido para mantenerse.

Los parlamentos de arrepentimiento del viejo recluso, tanto como las aseveraciones del sargento de la policía –interpretado por Odiseo Bichir, quien realiza la labor de agente provocador–, están apegados a la veracidad y poseen la cuidadosa destilación del dramaturgo, cuya adolescencia transcurrió durante la Segunda Guerra Mundial y se desempeñó posteriormente como periodista de política y dibujante satírico, conocimiento que, aunado a su extrema sensibilidad para deshebrar el cerco interno del ser humano, ubica al espectador en una delgada línea entre la ideología que cada uno dice defender y la verdadera intención que encierran las palabras.

Con un diseño de vestuario eficaz e impecable de Estela Fagoaga, que cumple el anhelado contraste que el texto exige, utilería de Mario Zarazúa y producción ejecutiva de Luly Garza, El último preso o La policía equivale a una ventana de oxígeno escénico por una cortísima temporada en estas fechas en las que los estrenos son relegados al terreno de las pastorelas y sus opuestos.

Los personajes se transforman durante el complejo avance de una serie de sucesos cuya insensatez superficial los ubica en esa ironía que descubre una pétrea realidad. Los actores, incluidos Reynaldo Rossano, Sandra Covián y Hasiff Fadul, quien alterna con Alejandro Bichir, construyen armoniosamente este universo ficticio mediante el que el autor revela, con su característico humor, las contradicciones del sistema y los drásticos reveses que éste puede generar.