FICHA TÉCNICA



Título obra Una luna para los malnacidos

Autoría Eugene O'Neil

Notas de autoría Humberto Pérez Mortera / traducción

Dirección Mario Espinosa

Elenco Lorena Glinz, Karina Gidi, Patricio Castillo, Rodolfo Arias, José Juan Sánchez

Escenografía Gloria Carrasco

Iluminación Ángel Ancona

Notas de Música Rodrigo Espinosa / diseño sonoro

Vestuario Jerildy Bosch

Referencia Alegría Martínez, “Ocurrió en Nueva Inglaterra”, en Laberinto, núm. 593, supl. de Milenio, 25 octubre 2014, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Ocurrió en Nueva Inglaterra

Alegría Martínez

Los ataques y las ofensas cotidianas entre una hija y un padre son parte de un irónico juego en el que códigos probados y ardides conocidos encubren verdades íntimas y acuerdos para engatusar al casero, al vecino y a quienes pretendan romper esa unión sustentada en un amor inquebrantable. Los personajes pertenecen a la obra Una luna para los malnacidos (como en esta ocasión se tradujo A Moon for the Misbegotten), de Eugene O'Neil, que llega al escenario bajo la dirección de Mario Espinosa, cuya experiencia otorga al espectador la oportunidad de asomarse a lo que hay "detrás de la vida", como O'Neil definió a lo que plasmó en sus textos dramáticos.

Humberto Pérez Mortera tradujo la obra del Premio Nobel 1936 con buen oficio dramatúrgico y encontró las equivalencias a nuestro idioma del lenguaje sucio de Phil y Josie Hogan, salvo en algunos momentos en los que pone en su boca más epítetos de los que plasmó el autor en su texto.

Eliminada una parte del primer acto en la que Mike, hermano menor de Josie, abandona la casa paterna –con lo que O'Neill ofrece antecedentes al espectador sobre la mala fama de la joven, la desaprobación del religioso hermano y la tacañería del viejo granjero–, la propuesta de Espinosa comienza cuando el padre se entera de la partida de su hijo, sin que esto afecte el montaje.

La vieja casa de madera con ventanas, chimenea y escalones, que alguna vez fue pintada de un repulsivo amarillo, como lo solicitaba el dramaturgo en sus acotaciones, fue sustituida por un terreno circular con pasto y hojas secas, bordeado con lajas, provisto de una rama en lo alto que deja pasar la luz del sol y más tarde los rayos de luna, como si dejara su amplia huella en un rincón del campo.

Enrique Singer, director de Teatro UNAM, atiende la necesidad de acudir a la dramaturgia de O'Neill al incluirlo en el ciclo "Los grandes dramaturgos del siglo XX", con lo que acerca al espectador a una obra excepcional en la que se mezclan realismo y poesía en delicado y contundente equilibrio.

En Una luna para los malnacidos el ser humano expone la fragilidad de su interior a través de sus mentiras, frente a un inminente cambio de situación que afianza la confabulación y más tarde antepone la necesidad de asumir –ante sí mismo y ante el otro– el anhelo apresado en los efectos del alcohol, la culpa, la inseguridad y el temor a la muerte.

La escenografía de Gloria Carrasco resume espacialmente el círculo que encierra a los personajes, como si se tratara de una luna terrenal en correspondencia con el satélite. Ángel Ancona ilumina noche, día, atardecer y rayos lunares sombríos y luego esperanzadores, mientras que Jerildy Bosch viste a los personajes con la indumentaria adecuada, como si portaran una segunda piel, como el ampuloso traje del personaje de Jim, el casero, o del petulante Harder, el enviado del vecino.

El diseño sonoro de Rodrigo Espinosa traslada al espectador a la campiña de Nueva Inglaterra con álgidos matices de cuerdas y armónica que redondean la autodestrucción, a distintos niveles, a la que se someten los personajes delineados corporalmente por el trabajo de Lorena Glinz, que configuró su lenguaje silente con precisión.

Karina Gidi construye fielmente a esa corpulenta mujer que describe O'Neill, sin que su cuerpo y su rostro correspondan a lo que éste exige: de la asumida frustración de su personaje al desafío violento de autogenerarse una pésima imagen, de la transformación que el amor hace de ella una mujer dispuesta a ceder su lugar para reconstruir al ser amado, purificándolo mediante la autoaceptación y el perdón.

Patricio Castillo interpreta a un tozudo, tramposo y entrañable Phil Hogan. Rodolfo Arias encarna a un transparente y fracasado actor Jim Tyron, y José Juan Sánchez consigue el ansiado contrapunto entre su odioso Harder y el escarnio del que lo hacen objeto padre e hija.

Una luna para los malnacidos es una obra que puede verse una y otra vez, con la certeza de que en cada nueva ocasión todo sucederá de nuevo.