FICHA TÉCNICA



Título obra Torre de marfil (piso 55)

Autoría Guillermo León

Dirección Guillermo León

Grupos y Compañías Compañía Tequio México

Elenco Priscilla Gómez, Marisa Gómez

Referencia Alegría Martínez, “Cada rincón del país”, en Laberinto, núm. 587, supl. de Milenio, 13 septiembre 2014, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Cada rincón del país

Alegría Martínez

Con distancia de algunas décadas, dos mujeres de pueblos distintos se encuentran por casualidad en la Ciudad de México, donde la indiferencia levanta muros entre los seres humanos. La historia de cada una expele violencia, sarcasmo, desconsuelo: la joven desde el terror que provoca la huida, desprovista de todo; la mayor en la cresta del alcohol y el dinero que deja la explotación de la amapola. Una y otra están sujetas a pesadillas nocturnas y a un frágil presente que arrastra una carga pesada.

Un escenario mínimo abre su puerta al canto envuelto en lágrimas de la chica que recuerda su infancia, su tierra y la descomposición que ha sufrido desde unos años atrás hasta el momento en que decidió escapar de la muerte.

Una atractiva mujer sentada de perfil escucha con la mirada al vacío, para hablar enseguida de costosas y finas bebidas, de viajes, de un lujo desconocido para la mayoría que escucha nombres de marcas, países, objetos prohibitivos que el ciudadano común sólo puede tener cerca mediante anuncios, revistas, programas de televisión.

Cada personaje acude por separado a recuerdos, sensaciones, memorias de su pasado que el espectador recibe a corta distancia. La joven sale del escenario al entrar la mayor y viceversa, hasta que el destino, la necesidad de protección, de una sonrisa, de hablar con alguien, vincula a las dos mujeres, opuestas en un mundo que se retroalimenta con la destrucción y los desechos que genera.

Guillermo León, autor y director de Torre de marfil (piso 55), escribe un texto que mira de cerca las consecuencias del negocio del narcotráfico en la vida de sus dos personajes femeninos sin estrépitos, gritos ni persecuciones, desde el interior de un rascacielos, donde pareciera que la destrucción y la barbarie al acecho en cada rincón del país fueran parte de un espejismo.

Mediante una narrativa poderosa y cercana, a un tiempo evocativa y cotidiana, el dramaturgo invita al espectador a una travesía por la vida de las dos mujeres. La habitación que contiene el escenario de muros negros posee como único mobiliario una especie de mesa de la que, al desplegar las gavetas, salen dos sillas, cajones y alguna copa, un vaso tequilero o una imagen oriental religiosa, elementos que adquieren valor propio en ese espacio que se inunda con imágenes provocadas por las actrices.

La joven Priscilla Gómez, transparente en su honestidad actoral, está ahí donde se encuentra la mente de su personaje, en el pasillo de las estatuas que detonó su partida, en el pequeño camión al que se sube con solo reproducir el sonido de sus frenos, tanto como en el diminuto vehículo de cartón en que éste se convierte más tarde y que manipula, consigo dentro en la ficción para aludir a su viaje.

Priscilla se planta con pureza en el escenario para que su personaje hable de la inmundicia, de las canciones de ancianos que transportan a la infancia, de la magia resquebrajada de su pueblo. La actriz, oriunda de Torreón, dota de verdad acciones y palabras de modo que la estructura del texto –basada en monólogos y posteriormente en breves diálogos–, el marcaje complejo por la falta de elementos protectores en un breve espacio y la libertad que se toma el autor-director para viajar raudo por transiciones dramáticas y escénicas, se sostienen sin fractura alguna.

Por su parte, Marisa Gómez, actriz experimentada, dota de peso biográfico al personaje de Doña Blanca en su torre de marfil, pétrea y ávida de una sonrisa que le devuelva algo vital a su existencia de deseos materiales resueltos.

El trabajo de la compañía Tequio México (trabajo en común para el bien de las comunidades), de quienes hemos visto montajes como Quiela, es una propuesta que acerca el ojo y el corazón del espectador al ser humano inmerso en las contradicciones de nuestro país, sin amarillismo, con honestidad y hondura.