FICHA TÉCNICA



Título obra Las pepenadoras

Autoría Alaciel Molas

Dirección Alaciel Molas

Elenco Lorena Glinz, Verónica Merchant, José Manuel Velasco

Escenografía Sebastián Solórzano

Iluminación Sebastián Solórzano

Vestuario Adriana Ruiz

Referencia Alegría Martínez, “Fantasías renovadas”, en Laberinto, núm. 583, supl. de Milenio, 16 agosto 2014, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Fantasías renovadas

Alegría Martínez

Una guarida llena de ropa usada, ordenada por colores del claro al oscuro, es el hábitat de dos hermanas que se hieren y se necesitan para sobrevivir en el hueco de su existencia. La ropa ajena que desmanchan y aliñan, cuelgan y doblan, conforma trozos de telón, gajos de historia que arrastran, inventan, desechan y retoman para añadir elementos. Ambas se comunican mediante reclamos que las alejan, sueños que las separan, rencores que parecen unirlas por siempre.

Lorena Glinz y Verónica Merchant son Francisca y Ramona, la joven de 17 años y la mujer de 30, respectivamente, que caminan en círculos concéntricos de desasosiego, en el desamparo y ante una presencia, interpretada por José Manuel Velasco, forrada de olanes y saco con manos, cabeza y rostro cubiertos, que entra y sale en una especie de evocación simbólica.

Las pepenadoras, escrita y dirigida por Alaciel Molas, es un trabajo joven que vincula una interesante preocupación dramatúrgica y temática por exponer la problemática de dos mujeres que crean vínculos con un padre ausente, quizá nunca conocido, y que recorren, sin avanzar, un camino que parte del acuerdo implícito que las devuelve al punto de partida.

Eslabonadas por mentiras y verdades a medias, enganchadas a la sombra del padre y al abuso, real o imaginario, de que hacia objeto a la mayor provocando en la menor unos celos por la posesión del dolor de la otra, la supuesta cercanía de las dos hermanas las hace vivir el despojo de su dignidad y respeto, aferrada una de ellas a la posibilidad de atesorar recuerdos ajenos, y la otra apegada quizás a ficciones propias.

La búsqueda de objetos-basura, a los que Francisca otorga el valor de tesoros, se vuelve la pista de un misterio que la joven inventa para regalarse sueños, oportunidades que Ramona destruye como estorbos de su pesadumbre contenida, liberada en lamentos destemplados.

El planteamiento dramático de la autora indaga en la desolación, en un rencor crecido con la ausencia y las fantasías renovadas y vueltas a masticar hasta el asco.

La escenografía e iluminación de Sebastián Solórzano aportan la sensación de un espacio asfixiante, entre prendas vacías de cuerpos ausentes que adquieren una densidad inútil hasta volverse obstáculo, peligro, división frágil que cubre la posibilidad del autoenfrentamiento, hasta que llega la posibilidad del reflejo que va más allá de la escena.

Romántico y setentero el vestido de Francisca, sencillo y serio el de Ramona, bidimensional el del personaje llamado Aquello que Permanece Oculto, el diseño de vestuario de Adriana Ruiz revela con eficacia señales de los personajes femeninos y cumple con el reto de vestir al tercer personaje, cuya presencia resulta confusa por la expresión corporal y las acciones que debe seguir.

Las dos actrices se erigen en heroínas de una ficción que se rompe en la estructura del texto, se repara en la escena y vuelve a fragmentarse al correr de la acción hasta que vuelve a construirse, faltas de apoyos dramáticos y de dirección para sostener sin altibajos la obra completa.

La conjunción de un texto que levanta interés, de un buen diseño de escenografía, de la actuación de dos muy buenas actrices conduce al montaje por un camino accidentado en el cual el espectador pierde y retoma interés.

La puesta en escena se nutre de la aportación de su elenco y creativos de mayor experiencia, pero pareciera que la dirección quiso conducir el trabajo hacia terrenos climáticos forzadamente, mediante indicaciones que el elenco cumple pero cuyo resultado se traduce en desequilibrio.

Momentos brillantes y escenas que se desmoronan hasta que Verónica Merchant y Lorena Glinz, como actrices, rescatan a sus personajes, se suceden en esta puesta en escena que requiere pulir el texto, crear atmósfera, lograr un tono sin altibajos involuntariamente discordantes, aunque como trabajo joven con equipo experimentado deja imágenes y fragmentos que conservan su virtud.