FICHA TÉCNICA



Título obra Cuarteto

Autoría Heiner Müller

Notas de autoría Juan Villoro / traducción

Dirección Alejandro Velis

Elenco Itati Cantoral, David Hevia

Escenografía Alejandro Velis, Fernando Gómez Pimentel

Iluminación Víctor Zapatero

Música Gerardina Martínez

Vestuario Tolita Figueroa y María Figueroa

Notas de vestuario Tolita Figueroa y María Figueroa / maquillaje

Espacios teatrales Foro de las Artes

Referencia Alegría Martínez, “Cuarteto”, en Laberinto, núm. 555, supl. de Milenio, 1 febrero 2014, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Cuarteto

Alegría Martínez

Todo manjar bien presentado anticipa en paladar e imaginación, el probable sabor del platillo a partir de lo atractivo de sus ingredientes visibles: Cuarteto, escrita por Heiner Müller con traducción de Juan Villoro, dirección de Alejandro Velis, maquillaje y vestuario de Tolita y María Figueroa, iluminación de Víctor Zapatero y protagonizada por Itati Cantoral y David Hevia, augura una buena experiencia que se cumple de manera episódica.

La obra escrita en 1981 por Müller, basada en las Relaciones peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos fue estrenada en México bajo la dirección de Ludwik Margules en 1996, protagonizada por Laura Almela y Álvaro Guerrero, mediante una propuesta sin concesiones.

La versión de Cuarteto que Velis presenta actualmente, apela a un juego perverso que se antoja divertido, a partir de una propuesta escenográfica similar a una pasarela, cuyo piso se asemeja al de un tablero de ajedrez estilizado y de casillas mínimas, donde los personajes, ataviados de manera similar, transitan de un extremo a otro entre humo, aire, inmensos rayos de luz y a ratos de sombra, al centro de dos bloques de espectadores que podrán ver parcialmente algunos rasgos del personaje mientras los de enfrente percibirán otros.

Asimismo, este trabajo escénico articula con buen ánimo un vestuario que realiza los pertinentes guiños a la aristocracia decadente del siglo XVIII y mezcla favorablemente materiales de la época como el terciopelo, con licras y hule actuales en una original sustitución de racimos de olanes por guantes blancos y negros de látex, de falda con miriñaque por mallas ajustadas para ambos sexos en relieve florido y por botines con agujeta en lugar de zapatillas y mocasines con hebilla.

La obra de Müller, respetada por Villoro en su traducción franca y brillante, así como por la dirección de Velis, expresa el violento y desolador microuniverso de la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, en esa necesidad impetuosa de sentirse vivos mediante la mutua dominación, el apego sexual y el cambio de roles.

¿Qué sucede entonces con la atractiva vianda que se ofrece al espectador, cómo es que sabor y textura aparecen y se diluyen durante el proceso de degustación?

La obra funciona. Los actores cumplen con lo que el texto y la puesta en escena exigen. Itati Cantoral, gestora e impulsora del proyecto, deja caer lágrimas y sonrisas con precisión de reloj, resuelve con solvencia y profesionalismo una escena de semidesnudo que muchas actrices con su formación rechazarían de inmediato o sencillamente no podrían hacer, sin embargo le falta conectar internamente con sus personajes y proyectar a gran escala su riqueza en la decadencia.

David Hevia por su parte, creador de los más complejos personajes como actor y director de obras de gran nivel, crea a un Valmont que se encuentra muchas veces solo en escena, aunque esté presente el otro personaje lamiéndole la parte externa de su negra bota.

Como si los dos actores describieran órbitas distintas, quizá debido a su diferente formación y experiencia actoral, sus personajes se acercan por episodios, se alejan, retornan para tentar a la muerte desde la tiranía del sexo y el poder sobre sí y ante el otro y cambian de papel para transformarse en los otros dos personajes, como si todo pasara con la suavidad de una pincelada, mientras los parlamentos desbordan ruindad y soberbia.

La experiencia resulta híbrida: el vestuario, la escenografía de Velis y Fernando Gómez Pimentel, el potente diseño sonoro de Gerardina Martínez, incluidos vestuario y maquillaje, seducen, sí, pero la contundencia estructural de la obra se debilita y recobra fuerza, se diluye y aparece de nuevo.

El seductor platillo, apetecible al grado de ser casi irrenunciable, requiere consistencia permanente, sabor propio e independiente por cada sustancia y combinación equilibrada.

Alejandro Velis rescata el guante lanzado al aceptar el reto de montar la obra de quien fuera discípulo de Brecht, y presenta un Cuarteto cercano a un afán lúdico que quisiera rozar al amor en una de sus esquinas, cuando éste ha nacido asfixiado de antemano por los personajes.