FICHA TÉCNICA



Título obra Extraños en un tren

Notas de Título Basada en la novela homónima de Patricia Highsmith

Autoría Craig Warner

Notas de autoría Pablo Rey / traducción

Dirección Manuel González Gil

Notas de dirección Isabel Aerenlund / dirección residente

Elenco Héctor Kotsikakis, Silvia Pasquel, Salvador Pineda, Luis Roberto Guzmán, Claudia Álvarez, Néstor Rodulfo

Escenografía Jorge Ferrari

Iluminación González Gil

Música Martin Bianchedi

Vestuario Atzin Hernández

Espacios teatrales Telón de Asfalto

Productores Sergio Uriel

Notas de productores Michelle Ureña / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Extraños en un tren”, en Laberinto, núm. 553, supl. de Milenio, 18 enero 2014, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Extraños en un tren

Alegría Martínez

La posibilidad de que exista un criminal oculto en el alma de toda persona, la tajante división entre voluntades débiles y fuertes, la búsqueda de la libertad, el insoportable peso de cometer voluntariamente un asesinato y las motivaciones que abren paso a este tipo de acciones, le dan pleno soporte a la trama de la obra escrita por Craig Warner, basada en la novela de Patricia Highsmith y en la cinta de Alfred Hitchcock, conocida como Pacto siniestro, que llega al escenario en la adaptación del director argentino Manuel González Gil bajo el título de Extraños en un tren.

El exitoso thriller cinematográfico estrenado en 1951, dirigido por quien se autonombró el monopolizador de este tipo de expresión, que en su momento le dijo a Truffaut: “cuando se narra una historia en el cine, solo se debe recurrir al diálogo en el caso de que sea imposible contarlo de otra manera”, exige la utilización de recursos estrictamente teatrales para coronar su objetivo sin la presencia de una cámara y una edición maestra.

Ante la ausencia de recursos cinematográficos como los planos estrangulados utilizados en la cinta de Hitchcock, en los que el espectador recibe información mediante el reflejo de un juego de tenis en los lentes de los asistentes a un partido o el choque de dos pares de pies masculinos que generan la falsa casualidad del encuentro de los protagonistas, entre un mar de significativas tomas, urge una equivalencia basada en la contención actoral, en la traducción externa del abanico sicológico de los personajes que Patricia Highsmith plasmó en su novela, con lo que le dio un vuelco al género.

Aunque con recursos técnicos bien utilizados por el director, que en su país estrenó esta misma obra en el 2011, como el contrapunto estridente de iluminación, música y sonido, incluida la introducción y salida de elementos de tramoya, que equivale al puente entre cada escena y en conjunto genera un estímulo que prepara a la audiencia para la próxima secuencia, el montaje enfrenta algunos tropiezos en su desarrollo.

Quizá debido a que se retoma la temporada después de varias semanas de su estreno y de un periodo vacacional, el marcaje sigue su curso y la historia se cuenta bien, pero algunos diálogos y acciones se precipitan en una carrera que les roba significados de peso.

La magia, el milagro de presenciar un suceso escénico, se pierde si el actor no logra que cada acción sea única por más veces que la repita, lo que exige un trabajo constante de indagación y hallazgos para arribar a un juego interactivo más allá del proscenio.

Con un elenco heterogéneo conformado tanto por actores con trayectoria como por jóvenes, en su mayoría de formación televisiva –excepto Héctor Kotsikakis, recién integrado al montaje y cuyo crédito es necesario integrar al programa de mano–, el reparto, compuesto por Silvia Pasquel, Salvador Pineda, Luis Roberto Guzmán, Claudia Álvarez y Néstor Rodulfo, desempeña un trabajo que cumple con la audiencia en busca de entrenamiento.

La escenografía de Jorge Ferrari propone una estación de tren que alude a las viejas e inmensas estructuras de hierro, al tiempo en que abre espacio para la realización de acciones en varios planos de modo que tengan lugar también las edípicas escenas del obsesivo Carlos Bruno con su madre y en otro sitio las explosiones emotivas del dominado Paul Heines y las investigaciones del inspector Arthur Edgar.

Extraños en un tren cuenta con música de Martin Bianchedi, traducción de Pablo Rey, iluminación de González Gil, vestuario de Atzin Hernández, dirección residente de Isabel Aerenlund, producción ejecutiva de Michelle Ureña, e imagen y diseño gráfico de Violeta Arriaga con producción de Sergio Uriel.

La obra que desde el principio anuncia la identidad de los asesinos, que cita la teoría de Platón relativa al carro alado sobre el alma y menciona a Nietzsche respecto a la capacidad humana para el crimen funciona, con la debida distancia, cual Hitchcock llegó a decir respecto a sus películas, como un trozo de pastel.