FICHA TÉCNICA



Título obra El vestidor

Autoría Roland Harwood

Dirección Alberto Lomnitz

Notas de dirección Alfonso Íñiguez / asistencia de dirección

Elenco Bruno Bichir, Héctor Bonilla, Verónica Langer, Pilar Ixquic Mata, Arturo Reyes, Cristobal García Naranjo, Andrea Riera, Alfonso Bravo

Escenografía Ingrid Sac

Iluminación Hugo Miguel González

Música Joaquín López Chas

Vestuario Estela Faogaga

Notas de vestuario Mario Zarazua y Maricela Estrada / maquillaje y peinados

Notas de productores Esther Chaparro / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “La obra detrás del escenario”, en Laberinto, núm. 541, supl. de Milenio, 26 octubre 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La obra detrás del escenario

Alegría Martínez

La voz de Winston Churchill, presidente del Gabinete Coalición, se escucha por la radio. Estruendos de la Segunda Guerra Mundial resuenan en los camerinos de una compañía teatral que presenta obras de Shakespeare. Su director e intérprete del Rey Lear, ha cometido el crimen de enfermarse, delirar y envejecer, hasta rozar la posibilidad de cancelar la función de esa noche, catástrofe a la que un actor de cepa, jamás estará dispuesto.

La obra escrita por Sir Ronald Harwood en 1980, llevada al cine bajo la dirección de Peter Yeats en 1985, fue estrenada en México en 1973 con dirección de José Luis Ibáñez, protagonizada entonces por Ignacio López Tarso como Su Señoría, intérprete del Rey Lear, y por Héctor Bonilla en el papel de Norman, su vestidor.

La exitosa obra del también autor de El pianista, vuelve a escena con Bruno Bichir en el papel que 30 años atrás hiciera Bonilla y conéste como el intérprete del legendario personaje de Shakespeare, bajo la dirección de Alberto Lomnitz.

Las experiencias que Harwood vivió a lo largo de seis años como vestidor personal de Sir Donald Wolfit, director de la Shakespeare Company en la década de los 50 en Gran Bretaña, fueron trasladadas fielmente tanto a su guión como a su texto teatral, que hoy cuenta con ejecutantes diestros en la escena, quienes muestran a telón abierto, el cúmulo de sucesos en torno al escenario que el espectador, fuera en esta ocasión, se pierde mientras corre la función.

Dispuesto el espacio escenográfico de modo que la audiencia pueda ver la parte de atrás del escenario, como si mágicamente se hubiera podido rotar de forma que los espectadores estén al pie del ciclorama, el foro y sus habitantes quedan expuestos en sus ritos, tropiezos, vuelos e incursiones a las tinieblas.

Bonilla ostenta el cúmulo de la experiencia de un rancio actor de gran calado aunada a la propia, lo que nos otorga la magnitud de la circunstancia que vive el histrión y nos acerca a la quebradiza situación de la Compañía y de sus integrantes entre el amenazador sonido de las bombas

Enfundado en su ropa de oficiante escénico, con corsé sobre su lánguido vientre, bajo túnicas blancas y capa real, Bonilla rinde con su cuerpo, rostro y memoria actoral, un franco homenaje al arte al que pertenece y a todos los que éste abraza.

Bruno Bichir es el afable Norman –personaje en quien recae la responsabilidad de que el primer actor pueda cumplir su cometido–, hombre de sensibiidad extrema que se vuelve el corazón sensible, amoroso y encaprichado que hace suya la carga interna del viejo actor, la propia y la del engranaje de una compañía agrietada como su país y como el escenario que los soporta, donde la única certeza es que el espectáculo debe continuar.

El vértigo interno de la traspunte llamada Madge, al filo siempre de ocupar otro lugar, interpretada por Verónica Langer; la actriz y esposa de Su Señoría, anquilosada en el hartazgo apoltronado, bien nutrido por Pilar Ixquic Mata; el bufón, actor de excepción mediante el que Arturo Reyes se instala en nuestra memoria emotiva; la furia lastimada de Oxenby a cargo de Cristóbal García Naranjo; la enjundia de la joven Irene, encarnada por Andrea Riera, y la honesta presencia de Alfonso Bravo, sustentan la revelación de este universo ignorado.

La escenografía de Ingrid Sac que nos lleva a la profundidad del teatro con sus recovecos y pasadizos, el vestuario de Estela Fagoaga, que nos descubre con delicadeza la fragilidad bajo el revestimiento del actor, la iluminación de Hugo Miguel González, la canción original y diseño sonoro de Joaquín López Chas, maquillaje y peinados de Mario Zarazúa y Maricela Estrada, asistencia de dirección de Alonso Íñiguez y la producción ejecutiva de Esther Chaparro, confluyen en el buen curso de esta travesía.

El vestidor es una expedición a la caja de los secretos del teatro, donde se observa a los actores, creadores del prodigio, en su dimensión humana, inmersos en su grandeza y en sus miserias, lugar en el que le sacan brillo a sus esperanzas, a su perpetua necesidad de vivir ahí, en el único lugar donde la ficción embellece la existencia.