FICHA TÉCNICA



Título obra Diario de un loco

Autoría Nikolai Gógol

Notas de autoría Luly Rede / traducción

Dirección Luly Rede

Elenco Mario Iván Martínez

Escenografía Edyta Rzewuska

Iluminación Matías Gorlero

Música Omar González

Espacios teatrales Foro Cultural Chapultepec

Referencia Alegría Martínez, “Diario de un loco”, en Laberinto, núm. 549, supl. de Milenio, 21 diciembre 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Diario de un loco

Alegría Martínez

El desprecio de la sociedad rusa por los burócratas en 1834, año en que Nikolái Gógol publicó Diario de un loco, entre otros relatos, refleja el rechazo, creciente en nuestros días, a estos trabajadores del gobierno, tan vigente como la ilusión en ascenso de transformar un amor imposible en un deseo cumplido, incluidas las fantasías que pueda desatar la urgencia de huir de la asfixia cotidiana, lo que encuentra correspondencia en el ser humano de todas las épocas.

Aksenti Ivanovich Poprishchin, el personaje de esta narración trasladada al monólogo teatral, tras un trabajo de traducción del ruso al español realizado por Luly Rede, quien también dirige, es en esta ocasión un hombre de edad madura con la energía y movilidad necesarias para que el espectador imagine las calles, el interior de un teatro ante un vodevil o los muros de un manicomio.

Es un hombre con ímpetu lúdico que imita a un gallo cuando el texto dice que todo aquel que lo es, tiene su España debajo de las plumas. Un ser humano que adelgaza su voz para que sea escuchado el pensamiento de la perrita Medji y la modifica para que se pueda tener una idea de cómo habla la hembra Fidéle, en esta versión llamada Fifí, aristocrático can que escribe cartas frívolas a su colega.

El actor Mario Iván Martínez propone a un loco ágil e inquieto que aprovecha el don de su voz para cantar u orar con una perfecta pronunciación de italiano, francés o latín y convierte su habitación en la oficina donde trabaja su personaje, su cobija en un perro, la cama con mesa encima en un veloz y destartalado carruaje, el perchero en su caballo, el tapete en su manto real y cada rincón en un espacio habitado por su delirio.

El trabajo de traducción de Luly Rede, muestra el cuidado de evitar palabras que no se entiendan, exclamaciones tajantes de corte religioso, o frases que actualmente pudieran calificarse de discriminatorias y adapta lo que cuenta el personaje para que esto pueda ser visto en acción como lo exige la escena. No obstante, aunque se trata de un trabajo serio y bien hecho que cuenta respetuosamente la historia y elige atinadas equivalencias actuales, hay pasajes que se desdibujan como el que alude al barbero y la luna que no se capta en su dimensión sin la lectura previa del relato.

Se trata de un montaje bien arropado con la escenografía de Edyta Rzewuska, quien diseña una recámara al centro del escenario, delimitada por un muro móvil al fondo, ventana, fragmentos manuscritos y paisaje de construcciones rusas. La alfombra, la cama con barrotes de latón en los extremos, mesita con cajón y silla, son elementos a los que el actor otorga un significado distinto cada vez que la acción lo requiere y sin embargo, es un espacio abierto en los laterales de modo que permanezca en la conciencia del espectador que se encuentra ante a un escenario.

Las alucinaciones de naturaleza auditiva, síntoma de la esquizofrenia paranoide que sufre el personaje, son subrayadas por la música original de Omar González, quien mediante notas de violín y violonchelo, esencialmente, subraya también momentos dramáticos de la historia, lo que a veces enfatiza el ímpetu espectacular del montaje.

Iluminado por Matías Gorlero, quien a ratos, deja caer luz en el patio de butacas, integrando a los espectadores a la acción en escena y ampliando así el puente de comunicación, otorga una incandescencia que sigue los vericuetos de la realidad egocéntrica en la que se mueve el tercer asistente de origen noble, como lo pregona el personaje, de una oficina del gobierno ucraniano.

A diferencia de la versión sobrecogedora escenificada por Carlos Ancira durante 25 años, esta versión se inclina por la espectacularidad con toques de humor ligero más que sarcástico, lo que algunos espectadores celebran con reacciones liberadoras de alivio y otros aceptan con el mayor afán de rescatar para sí fragmentos de lo que Gógol plasmó sobre el ser humano.