FICHA TÉCNICA



Título obra Invitación al silencio

Notas de Título A partir del textos de Esther Seligson y Marguerite Duras

Dirección Lydia Margules

Notas de dirección Alberto Cerz / asistencia de dirección

Elenco Antón Araiza, Ichi Balmori, Tania Olhovich, Aída López, Arnoldo Picazo

Escenografía Teresa Rovalo

Notas de Iluminación Marie Christine Camus y Neil Rusic / video

Música Ricardo Cortés

Espacios teatrales Teatro El Granero, Xavier Rojas

Referencia Alegría Martínez, “Versos hechos teatro”, en Laberinto, núm. 537, supl. de Milenio, 28 septiembre 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Versos hechos teatro

Alegría Martínez

Invitación al silencio es un montaje al que sin duda podemos llamar insólito. Propuesta que se convierte en un desafío tanto para quienes están en escena, como para los que observan desde dos laterales enfrentados del escenario que permiten ver en mayor porcentaje, solo el costado del cuerpo de los personajes y en escasas ocasiones parte de su rostro.

Las líneas de un gran rectángulo con sus lados al descubierto, cual cápsula geométrica con flancos de viento, ocupa el centro del escenario. Una mujer descalza, con abrigo y vestido rojo, permanece sentada con las piernas separadas en un extremo de la figura.

El reflejo del mar en movimiento se proyecta en el piso. La silueta de un hombre se percibe en un extremo alejado. Un personaje femenino más, también descalzo, camina fuera del objeto escenográfico, con los senos desnudos bajo un grueso abrigo, cubierto su cuerpo de ombligo a pies con un pantalón color vino.

Voces de hombre y mujer se escuchan en una grabación que no cesará de reproducirse más que en contados momentos en los que se hace un marcado silencio. Fragmentos poéticos viajan por el espacio en la voz de esa pareja a la que no se puede ver, pero que no deja de estar presente.

Sobre la escena, la mujer sentada guarda silencio. Jamás se levantará de su silla. El personaje calla, escucha, observa. Pareciera que aguarda sin la inquietud del que espera. Su lugar es ése y su acción es interna, a ratos intensa como si su pecho pudiera hacer erupción y su rostro desfigurarse rompiendo su postura inamovible; su imagen quieta diluye su presencia que luego se fortalece, como en un vaivén perceptible apenas.

La mujer que orbita por lo general fuera del rectángulo, trazó previamente el espacio interior del cuerpo de seis lados mediante delgadas sogas rojas, líneas que desde del inicio inhibieron la posibilidad de transitar el estrecho pasillo rumbo al encuentro del personaje ubicado en un punto fijo.

El hombre dará pasos lentos hasta el extremo del espacio delimitado, donde una vez frente a la mujer estática, continuará con su decir poético, a veces en contrapunto con el personaje que camina y con las voces que emergen de las bocinas.

Lydia Margules dirige su versión para la escena a partir del ensayo Agatha o el amor absoluto, de Esther Seligson, y de diversos textos eróticos de Marguerite Duras. Su propuesta detiene el tiempo y el deambular de personajes de un lado a otro para abrirle espacio a la palabra poética, para darle un lugar en el que pueda volar y desplazarse. El suceso en la escena reside en la repercusión de lo que se dice, unido a la reacción que genera en quienes lo pronuncian y quienes lo escuchan. Sin parafernalia.

El espectador tarda en habituarse a escuchar –cuando lo logra–, en adentrarse al universo poético en el que se alude a la oscuridad del cuerpo, al mar, al amanecer, al deseo y a la muerte.

Las voces grabadas de Aída López y Arnoldo Picazo, la interpretación de Antón Araiza, Ichi Balmori, Tania Olhovich y, sobre el espacio diseñado por Teresa Rovalo, trabajo aunado al registro sonoro de Ricardo Cortés, al diseño y realización de video de Marie Christine Camus y Neil Rusic, y a la asistencia de dirección de Alberto Cerz, dan como resultado el presente trabajo escénico puesto al servicio de la obra de quien dejó asentado lo imponderable: “Escribir pese a todo, pese a la desesperación”.

Invitación al silencio convoca a ir tras la poesía de Duras que la puesta en escena deja suspendida en el espacio y la memoria a través de imágenes y sonoridades que en la repetición sin pausa toman mayor contundencia.

Lydia Margules realiza una especie de instalación escénica, performance, expresión plástica y sonora que alude a una parte del universo legado por la ensayista y poeta, para quien el mar fue parte de su posesión ilimitada.

La evocación de Ágatha, nombre de mujer y del lugar, del amor entre dos hermanos, del tiempo transcurrido, del mar, del deseo, del instante y lo que esto horada, es parte esencial de esta propuesta artística a partir de la poesía de Duras, que Lydia Margules estructuró para otorgarle otra consistencia sobre el escenario.