FICHA TÉCNICA



Título obra Géminis

Autoría Rodrigo Mendoza

Dirección Rodrigo Mendoza

Elenco Claudia Arellano, Michelle Ayala, Rubén Ramos

Espacios teatrales Amacalone, Foro para la Experimentación Escénica Héctor Mendoza

Referencia Alegría Martínez, “Géminis”, en Laberinto, núm. 531, supl. de Milenio, 17 agosto 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Géminis

Alegría Martínez

Dos jóvenes mujeres vestidas de negro juegan los roles de terapeuta y paciente durante una sesión en la que sueños, memoria e hipnosis, se combinan para descubrir odios y apegos. Una breve reacción corporal previa al diálogo, otorga un indicio al espectador de que se encuentra ante una realidad múltiple que irá tomando su cauce conforme se desarrolla la acción de Géminis, texto teatral escrito y dirigido por Rodrigo Mendoza Millán.

El dramaturgo y director –de quien hasta hace poco conocíamos más su música compuesta para la escena y el gran apoyo que dio a su padre Héctor Mendoza como compositor y asistente de dirección en sus montajes–, construye un texto barroco, nutrido de información sicológica, teológica y filosófica y de cuestionamientos sobre particularidades de la vida de uno de sus personajes, abierto, confiado y humano, que deviene en contraste con los otros y de la circunstancia en la que se encuentran.

De temática y atmósfera compleja, Géminis revela preocupaciones y temores en torno al amor, la muerte, la vida, el miedo, la envidia y se arroja con valor a un crudo desafío entre paciente y terapeuta, en ese pedregoso territorio en el que la primera se encuentra al desnudo ante la especialista y sus propios abismos y la segunda posee las herramientas para indagar sin piedad en la entraña viva del otro.

Rodrigo Mendoza decide darle una vuelta de tuerca más a su obra y ubica intermitentemente a la terapeuta en el lugar de la paciente, sin contaminar la personalidad de cada una, lo que enriquece la relación transitoria y aún añade un personaje pivote más, inmerso en otro espacio de realidad hasta que se abre la posibilidad de un desenlace sorpresivo con tintes de humor negro y tragedia.

Si bien el texto podría aligerarse en beneficio del espectador en tanto lo que le urge exponer al autor está desarrollado con claridad, la puesta en escena que logra el interés, el suspenso y el ritmo necesarios, requiere un mayor manejo de sutileza esencialmente en el terreno de lo actoral, que en ocasiones subraya exageradamente lo que los parlamentos dicen, rompiendo así con el reto dual que el autor plantea a lo largo de su obra.

La riqueza de la relativa antítesis que representan los dos personajes femeninos, pierde fuerza cuando uno de éstos exhibe una autosuficiencia extrema e innecesaria más allá de lo que las palabras expresan, porque la convención teatral empieza a tener fisuras por las que se cuela información con la que cuenta el personaje, pero el espectador aún no y que de ninguna manera debe intuir para lograr el efecto catártico esperado.

Al pie de unas pequeñas gradas que sostienen sillas para 20 espectadores aproximadamente, un sofá, una silla, una breve mesa de centro, una lámpara de pie y una decoración metálica con formas geométricas que pende del muro, conforman el espacio escenográfico en el que se desborda el universo interior de un personaje, cuyo análisis destapa sin piedad el hermetismo de su opuesto.

Claudia Arellano, Michelle Ayala y Rubén Ramos protagonizan Géminis, cuya música original sustenta este montaje, que se lleva a cabo en un escenario de mínimas dimensiones, acondicionado dentro del aula en la que el maestro Héctor Mendoza impartía clases a sus alumnos, en la planta baja de lo que fue su casa durante muchos años.

Ese santuario actoral incólume, en el que había un comedor de buen tamaño dentro de un salón rodeado de cristal para hacer trabajo de mesa dentro de un espacio libre para el ejercicio teatral, hoy se ha transformado en el nuevo Amacalone, Foro para la Experimentación Escénica Héctor Mendoza, donde el espectador puede ver de cerca el resultado de un arduo trabajo joven y propositivo que rompe con la indolencia y deja marca, ya sea visual, sonora, emotiva o racional de lo experimentado.