FICHA TÉCNICA



Título obra Hombre vertiente

Dirección Pichón Baldinu

Grupos y Compañías Compañía Ojalá

Elenco Ignacio de Santis, Eugenia Di Marco, Diego Echegoyen, Eliana Espasande, Juan Guiraud, María Eugenia Kochian, Leonardo Kreimer, Sebastián Prada, Ana Romans, Juan Manuel Romero

Coreografía Sergio Trujillo

Música Gaby Perkel

Espacios teatrales Plaza Condesa

Referencia Alegría Martínez, “Hombre vertiente”, en Laberinto, núm. 527, supl. de Milenio, 20 julio 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Hombre vertiente

Alegría Martínez

Volar, nadar en el aire, reptar entre pasillos subterráneos o desplazarse de arriba abajo entre telones de plástico que semejan nubes o espuma, donde el cuerpo femenino se expresa con dolor y ligereza, lento o veloz, como si fuera guiado exclusivamente por sonidos y emociones, es parte de lo que contiene Hombre vertiente.

El performance que en esta ocasión trae la compañía argentina Ojalá, con dirección de Pichón Baldinu y coreografía de Sergio Trujillo, ambos fundadores de La Guarda, que estuviera en México con el montaje del mismo nombre en el año 2000, se presenta por corta temporada en la Ciudad de México.

Con el sello de sus creadores, para quienes el arnés resulta prácticamente una extensión del cuerpo del actor y el agua representa mucho más que un líquido vital, Hombre vertiente es una propuesta escénica y plástica que desborda energía y paisajes oníricos.

Mínimos parlamentos indispensables para esbozar lo que aqueja al personaje, dan paso a la apocalíptica metáfora monumental que plantea Hombre vertiente, que no exento de humor por momentos, juega con elementos irremplazables para la existencia humana y propina bofetadas al inconsciente al tiempo en que regala bellas y aterradoras visiones en un ámbito festivo y efervescente.

La pesadilla de un hombre acosado por elementos de su creación, se traduce escénicamente en sucesos imparables. Cuatro reptiles negros de dimensiones humanas surgen del muro, del piso, de túneles cuyo interior se logra ver durante segundos al deslizarse su ligero dique protector.

Un personaje atado a la imposibilidad de controlar lo que ocurre, como sucede en los sueños de los que urge despertar, se encuentra al centro de sus obsesiones transformadas en hombres de traje oscuro que se multiplican y a quienes les brota agua del cuerpo, como si se tratara de sangre que expulsa su pecho, su hombro, su cuello lastimado.

Entre expresiones lúdicas y trágicas, los personajes se empapan en sus líquidos que chocan con los de al lado y así gestan relaciones de instantes o batallas en las que el agua es arma, es fuente, plasma transparente que no cesa de encontrar salida, lo mismo en grueso torrente, que en delgados y festivos chorros expulsados con fuerza por las yemas de diez dedos.

El telón de fondo es el lugar de la acción. El suelo es apenas pisado durante el constante tránsito aéreo de seres que habitan un terreno fracturado por la aridez y el vacío en contraste con suaves acordes que subrayan soledad y sequía. Hombre y mujer vestidos con vendajes cual trozos de piel adheridos a partes de tela, de cuerpo, del suelo que los reclama, huyen de sus persecutores, de sí, de sus fantasmas con patas de lagarto.

El ser humano se debate con sus demonios en un viaje de autoconocimiento que lo trastoca y se extiende a un espectador que en grupo y de pie, llega a sentirse parte de ese universo interior expresado en un exterior avasallante bien provisto con música electrónica y percusiones, intensidad lumínica, chorros de agua, círculos de luz, proyecciones y absoluto dominio corporal.

Suspendidos en el escenario vertical, hombres y mujeres que gritan con su cuerpo sin necesidad de palabras, son interpretados por Ignacio de Santis, Eugenia Di Marco, Diego Echegoyen, Eliana Espasande, Juan Guiraud, María Eugenia Kochian, Leonardo Kreimer, Sebastián Prada, Ana Romans y Juan Manuel Romero, quienes articulan mediante su danza aérea la música de Gaby Perkel, cuyo concierto para la escena es parte esencial del delirio.

Insectos de vinilo de grandes dimensiones cabalgados por amazonas que acechan a un hombre oculto en una especie de helecho inflable, se abren paso al centro de la gente que de repente se ve inmersa en el juego de un hombre, en una zozobra compartida por muchos que quisieran trasladar su inconsciente a un escenario donde pareciera que todo es posible.