FICHA TÉCNICA



Título obra Los niños sacrificados

Autoría Francoise Thyrion

Notas de autoría Boris Schoemann y Humberto Pérez Mortera / traducción

Dirección Gabriela Lozano

Elenco Aleyda Gallardo, Elsa Jaimes, Bricia Orozco, Tania Mayrén, Víctor Navarro Jup

Notas de escenografía Alejandro Lavanderos / pintura e instalación escenográfica

Iluminación Martha Benítez

Notas de Música Rodrigo Mendoza / escenofonía

Vestuario Eduardo Hermosilla y María Inés Hermosilla

Espacios teatrales Sala CCB

Referencia Alegría Martínez, “Los niños sacrificados”, en Laberinto, núm. 525, supl. de Milenio, 6 julio 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Los niños sacrificados

Alegría Martínez

El abuso sexual cometido por un hombre, se extiende a una familia ajena que dice aceptar como suya hasta que la destruye. Tres actrices y un actor interpretan a cuatro seres humanos sometidos por la obsesión de uno de ellos, la madre, que permite todo atropello contra ella y sus hijos, para conservar a su lado al marido agresor, que no es el padre.

Un equipo artístico joven en su mayoría, elige la obra de Francoise Thyrion, Los niños sacrificados, que traducen Boris Schoemann y Humberto Pérez Mortera y que actualmente se escenifica en un espacio habilitado, entre otras actividades, para el teatro, la Sala CCB (Centro Cultural del Bosque), donde esta propuesta se abre paso una hora antes de que inicie la función en los teatros contiguos.

En un espacio negro, poblado de sillas blancas, sin trastos ni mayor mobiliario escenográfico, la amiga de la madre permisiva, que se enteró por el diario de la tragedia que vive su ex compañera de infancia, narra al espectador la fatídica existencia que recién descubre, de los dos chicos que desde pequeños han sufrido del abuso permanente al interior de su casa, como si se tratase de sucesos cotidianos.

La obra expone con claridad los motivos que cada personaje tiene para soportar su circunstancia y posteriormente, el drástico cambio de suerte que viven, a partir de la intervención de las autoridades, que llega envuelto en culpa, dolor y rabia.

Con dirección de Gabriela Lozano –quien establece las distintas escenas con todo el elenco sobre el escenario, de forma que los personajes que no participan de momento en la acción se quedan inmóviles y de espaldas al público–, la puesta en escena plantea con apertura y valentía esta fuerte problemática social que aqueja al género humano.

La amistad al paso de los años, los anhelos de infancia, la diversión, los recuerdos de esa época, asfixiados por una vida de infelicidad que en memoria de lo vivido intenta reestablecer este afecto desinteresado que siente la amiga de la madre, es una parte importante de la obra, que abre paso a una renovada, aunque débil fe en el ser humano.

Lozano logra con su equipo artístico que se cuente la historia, se perciban profundas contradicciones y se llegue a la comprensión del origen del error de cada personaje.

Sin embargo, hay momentos mejor logrados que otros, como las escenas entre los dos jóvenes hermanos, él y ella, o de cada uno por separado al hablar de su problemática.

El delicado manejo de los hechos que aquejaron a los personajes en distintas etapas y que en ocasiones, durante la escenificación, son traídos de nuevo al presente, debe observar un proceso de transición más definido y un intenso y mayor trabajo de análisis que trascienda el gesto, la forma y consiga transitar con mayor veracidad por la ficción en la que se encuentran los dos personajes femeninos adultos.

Los niños sacrificados es un trabajo joven que despega con decoro y que encontrará, de aumentarse el rigor escénico, los refuerzos necesarios para hacer crecer lo logrado. De inicio, la elección del tema y de la obra de la dramaturga francesa, de quien se montó en México Moliére por ella misma, así como la seriedad con la que se aborda, son buen punto de partida.

Con Aleyda Gallardo o Elsa Jaimes como La Amiga, Bricia Orozco en la interpretación de La Madre, Tania Mayrén de la Hermana y Víctor Navarro Jup en la del Hermano, con escenofonía de Rodrigo Mendoza, vestuario de Eduardo y María Inés Hermosilla, iluminación de Martha Benítez, pintura e instalación escenográfica de Alejandro Lavanderos, Los niños sacrificados deja una metáfora contundente que estremece y una agónica promesa en la última acción de la madre.

Imágenes tortuosas de venganza con abrigo de expiación, valores trastocados, vacíos infinitos que se llenaron de aparente ceguera y mutismo voluntario, alimentan la fragilidad de hijos y madre, atados a una incapacidad infinita para modificar su destino.

Aferrados a su miseria interna desde edad temprana, cada miembro de este núcleo que se decía “familia”, avanza sin tropiezo a su propio abismo con la mirada sin horizonte.