FICHA TÉCNICA



Título obra Sedientos

Autoría Wajdi Mouawad

Notas de autoría Humberto Pérez Mortera / traducción

Dirección Hugo Arrevillaga

Elenco Miguel Romero, Pamela Almanza

Escenografía Atenea Chávez y Auda Caraza

Notas de escenografía Ricardo Ramírez Arriola / fotografía

Iluminación Roberto Paredes

Música Ariel Cavalleri

Vestuario Lissete Barrios

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Alegría Martínez, “El silencio como muro insalvable”, en Laberinto, núm. 512, supl. de Milenio, 6 abril 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El silencio como muro insalvable

Alegría Martínez

Sedientos da inicio con la presencia de un delgado joven descalzo, en camiseta y calzones, de pie sobre una banca de madera y fierro. Un adolescente invadido por preguntas, palabras y ansiedad, que busca arrancarle el sinsentido a la rutina, encontrar el equilibrio entre la diversión y lo degradante, el significado del vacío y la presencia de la belleza.

En su camino de búsqueda, dentro de la vasta obra de Wajdi Mouawad, el director Hugo Arrevillaga Serrano elige esta vez la obra Sedientos, concebida para espectadores jóvenes, en la que tres actores interpretan al menos un personaje más, aparte del que protagonizan.

El escenario del Teatro La Capilla fue alargado para que su proscenio pueda estar más cerca de las butacas (lo que acaba con una barrera), además de ampliar y profundizar la perspectiva del que observa, al tiempo en que abre espacio para la acción al centro, y para dos hileras paralelas con seis sillas cada una, ubicadas en los laterales, desde donde 12 espectadores presencian, a corta distancia, lo que ocurre tras unos pequeños reflectores que iluminan desde el piso.

Dos mesabancos de escuela, un muro negro al fondo, cual pizarrón con palabras escritas en gis y una puerta negra en medio, completan el lugar con un ancho pasillo blanco que se abre al centro, resultado del diseño escenográfico de Atenea Chávez y Auda Caraza, quienes cada ocasión depuran más su propuesta para que el escenario sea un espacio desde donde despega y hacia el que confluye el universo de los personajes.

A través de cuestionamientos acerca de la indiferencia, la alienación y el apoltronamiento del mundo adulto sumergido en una inercia sin fin, el joven Murdoch, interpretado con honestidad y arrojo por Andrés Torres Orozco, se desborda en palabras que no encuentran eco, hundido cada vez más en el silencio y la desilusión que lo lanzan a la búsqueda de algo que aún no sabe cómo nombrar, pero que le urge constatar que existe.

Miguel Romero interpreta con brillantez y solvencia a Boon, un antropólogo forense, a un sacerdote, a un maestro. Es narrador y también el autor de otra obra, dentro de ésta, en la que su personaje principal convive con los de la ficción creada por Mouawad, donde la posibilidad de desenterrar el mayor de nuestros deseos, descubre el horizonte que el ser humano se dedica a tapiar a medida que crece y se llena de heridas.

Pamela Almanza, por su parte, ocupa el rol de madre y de la joven Noruega. Enfrenta con buen resultado a sus dos personajes ficticios en esta estructura de teatro dentro del teatro que plantea el autor de la trilogía La sangre de las promesas, que el propio Arrevillaga ha llevado exitosamente a escena.

Dos actores jóvenes y uno de más experiencia, bajo la dirección de Arrevillaga Serrano, además de las escenógrafas y un equipo conformado por Roberto Paredes, diseñador de iluminación; Lissete Barrios en el diseño de vestuario; Ariel Cavalleri, música original, musicalización, edición y mezcla; Humberto Pérez Mortera en la traducción, y la fotografía de Ricardo Ramírez Arriola, generan una experiencia que levanta costras, remueve óxidos y alerta contra la dejadez.

Sedientos sigue la estructura que ha explotado su autor en buena parte de sus textos dramáticos en los que un acontecimiento del pasado revela secretos, responde cuestionamientos y detona asuntos que conectan profundamente con la infancia, la identidad, las relaciones, así como con conflictos y barreras fosilizadas por el dolor.

El silencio como muro insalvable, los obstáculos propios de las distintas pruebas, comentarios y tropiezos por que los deben pasar una obra y su autor, más la dificultad que implica hablar sobre la belleza enterrada y la fealdad que priva nuestra existencia, es parte de lo que Sedientos despliega con emotividad y contundencia.

El joven Murdoch y la joven Noruega, junto con el antropólogo forense Boon, nos conducen al enigma que encierra un lago congelado, dos muertes inexplicables y un hallazgo interior como oportunidad para revertir una existencia estéril.