FICHA TÉCNICA



Título obra Los constructores de imperios o El schmürz

Autoría Boris Vian

Notas de autoría Humberto Pérez Mortera / traducción

Dirección Mario Espinosa

Notas de dirección Alicia Sánchez / codirección

Grupos y Compañías Cornamusa

Elenco Juan Carlos Rodríguez, Carmen Madrid, Sofía Espinosa, Patricia Yáñez, Alaciel Molas, Javier Rojas Trejo, José Antonio Becerril

Escenografía Gloria Carrasco

Iluminación Ángel Ancona

Vestuario Adriana Olivera

Referencia Alegría Martínez, “Los constructores de imperios”, en Laberinto, núm. 504, supl. de Milenio, 9 febrero 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Los constructores de imperios

Alegría Martínez

Una escalera de lámina color plata, similar a una escalinata de avión, domina el centro del espacio. Su movilidad es como el de un “sube y baja” que puede topar con brusquedad en el suelo, a menos que quienes pongan ahí el pie, equilibren la intensidad de sus pasos. Un rechinido estridente estoquea la existencia de una singular familia perseguida por el eco de algo que los trastoca y los obliga a huir sin tregua, hacia una nueva morada que será, necesariamente, más pequeña que la anterior y estará un piso más arriba.

Este espacio es el que habitan los personajes de Los constructores de imperios o El schmürz de Boris Vian, que dirige Mario Espinosa, quien junto con Gloria Carrasco, escenógrafa, y Ángel Ancona, diseñador de iluminación, integrantes de Cornamusa, crean para el montaje de la obra escrita por el poeta, jazzista, novelista y traductor nacido en París en 1920.

Matrimonio, hija joven y ama de llaves, arriban cada vez a un lugar extraño, donde a la espera hay un hombre silencioso que es usado como saco de boxeo. Sujeto por una soga, al igual que otros bultos que cuelgan inertes a unos cuantos pasos, este hombre que calla, escucha y recibe patadas, maletazos y jalones cuando estalla la ira de los adultos, parece ser tomado en cuenta únicamente por la joven Zenobie, quien se dirige a sus padres a punta de verdades que nadie atiende.

Con traducción de Humberto Pérez Mortera, esta versión transforma el final de la obra sin robar su esencia, pero añade parlamentos explicativos en boca del schmürz, que en el original no se encuentra y que llama la atención por su intención pedagógica para romper el misterio de este personaje. Será que, como lo aclara el director en la hoja de sala, el montaje está en formato de work in progress. Quizá, pero no hace falta.

Ubicada la acción en un lugar que se puede asociar con una morgue estilo casero, donde bultos, valijas, mesita o sillón se hallan forrados de plástico negro, mientras la escalinata deja escapar destellos metálicos, los personajes se aferran a las palabras, a la vivacidad de los recuerdos que alimentan su desamparo, y a seguir de pie en medio de la infinita persecución de una paz imposible.

Juan Carlos Rodríguez como el padre, Carmen Madrid en el rol de la madre y Zenobie, la hija, a cargo de Sofía Espinosa (quien alterna con Patricia Yáñez), Alaciel Molas en el papel de Cruche (la empleada doméstica), Javier Rojas Trejo como El vecino y José Antonio Becerril como El schmürz, generan la violencia explosiva de un puñado de personajes instalados en el miedo, que intentan vivir el presente que se les escapa entre lamentos y exabruptos.

Catalogada como teatro del absurdo, esta obra de Boris Vian, estrenada en 1959, pone en evidencia (y actualiza) el lastre que cargan personajes como los padres, instalados en la evasión de todo compromiso personal, con su familia y su entorno, al tiempo en que expone la severidad de los cuestionamientos planteados por la joven hija, que se diluyen en el trajín cotidiano, mientras subraya la artificialidad del vecino o la contundencia desasosegante de la empleada que busca la respuesta precisa, aunque ésta corresponda a la más simple de las preguntas.

Mientras el vértigo se detiene ante la irrupción del inmenso rechinido que retuerce los cuerpos y exorbita las miradas, el schmürz, ese hombre con su traje sastre pegosteado de plástico negro, observa, gime, se arrastra, explica, se pone casco y chaleco y avanza hasta acercarse a un padre transformado en militar, en alguien que reconoce su soledad eterna.

Los constructores de imperios o el Schmürz, con vestuario de Adriana Olivera y codirección de Alicia Sánchez, es una obra con un humor que rechina, un montaje desasosegante hecho por un buen equipo, que trae a escena el texto de un autor imprescindible, inmerso en una estética que nos ubica drásticamente en ese depósito de cadáveres y ausencias que nos hemos empeñado en transformar en hábitat.