FICHA TÉCNICA



Título obra Paisaje marino con tiburones y bailarina

Autoría Don Nigro

Notas de autoría Tato Alexander / traducción; Humberto Pérez Mortera / asesoría en traducción

Dirección Bruno Bichir

Notas de dirección María Deschamps / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Producciones Escarabajo

Elenco Bruno Bichir, Tato Alexander

Escenografía Gabriel Pascal

Notas de escenografía Eduardo Villarreal / diseño de mar

Notas de coreografía Jéssica Sandoval / asesoría en movimiento

Música David Martínez

Vestuario Jerildy Bosch

Espacios teatrales Teatro El Granero

Notas de productores Baltazar Morelos / asistencia de producción

Referencia Alegría Martínez, “Sobrevivientes”, en Laberinto, núm. 495, supl. de Milenio, 8 diciembre 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Sobrevivientes

Alegría Martínez

Pequeñas isletas conformadas por libros empastados en rojo, seis lámparas, un viejo refrigerador, una máquina de escribir, una mujer inmóvil, desnuda bajo una sábana, y un hombre que escurre agua de su ropa y cabello, comparten un espacio repleto de fina arena blanca donde cada paso se hunde y el andar es una permanente acción en desequilibrio.

El escenario se inunda con sonidos de mar y música que en algo recuerda El mar de Debussy. Ben prepara chocolate caliente sobre una pila de ejemplares utilizados –según se requiera– como mesa, sofá, piedras planas que sugieren camino, o proyectiles, y que, llegado el momento, serán abiertos en alguna de sus páginas para seguir siendo testigos impasibles, páginas impresas apiladas sobre un montón de arena.

Paisaje marino con tiburones y bailarina de Don Nigro –nacido en Ohio en 1949, a quien se reconoce como el escritor norteamericano vivo cuyas obras son las más representadas y autor de 300 textos dramáticos traducidos al francés, alemán, español, ruso, griego, polaco y chino– llega al teatro El Granero, bajo la dirección de Bruno Bichir, protagonista junto a Tato Alexander.

Dos personajes en escena recrean el desconcierto, la avidez, el temor, el asomo de lo que pudiera ser el amor y, más tarde, la intersección. La historia sigue una lógica distinta a la acostumbrada, en la que una joven rescatada del mar –donde cayó mientras bailaba– ataca verbal y físicamente a su protector, quien desde la más absoluta rendición soporta sin límite lo que ella dispone.

Bruno Bichir propone un texto complejo sobre el amor que traduce Alexander y llama al escenógrafo e iluminador Gabriel Pascal, que construye un trozo de mar, paisaje vivo; desierto y ring, cama y escenario de juego y naufragio. Espacio que borra huellas y engulle objetos, donde el refrigerador es despensa, caja fuerte y fuente de luz.

El personaje femenino –Tracy– viste una sábana, ostenta un tatuaje de buen tamaño en su espalda y otros menores en pecho y tobillos. Su desnudez contrasta su aparente fragilidad con la dureza en su mirada y lo crudo de sus palabras. Con ojeras negras de maquillaje corrido, se comporta como una presa que huye de toda permanencia, de la posibilidad de establecer, creer, confiar o esperar algo. El hombre, un bibliotecario con esperanzas de ser escritor, elige ser un amoroso, paciente, comprensivo y solapador compañero de un ser lastimado que huye de toda intención que huela a cariño.

Los actores encarnan a dos seres humanos casi en estado salvaje, inmersos en una relación de preguntas y respuestas rápidas, honestas y abruptas. Cuerpos en carrera, en danza, pesadilla o silencio bajo la débil luz de una lámpara, que ahogan su mutua incomprensión en ascenso. Seres que entran a un juego delicado en el que se lesionan, se curan, se atraen y rechazan, como si lo humano fuera material desechable.

Paisaje marino con tiburones y bailarina es un trabajo con virtudes que muestra el avance de Bruno Bichir como director sensible y honesto, más cómodo con los retos del texto, tanto en su papel de director como en su rol de actor, que cuando dirigió a su hermano Demián en Nadando con tiburones.

Sin embargo, como director se encuentra esta vez ante el reto de lograr que la joven y atractiva actriz alcance una buena dicción y una proyección adecuada de su voz, que en muchas ocasiones se diluye en cuanto el trazo exige que dé la espalda a una de las áreas del público, o cuando sus parlamentos alcanzan una velocidad tal que las palabras se agolpan sin remedio. Bien resuelta por la actriz, en cambio, la escena en que su personaje se adentra en fragmentos de su infancia, una etapa sujeta a la búsqueda de un mundo anónimo, donde los seres vivos no tienen nombre y los reclamos encuentran un buen gancho al que afianzarse.

El montaje de Producciones Escarabajo cuenta con diseño de vestuario de Jerildy Bosch, que propone eficazmente sábana, pijama de hombre, trusa y gabardina como únicas prendas; música original de David Martínez; asesoría en movimiento de Jéssica Sandoval; diseño de mar de Eduardo Villarreal; asesoría en traducción de Humberto Pérez Mortera; asistencia de dirección de María Deschamps y asistencia de producción de Baltazar Morelos.

Ácida, inquietante, con unas gotas de humor, una porción de dulzura y muy cercana a ese espacio demencial que se abre en las relaciones de pareja cuando uno se dedica a herir y el otro a curar al atacante y a lamer su propia herida, Paisaje marino con tiburón y bailarina pone el lente de aumento al intrincado enigma que surge entre hombre y mujer cuando establecen ese lenguaje de la crueldad del que ninguno saldrá ileso.