FICHA TÉCNICA



Título obra El efecto de los rayos gamma

Autoría Paul Zindel

Dirección Alberto Lomnitz

Elenco Tara Parra, Laura Zapata, Cassandra Ciangherotti, Daniela Luján

Escenografía Patricia Gutiérrez

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Alegría Martínez, “Cuatro mujeres, cuatro diferencias”, en Laberinto, núm. 489, supl. de Milenio, 27 octubre 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Cuatro mujeres, cuatro diferencias

Alegría Martínez

Una serie de escenas con brillo propio, entre algunas otras que caen por su propio peso, sobre un diseño de iluminación y escenografía de calidad, forman parte de El efecto de los rayos gamma, obra de Paul Zindel escrita en 1970 y ganadora del Premio Pulitzer, que llega al Teatro Helénico bajo la dirección de Alberto Lomnitz. Es un trabajo heterogéneo que vincula un buen texto dramático sobre el atropello cotidiano entre madres a hijas, con el desempeño actoral de Tara Parra, Laura Zapata, Cassandra Ciangherotti y Daniela Luján y un cerrojazo pleno de altibajos tonales que aun así puede disfrutarse.

Lomnitz, un director concertador que en la gran mayoría de sus montajes arriba a un resultado escénico con equipos de trabajo que poseen un buen cúmulo de elementos en común, más allá de su trabajo creativo como director, ha debido amalgamar, suavizar las diferencias actorales de su elenco y gastar energía en el intento de propiciar un lenguaje armónico entre intérpretes de diversa formación y objetivos profesionales.

La historia de una madre sola, alcohólica y amarga, para quien sus hijas son dos piedras al cuello (una de ellas –tímida y sensible– se inclina por la ciencia, y la otra –epiléptica y frívola– fluye en el rencor y la apariencia) está expuesta sobre un ámbito escénico muy bien planteado y resuelto por Patricia Gutiérrez.

Un departamento sucio y maltratado en el que las ventanas han sido cubiertas por papel periódico integra una mesa multiusos que rebosa objetos y caos, una alacena metálica que se puede confundir con un armario de taller mecánico, el frigobar que muestra huellas de hollín, cajas de cartón apiladas que dan cuenta del abandono y la invasión del espacio por objetos inútiles. Todo esto hace que la presencia y el sonido del teléfono y la aparición de átomos proyectados en los muros sean los únicos signos de vida.

La compleja relación de cuatro mujeres, dos casi adolescentes, una de edad madura y una huésped de la tercera edad, se colapsa cuando una de ellas, la incipiente científica, logra destacar por encima de los obstáculos de la existencia.

El texto dramático que dirigiera Nancy Cárdenas en los años setenta, y que Paul Newman llevó al cine en la misma época, refrenda su vigencia, cuando quizá los mismos conflictos han tomado un segundo aire pero aún conservan la esencia de su origen.

Cómoda en una obra que conoce a plenitud, puesto que años atrás llegó a interpretar tanto el papel de la hija inteligente como el de la menos brillante, Laura Zapata representa esta vez a Bety la Loca, madre y mujer desesperada por alejarse de una situación que ella misma genera, en un ambiente de gritos, malos tratos, recriminaciones y quejas.

La conocida actriz, que durante la mayor parte de la función exige a su voz un timbre antinatural, hierra al intentar poner buena parte de la densidad del personaje en su garganta y en su exagerado gesto cuando éste se comporta como ogro. Su personaje carece de verdad y se vuelve monótono hasta que llegan las escenas de relativa tranquilidad, en las que utiliza con libertad su voz y por fin deja entrar al personaje en escena.

Quizá preocupada en exceso por mostrar los recovecos ruines de su personaje, la actriz se tropieza con obstáculos que le quitan veracidad a esa madre que no es una bruja malvada, sino una persona como la mayoría, atrapada en la infelicidad, en el rencor y la venganza por una vida que le disgusta y le duele y con la cual sigue sin saber qué hacer.

La escena en la que el personaje recuerda su infancia, el canto de oferta de las mercancías que vendía su padre, los breves placeres idos, y en la que interactúa con Daniela Lujan, aleja a Laura Zapata de las villanas televisivas que tanto éxito le han dado, y deja el paso libre a la verdadera Betty.

Tara Parra, actriz de larga trayectoria que entra y sale en su silla de ruedas como la vieja y silente Nani, habita el escenario sin grandilocuencias, con expresión y escasos movimientos, con estatismo y vida interior, para proyectar el abandono y la muerte próxima.

Daniela Luján, ligera en exceso, como si su personaje fuera frívolo por antojo y no como resultado de antecedentes específicos, hace su parte, a la que añade estridencias y desbordes muy similares, de modo que su personaje transita poco por los parajes tan opuestos que el texto solicita.

Cassandra Ciangherotti, a quien le toca interpretar al único personaje noble de esta historia, lo construye con mesura y paciencia llevándolo al plano de la honestidad que se busca en el trabajo escénico.