FICHA TÉCNICA



Título obra Tío Vania

Autoría Antón Chéjov

Notas de autoría Ludwik Margules / traducción

Dirección David Olguín

Elenco Tina French, David Hevia, Arturo Ríos, Mauricio Davison, Rubén Cristiani, Esmirna Barrios, Raúl Espinosa Faessel, Laura Almela

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Rodrigo Espinosa

Vestuario Estela Fagoaga

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Alegría Martínez, “100% Chéjov”, en Laberinto, núm. 483, supl. de Milenio, 15 septiembre 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

100% Chéjov

Alegría Martínez

En Tío Vania puede verse la conmoción interna. Lo que nace, crece y transforma al personaje trasmina el cuerpo, el rostro de cada actriz y actor quienes, durante dos horas, habitan una casa metálica y oxidada, inundada de agotamiento y desesperanza.

La presente versión, con dirección de David Olguín y traducción de Ludwik Margules, deja desnuda el alma de los sobrevivientes de una finca en decadencia donde el hastío carcome a cada miembro de una familia que tiende a la destrucción.

El muro metálico de la estancia resguarda muebles frágiles de madera, como si la frialdad y el abandono se hubieran colado a un hogar que dejó de serlo hace ya tiempo. Gabriel Pascal diseña así el interior de una casa que conserva los rastros de una vida congelada. Concentrado el espectador en la vivienda rodeada por un espacio oculto que deja escuchar voces, pasos, un lejano canto y ruidos externos, la escenografía acoge personajes y público en una cercanía que abre una comunicación ágil, intensa, entre lo que sucede en el escenario, en los alrededores del inmueble, y quienes son testigos de la ficción.

Actrices y actores son a cabalidad personajes de Chéjov, con su complejidad a cuestas, sin remilgos ni la tentación de juzgar al personaje que interpretan, sin prisa por contar una historia. Se ven afectados por lo que padece un grupo de seres humanos enganchados a sus temores, anhelos y desencantos, por lo que se agradece lo que les acontece: ahí reside el espectáculo, como lo plantea el texto del autor ruso nacido en Taganrog en 1860, permanentemente mal interpretado.

Un elenco de brillante desempeño, desde la intérprete más joven hasta el de más larga trayectoria, conformado por Tina French (Marina), David Hevia (el doctor Astrov), Arturo Ríos (Tío Vania), Mauricio Davison (el profesor Serebriakov), Rubén Cristiani (Ilia Ilich), Esmirna Barrios (Sonia), Raúl Espinosa Faessel (Efim) y Laura Almela (Elena Andreevna), genera el milagro escénico bajo la batuta de un director que consigue personajes vivos en su agonía.

Como si fuera algo natural presenciar el profundo desasosiego de Vania ante su vida desperdiciada, o el arrobamiento de la joven Sonia frente al taimado doctor Astrov, el espectador es seducido por los conflictos de una Elena atrapada por sí misma, por la insensatez ambiciosa de Serebriakov, la rabia de Marina, el desenfado de Ilia y el dolor de Tío Vania.

Hay imágenes poéticas en las que se cuelan hojas secas en descenso, la imagen de Efim, las rosas rojas en un ámbito árido. Hay escenas imborrables como la danza frenética del doctor Astrov en estado etílico y su aparente toma de conciencia en una ambivalencia indolente y apasionada. El rostro angustiado de la desalentada Sonia, el sacrificio inútil de Elena y su desengaño son fragmentos que permanecen.

Este Tío Vania conserva la esencia de finales del siglo XIX, y aborda algo permanente y universal: el vacío y la inoperancia de existencias estériles. El director y su grupo de actores y creativos no buscan reinventar a Chéjov: lo renuevan desde el respeto, la indagación y el hallazgo del interior de personajes que conservan su esencia humana.

Redonda y completa desde el diseño de escenografía de Pascal, pasando por el vestuario de Estela Fagoaga que asimila texturas, colores y elementos de la época con prendas actuales, y la propuesta sonora de Rodrigo Espinosa –que incluye una canción rusa–, las notas de guitarra cuya presencia solicita el autor, los pasos del guarda, la detonación de un arma y los datos sonoros que expanden el espacio y la acción en la percepción del espectador, la puesta en escena muestra el rigor de artistas que han dedicado su vida al teatro.

María Vasilievna, madre de la primera esposa del profesor, y su hijo Iván Petrovich son los personajes eliminados de esta versión, aunque ella es aludida de palabra, de modo que se conservan los acontecimientos centrales planteados por Chéjov sin dejar de lado un solo hilo de la trama compleja sobre la debacle interna que encuentra su metáfora en la extinción sin pausa de bosques y fauna.

Mediante una acción contundente que subraya el estado final de los personajes, más allá de las palabras jóvenes, ingenuas y esperanzadas que exhala la tierna Sonia, como lo dejó escrito Chéjov, el director culmina esta obra con una imagen que cierra el círculo del deterioro en que se ha convertido la existencia de una familia.