FICHA TÉCNICA



Título obra Birdstrike

Autoría Xavier Villanova

Dirección Xavier Villanova

Grupos y Compañías Compañía Oscura y Verde Realidad

Elenco Isabel Piquer, César Beas, Jonathan Persan

Iluminación Mario Oliver

Espacios teatrales Foro La gruta

Referencia Alegría Martínez, “Una mujer y dos hombres”, en Laberinto, núm. 479, supl. de Milenio, 18 agosto 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Una mujer y dos hombres

Alegría Martínez

Un triángulo amoroso entre una mujer y dos hombres en el que ella es el vértice de la discordia, es expuesto mediante breves diálogos y acciones que dejan ver los fragmentos de dos relaciones en picada, al tiempo en que un avión con 324 pasajeros se colapsa tras impactar con un grupo de aves.

La puesta en escena, realizada por un equipo de jóvenes agrupados en la compañía Oscura y Verde Realidad, plantea la imposibilidad de la realización amorosa como la desean los dos personajes masculinos: en exclusividad con la mujer.

Xavier Villanova, quien también es responsable de la dirección, es el autor de Birdstrike, metáfora del acercamiento al amor desde la distancia de quienes quieren amar sin lograr que sea a su modo, y transitan entre la indecisión y la autocomplacencia.

El texto, ganador del Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido 2010, centra en el personaje femenino la probabilidad de que las relaciones sentimentales funcionen como de costumbre y al mismo tiempo dota a este personaje de una ambivalencia, aparentemente cómoda y libre de apasionamientos, de modo que sea el polo de atracción y el obstáculo para los dos jóvenes.

El texto lleva a cabo un bosquejo mediante diálogos, por momentos interrumpidos, gracias a los cuales el espectador puede completar parte del perfil de cada personaje, al unir lo que dicen pensar o sentir.

Palabras o frases casi célebres que exteriorizan en parte lo que sucede al interior de este trío en permanente desencuentro, abarcan reflexiones, rabia, sensaciones, sospechas e instrucciones para pasajeros en vuelo y se reiteran a lo largo del tránsito de los personajes que parecen tener la cualidad de alejarse por cortos lapsos de lo que viven. Los parlamentos, cortos y contundentes, del personaje femenino, poseedor de matices tradicionalmente masculinos, propios del ser humano que previene involucrarse emotivamente más allá de lo necesario, sin limitar su deseo, lo llevan también a una desesperación sorda, que apenas se asoma entre las frases que dice para sí mismo o a espaldas del otro amante.

Mediante una iluminación sencilla, Mario Oliver establece y delimita los espacios con una fina línea de diminutos focos a manera de guías de aterrizaje. Coloca un cenital que abarca a los protagonistas en diferentes momentos y lanza, desde la espalda de los espectadores, una luz blanca que ubica a los personajes en un espacio abierto, desprotegido.

Sobre el escenario están los tres actores descalzos, Isabel Piquer, César Beas y Jonathan Persan, cuyo desplazamiento ligero otorga cierta sensación de fragilidad. Uno de ellos viste pantalón y camisa formales, oscuros. Los otros dos usan pantalón de mezclilla; ella playera blanca y él camisa a cuadros. Pareciera, externamente, que esta pareja tiene más elementos en común, pero no hay certezas.

Sin escenografía ni utilería, los personajes entran y salen de la luz y la circunstancia. El oscuro los aísla y les permite estar presentes sin tener el foco de atención completo. Son narradores y protagonistas de lo que viven. A ratos los diálogos se entrecruzan, como su vida. Inevitablemente, uno de los hombres sabe más de la existencia del otro, pero resiste su circunstancia sin abandonarse al drama.

Los dos hombres de esta triple historia –opuestos en sus aspiraciones, fuera de la elección de la misma mujer y de la sensación de pérdida que comparte el triángulo– deambulan de un lado a otro del escenario, transitan entre el rechazo y la aceptación en espacios que pueden ser uno y muchos, según lo definan las palabras.

De pie durante la mayoría de las escenas, fuera de las contadas ocasiones en que uno de ellos se sienta al borde de un módulo, o en una escena de desnudo que los lleva a adoptar la posición horizontal, los personajes parecen habitar el recuerdo, fragmentos de pasado inmediato.

La puesta en escena plasma una emotividad de bajo perfil. Si hay lágrimas o desesperación, no pasan de un asomo sin escándalo a través de frases y palabras que se detienen antes de que el espectador se adhiera emocionalmente.

Interesante trabajo joven que inicia por buen camino. Tiene algo qué decir y lo plantea con elementos mínimos de modo que los actores deban hacer acopio de sus recursos para salir adelante con un planteamiento no lineal, que busca diferentes rutas para expresar una preocupación por las relaciones de pareja y su destino complejo.