FICHA TÉCNICA



Título obra Cielos

Autoría Wajdi Mouawad

Dirección Hugo Arrevillaga

Notas de dirección Anabel Caballero / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Tapioca Inn

Elenco Pedro Mira, Antón Araiza, Violeta Sarmiento, Tomás Rojas, Miguel Romero, Andrés Torres Orozco, Alejandro Reza

Escenografía Auda Caraza y Atenea Chávez

Iluminación Roberto Paredes

Notas de Iluminación Miguel Durán / videos

Notas de Música Ariel Cavallieri y Hugo Arrevillaga / musicalización

Vestuario Lissete Barrios

Espacios teatrales Teatro Benito Juárez

Referencia Alegría Martínez, “Al dolor por la rabia”, en Laberinto, núm. 477, supl. de Milenio, 4 agosto 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Al dolor por la rabia

Alegría Martínez

Un montaje estremecedor, no menos que los anteriores, cierra la tetralogía La sangre de las promesas del dramaturgo Wajdi Mouawad, llevada a  escena por Hugo Arrevillaga, quien ha montado Litoral,  Incendios y Bosques. Cielos nos arroja a una realidad aterradora,  enfilada hacia  la continuidad de un desastroso inicio desde la tragedia griega, que en nuestro presente y con sofisticada tecnología se renueva y redimensiona.

El director retoma la trayectoria emprendida con su grupo Tapioca Inn, que da continuidad a su estética espacial, creada por Auda Caraza y Atenea Chávez, quienes diseñan un espacio múltiple, como en ocasiones anteriores, donde hay luz que emerge de la parte inferior, con la diferencia de que la obra exige ahora, como bien lo realizan, la utilización de metal en mayor porcentaje que madera, para recrear el frío universo que resguarda a quienes, ocultos del mundo, tratan de salvarlo.

Un pasillo-encrucijada, con suelo de barras planas y un pódium con micrófono a cada extremo, contiene a cuatro especialistas antiterrorismo que, tras ocho meses de encierro y a punto de liberarse, reciben la contraorden de resolver los motivos del suicidio de un colega, inmerso también en conocer los planes de una organización extremista, para lo cual reciben a un nuevo miembro.

Un rectángulo –pantalla– que proyecta en cuatro de sus lados desde frecuencias hasta codificaciones, mensajes, números, imágenes de conflictos bélicos, desastres, explosiones, asesinatos, volúmenes, poemas cifrados y el análisis de una Anunciación realizada en 1585 por Tintoretto, pende del techo sobre la cabeza de personajes y espectadores, ubicados bajo escenas en movimiento que nos atenazan y persiguen hasta implantarse en nuestra memoria, o comunican en tiempo real –dentro de la convención–, sin lograr que estemos ahí, donde lo deseamos, ni que podamos dejar el lugar en que nos encontramos. En el lugar de la acción, adonde llegan comunicaciones de Asia, Finlandia, Arabia, Francia e Inglaterra, los cuatro hombres y la única mujer viven aislados entre sus conflictos individuales y la búsqueda de la mejor ruta para desmantelar la amenaza terrorista, que quizá tenga conexión con el suicido de su compañero.

Los actores Pedro Mira, Antón Araiza, Violeta Sarmiento, Tomás Rojas, Miguel Romero y –en video– Andrés Torres Orozco y Alejandro Reza realizan un buen trabajo desde la  honestidad y la fragilidad de sus personajes, para entrar francos a una ficción compleja a la que ingresa dócil un público que no puede evadirse de lo que acontece.

Con una iluminación de Roberto Paredes que bosqueja el exterior y su aislamiento desde adentro, vestuario sobrio y militar con toques actuales de Lissete Barrios, musicalización certera de Ariel Cavallieri y Arrevillaga, los eficaces videos de Miguel Durán y la asistencia de dirección de Anabel Caballero, Cielos completa con solidez la propuesta de un director coherente con su objetivo de ofrecer una experiencia contundente sin falsos efectos.

La muerte como gesto de vida, de advertencia para conservar la existencia, el laberinto del Minotauro convertido en instrumento común de uso bajo un complejo sistema por descifrar, la obediencia y el acatamiento del protocolo como máxima, conforman parte de esta trama incrustada en el dolor y la rabia.

Cielos es, asimismo, un llamado urgente a valorar el arte, a asimilar la oscuridad de la poesía, a mirar y escuchar lo que grita una pintura, lo que redefine el color, la forma, lo que nos oculta la distancia entre las figuras. Nos conmina a comprender el código de los objetos, al análisis, a recordar, a dejar atrás la tentación de olvidar el dolor heredado. Es también, y esencialmente, un llamado de atención urgente, un alarido que no cesa al provenir de la más honda pérdida que envuelve la muerte de los hijos a manos de su madre o de otro hijo, de un destino hecho de mentiras, de la falta de coherencia entre acción y palabra que arrastramos por decenios de violencia. Y sin embargo es memoria de lo que fuimos antes de ser quienes hoy somos, extracto de consuelo, atisbo de comprensión cuando se agrieta el mando y la obediencia; llamado al rescate de la intuición y contra la complicidad de sangre y belleza.

La obra de Mouawad extiende una madeja de hilos cual caminos que se bifurcan, crecen y se endurecen; rutas que se complican plenas de contradicciones, y que al acercarse al final muestran el principio de un caos universal en correspondencia. Por eso nos subyuga.

La compañía Tapioca Inn que dirige Arrevillaga se mantiene en la búsqueda de decir algo urgente, de estremecer desde dentro, de abarcar al espectador como parte importante de lo que acontece al involucrar su reacción, su presencia: es un testigo inmóvil  de la ficción verdadera, con ropa de calle y olas de llanto agolpadas en la garganta.