FICHA TÉCNICA



Título obra Macbeth

Autoría William Shakespeare

Elenco Laura Almela, Daniel Giménez Cacho

Iluminación Gabriel Pascal

Notas de Música Rodrigo Espinosa / diseño de sonido

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Alegría Martínez, “La última cena”, en Laberinto, núm. 473, supl. de Milenio, 7 julio 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La última cena

Alegría Martínez

Los 27 personajes que delinéo Shakespeare en Macbeth, además de nobles, caballeros, asesinos, soldados, criados, mensajeros, apariciones y el espectro de Banquo, son asimilados, en su mayoría, por Laura Almela y Daniel Giménez Cacho en un escenario desprovisto de madera y decorados, donde sólo hay dos filas paralelas de sillas, un par de largos cortinajes negros y todo un páramo oculto por habitar.

El sobresalto causado por el brusco golpe al cerrarse la puerta por donde ingresan los espectadores nos ubica enseguida en una espiral de ruidos. Truenos, relámpagos, campanadas, choque de metales, chillidos de animales, pasos, voces, lamentos, el correr del viento y la voz, generan una atmósfera densa, entre oscuros prolongados, amplias descargas de luz blanca y algunas tímidas llamas, por virtud de Rodrigo Espinosa en el diseño de sonido y de Gabriel Pascal en el de iluminación.

La audiencia funge como los invitados a la fatídica, última cena en la que Macbeth transgrede los valores sagrados de la hospitalidad, el parentesco y el vasallaje, contra Duncan, el rey de Escocia, a quien los actores construyen mediante diálogos y reacciones.

El vértigo es parte del torrente de la acción que Laura Almela y Daniel Giménez Cacho generan en un juego súbito de transformación de personajes que aparecen cuando se requiere y se diluyen cuando es momento de que otro haga presencia. Cada actor se avoca a ser cada personaje, a poseer su esencia por un instante y a dejarlo ir sin ostentaciones, como si se tratara de una mutación natural de almas.

A partir de una dramaturgia compleja que apuntala hechos y parlamentos clave, de modo que pueda intuirse la ruta del protagonista, los intérpretes se sumergen certeramente en esta historia de poder sobre la que actúan tanto fuerzas divinas como sobrenaturales.

En dos horas y media, Laura Almela y Daniel Giménez Cacho abarcan el universo que Shakespeare traslada al teatro, a partir de la Crónica de Holinshed sobre la historia de Escocia, en la que ser rebelde equivale al pecado de brujería, en un contexto en el que se cuestionaba la legitimidad de la sucesión y los principios religiosos.

Los cortinajes a espaldas del espectador son los pliegues de la cueva, las ramas, el rumor del bosque agitado intensamente por el viento y por personajes que corren, se deslizan, mueven los pliegues que dejan escapar aleteos y alguna voz de las representantes de las fuerzas del mal, emisoras de la fatal profecía y hacedoras de maleficios.

Despojados de dagas, armaduras, joyas, capas, anillos y terciopelo, los personajes visten pantalón oscuro –vaquero para él y de gabardina para ella–, con camisa de algodón, manga larga y botonadura al frente, en negro y gris, respectivamente. Este Macbeth y esta Lady Macbeth usan zapatos de piel con suela de goma y destejen su ambición sobre el mismo suelo que pisan quienes los miran, como si el deseo de poseer una corona tuviera igual significado para todos los allí presentes.

En un montaje en el que no hay prácticamente nada artificial sobre el escenario, se abre la posibilidad de crear el todo mediante un arduo trabajo de reescritura sintética, de asimilación, de actuación, de sonidos y de luz. El espectador tiene la oportunidad de hacer su parte en la creación eficaz de lo que no está físicamente ahí y de involucrarse en un riguroso juego, en el que un jinete al galope puede ser un actor con sus piernas en movimiento y su torso erguido y también uno de los esposos Macbeth, o su mayor oponente, Macduff, o un humilde sirviente, sin menoscabo del anterior.

La tragedia de Macbeth es una propuesta sin director que el dueto de intérpretes dedica a sus maestros Juan José Gurrola y Ludwik Margules.

La puesta en escena –fuera de la utilización de un muñeco de látex, que se vuelve más un obstáculo que un apoyo– resulta un valioso homenaje a quienes, como Gurrola, apostaron por la confabulación, por la sustancia del sueño y, como Margules, partieron del rigor, el análisis, el dolor y el abismo propio.

Laura Almela y Daniel Giménez Cacho entregan a un Macbeth humano, con sus pantalones raídos, preso de una profunda guerra interna, ansioso de títulos, poder y reconocimientos; dominado por su esposa-madre y envuelto en una atmósfera de incertidumbre acerca del rumbo y la integridad de su país, arrastrado –como él– hacia la destrucción.