FICHA TÉCNICA



Título obra Almacenados

Autoría David Desola

Dirección Fernando Bonilla

Notas de dirección Ana María Benítez / asistencia de dirección

Elenco Héctor Bonilla, Roberto Sosa

Iluminación Alberto Lomnitz

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Notas de productores Sofía Álvarez /producción general; Gabriela Zapata / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “La vida que dilapidamos”, en Laberinto, núm. 471, supl. de Milenio, 23 junio 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La vida que dilapidamos

Alegría Martínez

Almacenados puede muy bien recordarnos a Esperando a Godot de Samuel Beckett, con la diferencia de que en la presente obra del español David Desola uno de los personajes conoce un secreto que el otro ignora y aun así transita por el camino de costumbre en absoluta fidelidad a lo que acepta como destino.

La virtud agregada a este montaje, que vuelve al Foro Shakespeare seis años después de haberse estrenado en el teatro Helénico con Héctor Bonilla y Sergio Bonilla como intérpretes y con Esteban Roel como director, consiste en que ambos actores están ahora bajo la dirección de Fernando Bonilla, quien actualiza la obra mediante una buena adaptación en detalles que aluden a esta época. Mientras, en confabulación con los actores, el juego escénico adquiere mayor agilidad y cada uno de ellos da buena muestra de cómo ha asimilado la obra y crecido artísticamente.

Dos familias artísticas se hallan involucradas en esta puesta en escena, la Bonilla Álvarez y la de Roberto Sosa –padre e hijo–, que alternan funciones, según la agenda de cada una, lo que abre las expectativas en cuanto a la oportunidad de apreciar la calidad interpretativa de ambas.

Así fue como en lugar de observar a Héctor y a Sergio, casi idénticos –a no ser por la edad–, se abrió la posibilidad de ver al joven director en el rol del nuevo trabajador que arriba a su primer empleo, cuando el viejo –que le dejará el puesto– está a cinco días de jubilarse, tras 29 años de laborar en una empresa de mástiles y asta banderas.

Un galerón convertido en bodega. Un reloj checador y el altar de la Guadalupana enmarcada por foquitos navideños se encuentran a cada extremo. La inmensidad esparce hasta las butacas la sensación de un vacío infinito.

La agresividad del empleado mayor, que explica las reglas de trabajo al joven invadido de dudas, equivale a una serie de explosiones cortas y continuas que se intercalan entre el silencio y la espera. El tiempo parece volverse nata en esa bodega abierta a recibir una mercancía que nunca llega. Hasta ahí, la rutina, los horarios, la obediencia que por casi 30 años han estructurado la existencia del viejo señor Lino, se ven vulneradas por la llegada de un sustituto –paradójicamente, de nombre Nin–, dispuesto a aprender, a esperar, a guardar silencio, pero también a cuestionar, a proponer que haya más de una silla, aunque sus iniciativas se diluyan en el círculo del conformismo.

Trágica y a la vez con humor, Almacenados plantea un panorama de terror en el cual el trabajo se vuelve lo único que toma espacio en nuestra vida, mientras nos aleja cada vez más de lo que somos para dejar un despojo vil de lo que alguna vez fuimos.

La inflexión que da a sus palabras el viejo, proveniente del talento y la habilidad que posee Héctor Bonilla para dotar de significado sarcástico, peyorativo, autoritario, conciliador o despótico a su personaje carcomido por la sumisión, enriquece a este abandonado de sí mismo y da la pauta al joven Fernando para que como director y, en este caso, como actor, reaccione a la altura de las increpaciones.

La despreocupación e indiferencia del joven Nin, que se transforma lo necesario para solidarizarse por momentos con su colega hasta quedar ambos unidos durante segundos y retomar la postura del que no arriesga, es la bofetada que propina el dramaturgo desde la reflexión sobre la naturaleza degradante de algunos mecanismos laborales.

La puesta en escena adquiere aire fresco bajo la dirección de Fernando Bonilla, quien como actor le añade, además, un toque de ternura y distintos matices de ingenuidad al personaje de Nin que, por un instante, nos hace pensar en las posibilidades de cambiar el rumbo.

Almacenados ocurre en tiempo real, en una época que es la de hoy desde hace mucho tiempo, donde los minutos se desperdician como gotas de agua que se estrellan contra el piso, donde la esperanza se restringe a un mínimo de seguridad que nada aporta a la vida propia, que se escurre hueca sin que siquiera intentemos remediarlo.

La interpretación de los actores, el trabajo del director, la iluminación de Alberto Lomnitz que nos lanza a un paraje de luz fría, donde nada puede cobijarnos, la producción general de Sofía Álvarez –que cuida al detalle la presencia de cada objeto inserto en la mecánica de los desvencijados–, con producción ejecutiva de Gabriela Zapata y asistencia de dirección de Ana María Benítez, hacen de Almacenados una experiencia agridulce y perdurable.

La obra del dramaturgo ganador del Premio Lope de Vega, del galardón Hermanos Machado y del Marqués de Bradomín, entre muchos otros, que ha sido llevada a escena por distintos teatros de Europa, encuentra en esta propuesta familiar y mexicana una versión que permanecerá en la memoria emotiva y plástica de quien se acerque a verla con la paciencia y la humildad que solicita una obra sobre el tiempo y la vida que dilapidamos.