FICHA TÉCNICA



Título obra El náufrago

Notas de Título Fragmentos de la obra de Marguerite Duras, Fernando Savater y Harif Ovalle

Notas de autoría Harif Ovalle / adaptación

Dirección Harif Ovalle y Gabriela Pérez Negrete

Notas de dirección Damián Cordero / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Compañía Teatro que Danza

Elenco Gabriela Pérez Negrete, Harif Ovalle, Bertha Vega, Ángel Lara

Escenografía Jorge Kuri Neumann

Música Estela Fagoaga

Notas de Música Xicoténcatl Reyes / diseño de audio

Notas de vestuario Monserrat Mejía / asistencia de vestuario

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Notas de productores Pablo Silva / asistencia de producción

Referencia Alegría Martínez, “Ulises contemporáneo”, en Laberinto, núm. 469, supl. de Milenio, 9 junio 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Ulises contemporáneo

Alegría Martínez

Fragmentos de la obra de Marguerite Duras, Fernando Savater y Harif Ovalle conforman El náufrago, puesta en escena en la cual las palabras, el mar y la ausencia son el punto de partida y llegada de personajes que emergen del abandono transformados por su circunstancia.

Dos actores y dos actrices evocan la partida de un hombre, los estragos que este acto deja en su hijo y esposa, la reacción que él tiene a su vuelta y la respuesta de una psicoterapeuta que se torna frágil ante su paciente.

A cargo de la Compañía Teatro que Danza, el montaje en el que Harif Ovalle escribe, actúa y codirige con Gabriela Pérez Negrete –quien también es intérprete– es un trabajo en el que los personajes hablan esencialmente entre sí, exponen su situación pasada, su presente y el atisbo de lo que esperan sea su futuro, sin necesidad de mayor elemento escenográfico que un rígido telón de fondo diseñado por Jorge Kuri Neuman que evoca la profundidad del mar y cuyo movimiento casi imperceptible hace que los personajes –que inician alineados en diagonal, de espaldas al espectador– terminen de cara al público a unos pasos del proscenio.

El hombre que años atrás se hizo a la mar y vuelve a su país –cuando lo han declarado muerto– con la idea fija de recobrar lo que piensa le pertenece, se encuentra con un hijo y una esposa que han dejado de ser parte de su vida sin que él esté dispuesto a comprender lo que en ellos ha generado la distancia y el tiempo.

Este Ulises contemporáneo, despojado de la piel heroica que posee el personaje griego de La Odisea y poseedor de una soberbia que lo enceguece, habla en lenguaje poético a un hijo que no comparte sus ideales políticos ni sus ansias de gobernar, a una esposa que se ha despojado del espíritu de Penélope, y a una psicoterapeuta que señala deudas de conciencia a quien quiere ser inmortal.

Como si los personajes fueran parte de un mar que los transforma y determina, que los succiona o arroja a un acantilado para luego recoger sus despojos y articular sus piezas internas para devolverlos a la playa una vez más, el hijo, la madre y el padre remiten a la marea de nuestros agobios actuales, ante el silencio, la espera, la necesidad de unas palabras, una señal o una explicación que jamás llega.

Como si la salvación fueran las estrellas y la espera hasta la aparición de una certeza, los personajes, víctimas de abandono, buscan su ruta más allá de lo que propone el destino.

El náufrago tiene el valor de las palabras bien elegidas, la posibilidad de contar una historia similar a la griega con un giro cercano y la inclusión de un personaje que se ha vuelto clave en la vida de infinidad de personas: la terapeuta-coro que en este caso señala, cuestiona, subraya e intenta formar parte del desenlace.

Gabriela Pérez Negrete, Harif Ovalle, Bertha Vega y Ángel Lara, integrantes de la Compañía Teatro que Danza, se dedican a adueñarse de las palabras, a indagar en su alcance, a pronunciarlas de forma que el espectador pueda comprenderlas y sopesarlas y disfrutarlas, por dolorosas o exorbitantes que resulten.

Los actores, que sin necesidad de mobiliario, proyecciones o elementos de utilería traen a la escena imágenes de un dique, una embarcación que se aleja hasta borrarse en el horizonte, o de un niño que atesora y se aferra a la constelación de Aries, comparten lo que vivieron y lo que pasa por la vida de sus personajes a través de la memoria que de ellos se han construido.

Así es como madre e hijo en evolución, padre y terapeuta en involución, forman parte de ese océano que ha dejado marcas de un proceso en apariencia estático en el desamparo, pero que nunca ha dejado de continuar su propia ruta.

El diseño de audio de Xicoténcatl Reyes resulta imprescindible para esta sumersión en el sonido de las olas que rompen o en el musitar insondable del océano.

El vestuario de Estela Fagoaga –azul para madre y padre, como si el mar fuera parte de su vestimenta, con una línea naranja a la espalda, cual límite que se ha excedido; blanco para la terapeuta y gris-negro para el hijo que parece portar un chaleco salvavidas– cierra el círculo coherente de este montaje que cuenta con la asistencia de dirección de Damián Cordero, de producción de Pablo Silva y de vestuario de Monserrat Mejía.

El náufrago es una iniciativa de teatro joven, que apuesta por la palabra y la actuación, que elige los elementos indispensables para expresar lo que necesita decir y acude a los miembros de la compañía tanto para la escritura como para la dirección de escena y la actuación.

Se trata de un trabajo limpio, que cumple con sus objetivos y que se disfruta. Sin embargo, convendría que el grupo evaluara la necesidad de una mirada externa en cuanto a estructura dramática y dirección, de modo que alguien menos involucrado con el proyecto, o un miembro del mismo equipo que sólo cumpla con una labor, pueda detectar y solventar detalles que –a partir de lo logrado– consigan afinar aún más el trabajo realizado.