FICHA TÉCNICA



Título obra Labrynthos

Autoría Dramaturgia colectiva

Notas de autoría Luis Mario Moncada / asesoría; Edith Ibarra / colaboración

Dirección Rocío Carrillo

Elenco Ulises Basurto, Leticia Garza, Carlos Guízar, Maricarmen Graue, Alejandro Juárez-Carrejo, Ernesto Lecuona, Sabina Marentes, Ulises Martínez M., Jonathan Ramos, Pablo Sierra

Notas de escenografía Juan Manuel Marentes / diseño de ambientación y esculturas

Música Betsy Pecanins

Notas de Música Jaime López / letras

Espacios teatrales Galería Helen Escobedo

Referencia Alegría Martínez, “Pesadilla múltiple”, en Laberinto, núm. 467, supl. de Milenio, 26 mayo 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Pesadilla múltiple

Alegría Martínez

En un laberinto con dieciséis paradas se vinculan el bien y el mal hasta dejar al descubierto las contradicciones humanas. Un recorrido por los mitos griegos, que parte del Minotauro y transita hacia la modernidad, interna al espectador hasta un espacio donde convive con la dualidad de Ariadna y lo espera el propio Dédalo, constructor del misterioso espacio, habitado también por un monje, un agente del FBI, un médico, un cantante, el Tío Sam, soldados y los reyes de un ajedrez viviente con todo y torre negra.

Labrynthos es el título de esta obra interdisciplinaria que dirige Rocío Carrillo en la que convergen dramaturgia, actuación, música en vivo, escultura, video y fotografía; expresiones que se ciernen sobre un reducido público de veinte personas quienes, como en una visita guiada, siguen al personaje que les indica en silencio el camino por donde continúa esta especie de viaje por el laberinto propio y el de los personajes.

La experiencia se asemeja a la de ser parte de una pesadilla múltiple: se mezclan los símbolos griegos, los recuerdos que cada quien pudiera tener de Alicia en el país de las maravillas y de las décadas de 1940 y 1960, aderezada con las notas de Hapiness is a warm gun de los Beatles, Only you en versión de Los Platters, música original de Betsy Pecanins y letras de Jaime López.

Las acciones de la obra, los inevitables rompimientos que se crean al avanzar por el laberinto creado en la galería Helen Escobedo del Museo del Chopo, la posibilidad de caminar, sentarse y mirar de pie las escenas, de ver el rostro y las reacciones del espectador de al lado –que puede taparse los ojos o mirar al piso mientras a un metro de distancia sigue su curso una escena erótica entre Asterión y Dánae– generan una experiencia artística diferente. Personajes y objetos cobran un mayor significado que cuando se encuentran a la distancia sobre el escenario.

La celda de un monje, un quirófano con fetos de barro y órganos expuestos en vitrinas, la telaraña formada por la soga de una Ariadna que toca el violoncello mientras su parte oscura susurra y acecha, la estancia verde de una casa que se atisba a través de un rectángulo abierto en la pared, la frontera con Estados Unidos en un video que mezcla personajes reales con paisajes de juego virtual, el laboratorio del FBI y el tablero de ajedrez como un territorio de posibilidades, estrategias y enfrentamientos, son elementos de los que participan juntos observadores y protagonistas.

Alas metálicas de mecano para un soldado muerto, casco con pantalla exclusiva para los ojos de quien lo usa, armas, detonaciones, imágenes alteradas, una televisión encendida sin imágenes y los cuernos de un Asterión cuya presencia deja una estela de inquietud a lo largo del laberinto, son parte del cúmulo de elementos que apuntalan esta visita al pasado y a un presente en continua transformación.

La creación dramatúrgica colectiva en la que colaboró Edith Ibarra, con la asesoría de Luis Mario Moncada, conforma un concierto de expresiones visuales y sonoras. La estridencia y la diversidad de tonos generan una simbiosis que permea el espectáculo, en contrapunto constante. Ulises Basurto, Leticia Garza, Carlos Guízar, Maricarmen Graue –al violoncello–, Alejandro Juárez-Carrejo, Ernesto Lecuona, Sabina Marentes, Ulises Martínez M., Jonathan Ramos y Pablo Sierra –de voz diáfana– interpretan a los personajes.

La naturaleza de la propuesta de instalación escénica exige de los actores no sólo la interpretación de su personaje sino la conducción del espectador, mientras interactúan con él, así como el cuidado del buen curso del recorrido, al tiempo en que entran y salen de la ficción que deben crear y, a ratos, establecen contacto visual directo con el público, por lo que dos o tres no acaban de ser totalmente dueños de su circunstancia. Sin embargo, el objetivo se consigue.

El tránsito por los accidentes geográficos, teológicos, políticos, cotidianos y de ensoñación de este Labrynthos que parte de la idea original de Rocío Carrillo, y cuenta con el diseño de ambientación y esculturas de Juan Manuel Marentes, expone al espectador a un bombardeo de estímulos que lo impulsan a internarse en mayores honduras.

Las imágenes y acciones –virtuales, en combinación con tiempo y personajes reales–, la sucesión de escenas y el cúmulo de elementos siembran evocaciones. Antes de irse, los espectadores se verán rodeados por dieciséis puertas cerradas al interior de un tablero de ajedrez, en compañía de los personajes que los conducirán de nuevo a un exterior que encontrarán distinto, sin que éste haya sufrido modificación alguna.