FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de un viajante

Autoría Arthur Miller

Dirección José María Mantilla

Elenco José Elías Moreno, Silvia Mariscal, Talía Marcela, Osvaldo de León, Guiseppe Gamba, Rodrigo Livago, Miguel Conde, Talía Marcela, Mayté Juárez Diez, Emilio Guerrero, Julián Pastor, Héctor Kotsifakis, Raúl Morquecho

Escenografía Arturo Nava

Notas de Música Pedro de Tavira / diseño sonoro

Vestuario Lissete Barrios

Espacios teatrales Foro Cultural Chapultepec

Notas de productores Sebastián Sánchez Amunátegui / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “En una casa hipotecada”, en Laberinto, núm. 464, supl. de Milenio, 5 mayo 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

En una casa hipotecada

Alegría Martínez

Ver en escena La muerte de un viajante de Arthur Miller nos da la oportunidad de acudir de nueva cuenta a un gran texto dramático escrito en 1949, ganador del Premio Pulitzer, que estuvo seis años continuos en la cartelera neoyorquina bajo la dirección de Elia Kazan y que fue trasladado al cine por el director alemán Volker Schlöndorff, protagonizado por Dustin Hoffman y John Malkovich.

Con un elenco heterogéneo en el que participan actores de muy diversas formaciones, el director José María Mantilla lleva a escena esta obra sobre una familia estadunidense de clase media que vive de los sueños, el anhelo de reconocimiento, el deseo de estatus y las regalías ficticias que da la apariencia, envuelta en una incomunicación que arrincona a cada uno de sus miembros en una casa hipotecada.

Delineados con perfección, los personajes, que oscilan entre lo que buscan y lo que nunca hacen para conseguirlo, son un reflejo de lo que se ha enquistado en una parte de nuestra sociedad sin que más de 60 años hayan operado un cambio de fondo.

La mentira en la que vive la pareja que encabeza a la familia Loman (ella consiente y apuntala la actitud errónea de un padre iracundo, agotado y solapador que propaga en sus hijos una ansiedad de grandeza sin ética, principios ni compromiso) se va tragando al núcleo familiar completo. Uno de los hijos se ha vuelto un mujeriego y el otro, a su pesar, es un derrotado.

José María Mantilla, quien decidió eliminar a tres personajes femeninos –dos de cierta relevancia y uno menor–, realiza algunos cortes a la obra con la esperanza de que el espectador, educado en la imaginación cinematográfica, realice la elipsis correspondiente.

Es cierto que eliminar al personaje de la secretaria del mejor amigo de Loman, Jenny, no trae mayor consecuencia que la de no enterar al espectador de que el único amigo que posee el protagonista se enoja cada vez que éste lo visita en su oficina. Sin embargo, el segundo corte, que elimina la aparición de dos personajes femeninos en la única cena que tienen hijos y padre, conduce a que no quede suficientemente clara la explosión de rabia de la madre, lo que detona la decisión final del padre y el contundente cierre de la historia.

La puesta en escena cumple al contar la historia de una familia enclavada en el fracaso. Sin embargo, al tratarse de un texto que exige precisión absoluta, como si se tratara de la partitura de un gran concierto, hay fragmentos que no pueden suplirse sólo con palabras. Un elemento como las rosas que la madre arroja a los pies de su hijo menor –porque hasta ese momento el autor nos ha conducido por todos los acontecimientos mediante flashbacks–, nos permitían ver todo lo que había sucedido, de modo que pudiéramos enterarnos del tamaño de la acción y sus consecuencias.

Construido también de forma que el espectador pueda escuchar y ver las alucinaciones y los recuerdos del padre, Willly Loman, quien es visitado por su hermano muerto, que disfrutó de riquezas en vida, el texto exige un cuidado excesivo en cada uno de los lenguajes que intervienen en la puesta en escena, difícil de lograr.

La producción ejecutiva de Sebastián Sánchez Amunátegui es de calidad y reúne el trabajo de creadores como Arturo Nava, quien diseña una escenografía compleja y funcional de varios niveles, que permite ver el interior y el patio de la casa que abre paso también al espacio del restaurante y el cuarto de hotel.

El diseño de vestuario de Lissete Barrios, apegado a la época en que se desarrolla la obra, cercana a la década de 1950, visible sobre todo en los vestidos de la madre, así como el diseño sonoro de Pedro de Tavira, quien retoma la solicitud del dramaturgo que requiere la presencia de una “flauta tenue y delicada que evoque hierba, árboles y el horizonte”, introducen acertadamente al público en el ambiente de una obra considerada por muchos un “ataque al sueño americano”.

Con un elenco conformado –sin que se anuncien con antelación los posibles alternantes–, por José Elías Moreno, Silvia Mariscal –que fue suplida por Talía Marcela–, Osvaldo de León, Guiseppe Gamba –suplido por Rodrigo Livago–, Miguel Conde, Talía Marcela –suplida por Mayté Juárez Diez–, Emilio Guerrero, Julián Pastor, Héctor Kotsifakis y Raúl Morquecho, el montaje requiere un ajuste que equilibre el tono, la precisión de las reacciones que deben evitar adelantarse a los hechos clave y la homologación de los lenguajes actorales que desajustan el resultado, al estar algunos actores plenamente en personaje, como Kotsifakis, Moreno, Conde, Pastor y Guerrero, inmersos en su circunstancia y conscientes de ésta, mientras otros personajes sufren la desconcentración, falta de experiencia y tropiezos de algunos de sus intérpretes.