FICHA TÉCNICA



Título obra Tom en la granja

Autoría Michel Marc Bouchard

Dirección Boris Schöeman

Notas de dirección Anabel Caballero / asistencia general; Julio César Bautista / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Los endebles

Elenco Pedro de Tavira Egurrola, Leonardo Ortizgris, Verónica Langer, Alaciel Molas

Escenografía Jorge Ballina

Notas de escenografía Laura Frieyro / asistencia de escenografía

Iluminación Fernando Flores Trejo

Coreografía Julio César Bautista

Notas de Música Rodrigo Espinoza Lozano / musicalización

Vestuario Cordelia Dvórak

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Alegría Martínez, “Decantar la desdicha”, en Laberinto, núm. 462, supl. de Milenio, 21 abril 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Decantar la desdicha

Alegría Martínez

Tom en la granja encara al espectador con el misterio que envuelve a la biografía de esa persona amada a quien creemos conocer; alguien de quien guardamos fragmentos de recuerdos, experiencias que apenas conforman una mínima parte de su vida enlazada con la nuestra en una de sus esquinas, que abrazamos como si fuera el todo.

Paja, madera, mugidos, ladridos y ecos de rumba acompañan a esta obra escrita por el dramaturgo quebequense Michel Marc Bouchard y llevada a escena por Boris Schöeman, quien del autor ha montado de igual modo Los endebles –como también se titula la compañía que dirige– y El camino de los pasos peligrosos. Shöeman acepta con valentía el reto que plantea el montaje de Tom en la granja, en la que el amante de un joven que ha muerto acude a casa de los otros deudos –madre y hermano– para descubrir que su pareja nunca lo ha mencionado: su suegra espera la llegada de la idílica mujer de su hijo.

En un pequeño espacio, construido con tablones de madera oscura, Jorge Ballina propone soluciones escenográficas –pequeño, estético y funcional formato– que abren la posibilidad de transformar un comedor en una habitación con cama, un establo, una estancia, las afueras de la granja y un granero donde la densidad fluye con naturalidad en toda su dimensión trágica. Las acciones se suceden así con sólo bajar o subir maderos, abrir o desplazar cajones...

Mediante elementos indispensables –un cuchillo, un escurrimiento de mantequilla, una ensaladera, una pala, una soga, dos vendas y algunas prendas de vestir extra, de forma que el espectador dirija su atención al significado de estos objetos clave y a lo que dicen y hacen los personajes–, Schöeman expone nítidamente el sórdido mundo al que entra una persona desposeída de su pareja y expulsada del mínimo consuelo que le procurarían la comprensión y el abrazo de una familia que no es la suya porque ignora la homosexualidad de su hijo y hermano.

El joven y desalentado Tom, interpretado por Pedro de Tavira Egurrola, está en escena como un deyecto de la desdicha, desde una silla y dentro de una casa desconocida, mientras articula un diálogo interno que expresa en voz alta en el que una parte de sí le comenta a la otra lo que piensa, percibe, rechaza. El actor se encuentra frente al inmenso reto que para su personaje implica sentirse viudo sin que alguien pueda acogerlo. Con recuerdos inventados y palabras piadosas, quiere aminorar el dolor de la madre; además, debe resistir la presión física y psicológica a la cual lo somete el hermano. De Tavira Egurrola responde a la altura de la exigencia que requiere un papel de esta naturaleza: la menor distracción o coqueteo con la frivolidad puede echar abajo el proceso de transformación que conduce a Tom hacia un final desastroso.

Leonardo Ortizgris interpreta a Francis, el hermano, que se erige en guardián de la ignorancia de su madre, a quien desea preservar de toda verdad que pueda causarle una congoja mayor de la que ya padece. Lo hemos visto en obras como Príncipe y príncipe y Un campo, y juega equilibradamente con la dualidad de un personaje capaz de acciones deplorables que lo conducen al aislamiento y la tristeza, como si su existencia estuviera asida, desde un inicio, a una cadena de acciones ininterrumpidas con el propósito de preservar una paz aparente mediante violencias soterradas.

La madre, encarnada por Verónica Langer, es un personaje conmovedor, envuelto en una súplica silenciosa. Enganchada a una desesperación que se transforma en ruego, descubre a unos hijos que deseaba distintos a los que la muerte revela.

Homogéneos, vinculados por la añoranza y por el hallazgo de secretos reveladores, los tres personajes se ven involucrados en un cambio de suerte ante la llegada de un cuarto personaje que incide en su destino, interpretado por Alaciel Molas, cuyo trabajo requiere afinación y pulimento en aras de la pureza actoral.

Al montaje se suma la detonante musicalización de Rodrigo Espinoza Lozano; el diseño de iluminación de Fernando Flores Trejo, complejo y atinado en la estricta delimitación de espacios; el diseño de vestuario de Cordelia Dvórak, acorde con los personaje que habitan un lugar alejado del mundo hasta donde la moda llega en las pocas prendas que portan dos habitantes de ciudad; así como la asistencia general de Anabel Caballero, la asistencia de dirección y coreografía de Julio César Bautista y la asistencia de escenografía de Laura Frieyro.