FICHA TÉCNICA



Título obra Hanjo, la mujer del abanico

Notas de Título A partir de textos de Yukio Mishima, Motokiyu Zeami, Chuya Nakahara y Shiro Murano

Dirección Raquel Araujo

Notas de dirección Fernanda Hernández / asistencia

Elenco Raquel Araujo, Roberto Franco, Tomás Gómez, Eglé Mendiburu

Música Gustavo Flores

Vestuario Raquel Araujo

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Notas de productores Óscar Urrutia Lazo / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “En un jardín zen”, en Laberinto, núm. 460, supl. de Milenio, 7 abril 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

En un jardín zen

Alegría Martínez

Trasladar el paso del tiempo al escenario, donde la esperanza es poesía del paisaje, palabras y movimientos sobre surcos de arena, al pie de un río estático de tela blanca, entre sonidos que nacen y se aposentan ahí, donde una mujer en el cuerpo de un hombre decide quedarse a esperar como motivo único de su existencia. Hanjo, la mujer del abanico es el título de la puesta en escena que dirige y actúa Raquel Araujo, en versión de su grupo La Rendija, creado en 1988 en la Ciudad de México y que a partir de 2002 reside en Yucatán.

Articulado a partir de textos de Yukio Mishima, Motokiyu Zeami, Chuya Nakahara y Shiro Murano, este montaje nos adentra mágicamente en un jardín japonés en el que montículos de arena, pequeños valles, círculos, surcos, agua, velas, vasijas, telas y papel, dan textura de belleza trágica a la historia de Hanako y Jitsuko, seres visitados por los reflejos, por el espectro de lo que una desea y el otro teme.

Sobre la mitad del escenario, el grupo genera un universo propio en el que una ventana proyecta siluetas, sombras dentro de un paisaje en el que se expanden los minutos ante la mirada de unos espectadores que son contenidos por ese espacio, a pocos centímetros de unos actores que poseen la virtud de crear una atmósfera que cobija a todos.

Roberto Franco es Hanako, quien enloquece esperando a su amado Yoshio. El actor, semidesnudo, con una prenda que cubre apenas su sexo y con la cabeza rapada, interpreta, desde el movimiento y la voz, la pureza de quien resiste, del que ha entrado al círculo concéntrico de su deseo para no desfallecer, aunque cada día vea sólo rostros muertos.

Raquel Araujo es Jitsuko, la que se sabe no amada pero es poseedora del alma que espera serlo, mientras así se conserve. Guardiana de una piedad que la sostiene, su personaje provee a Hanako de los cuidados y la atención necesarios para evitarle lo que siempre ha deseado.

La actriz, directora y maestra, que con este montaje hace constar su crecimiento y madurez como artista de la escena, construye cada centímetro de un personaje contradictorio que ha ganado a su vez, mediante su propia trayectoria, esa paz endeble que preserva al inocente: por fuera diáfano y tenso en su interior ante la posibilidad de perder lo que ha conseguido.

Con su traje púrpura y sus pies descalzos, Jitsuko avanza con paso firme y lento sobre rectángulos de madera que sus pies hacen girar para posarse encima. Su voz y sus atenciones acompañan al desasosegado, al huésped en la indefensión de quien no puede moverse más allá de un perímetro estrecho, por si acaso aparece el ausente.

Metáfora de un ritual antiguo que repetimos incesantemente, Hanjo, la mujer del abanico nos ubica en el no tiempo para percibir su paso, en un lugar que puede ser todos o ninguno, hasta que la mirada asciende a un segundo plano, donde Yoshio, interpretado por Tomás Gómez, se mueve distinto, se desplaza, se expresa a un ritmo distante al de Hanako, como parte de una realidad más cercana, de una cotidianeidad conocida, que ha dejado de ser la de ella, poseedora de una dualidad que le permite ser también, aunque en lo externo, un él.

La paradoja de la espera, que de pronto ha sustraído la posibilidad de reconocer, de mirar fuera de sí; la evocación de lo que un objeto aún conserva, como el fósil de lo que le adjudicamos un día; la cadena de atenciones que marginan sin dejar rastro; la nostalgia de lo que no volverá, se funden ahí, en la arena que deja hundir los pasos en su suavidad, la misma que cae en un chorro esbelto como un recordatorio incesante del tiempo.

Hanjo, la mujer del abanico es Eglé Mendiburu que mientras camina con paso lento parece traducir lo que acontece a Hanako, a Jitsuko y a Yoshio, desde su propio laberinto, que más tarde trazará con un dedo sobre una mesa enana, como si sus yemas tuvieran fuego.

La obra, que abreva del teatro noh modernizado por Mishima, procedente del texto escrito por Motokiyu Zeami entre 1383 y 1443 sobre esta mujer cuya historia se inspira en otra obra escrita en el año 32 antes de Cristo, conserva la belleza de las palabras y la esencia de unos personajes que hoy nos adhieren a su pesar, a su esperanza y a su solidez interior conformada por un dolor hecho piedra.

Con un vestuario casi etéreo, de fibras ligeras y colores tenues en contraste con el morado brillante de Hanako y Jitsuko, diseñado por Araujo, esta producción de Óscar Urrutia Lazo cuenta con la asistencia de Fernanda Hernández y música original de Gustavo Flores, quien elabora un viaje corto e intenso a un espacio de imágenes contundentes, generadoras de un caudal propio y paralelo.

“Mover diez centímetros el espíritu y siete el cuerpo”, decía Zeami. Es la premisa que La Rendija consigue al nutrir cada giro, cada palabra, cada desplazamiento sobre un terreno que parece engullir los pasos de quienes lo horadan, envueltos en los sonidos que gestan también la huella de una sonoridad constante, que es presencia de lo que acontece.