FICHA TÉCNICA



Título obra Más pequeños que el Guggenheim

Autoría Alejandro Ricaño

Dirección Alejandro Ricaño

Notas de dirección Álvaro Zúñiga / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Los Guggenheim, La Talacha Teatro, Los Tristes Tigres y Embalaje Teatral

Elenco Miguel Corral, Hamlet Ramírez, Austin Morgan, Adrián Vázquez

Escenografía Juan Carlos Macías

Notas de escenografía Karina Eguía Lozada / realización de botarga y asistencia técnica

Iluminación Eduardo Mier

Coreografía Argelia Arreola

Vestuario Los Guggenheim

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Notas de productores Austin Morgan / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Grandeza en la pequeñez”, en Laberinto, núm. 458, supl. de Milenio, 24 marzo 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Grandeza en la pequeñez

Alegría Martínez

¿En sí, de qué trata la obra?, pregunta un personaje en Más pequeños que el Guggenheim, y los espectadores estallan a carcajadas porque lo hace precisamente él –un ser ajeno al teatro que quiere formar parte de una obra– y porque trata de un tema complejo y difícil de abordar: el infortunio, el fracaso, la ilusión hecha añicos, pero esencialmente del sentimiento de amistad que siempre puede retomarse por más agujeros que tenga.

Es una obra que disfrutan a rabiar quienes quieren ser, han sido, son o pensaron convertirse en teatreros algún día de su vida, pero también gozan –y de seguro por momentos padecen– quienes nada tienen que ver con esa comunidad.

Apta para el espectador abierto a una realidad aplastante llena de decepciones, palabrotas, discriminación abierta y despropósitos –como la vida misma–, la obra, cobijada por un humor fresco y burdo, expone parte de la fantasía que arrastra a muchos aspirantes de la escena hacia el continente europeo, como si el sólo pisar su suelo fuera la gran meta e implicara una automática cobertura de gloria.

Producida por un colectivo teatral formado por las compañías independientes de Xalapa –Los Guggenheim, La Talacha Teatro, Los Tristes Tigres y Embalaje Teatral–, esta pieza, escrita por Alejandro Ricaño, es una probada agridulce de lo que le sucede a un dramaturgo y a un actor, amigos que intentan hacer una obra con dos jóvenes sin experiencia actoral para completar el elenco.

Puestos a sí mismos bajo la lente de aumento del escenario, los personajes adquieren a la vez una mayor dimensión trágica y cómica al plantear sus motivaciones para emprender el viaje, y los obstáculos que debieron sortear antes de partir y lo que debieron hacer más tarde para dejarlos atrás.

La llegada a Europa y el regreso a México dicho a varias voces, entre acciones, rápidos movimientos, cambios de ritmo y hasta mínimas coreografías, articula la historia de esos cuatro seres humanos que buscan cumplir su sueño, que va tomando forma a medida que tratan de retomar lo ocurrido –diez años después del fracaso y la distancia– para hacer una obra de teatro inspirada en su historia.

Cada uno carga una historia trágica –o al menos oculta–. El albino, por ejemplo, tiene la esperanza puesta en actuar y la perseverancia del que fue arrojado al mundo, por lo que la ilusión es su única posesión vital. De ahí que un mínimo gesto de satisfacción por parte del personaje, nutrido por Miguel Corral, resuma bellamente su universo de desposeído. Jam, el cajero de un mini-súper que sueña con ser actor, interpretado por Hamlet Ramírez, propone sobre el escenario a un rechazado del teatro que escupe su nombre hacia dentro de ese círculo en el que parece que sólo hay cabida para los superdotados, los que pueden exponer claramente la inmensidad de la carencia humana. Austin Morgan es Gorka, el dramaturgo que trabaja en el área de shampoo de un Walmart, dispuesto a escribir y reescribir sin cesar una obra en la que todos quieren ser lo que no son y acaban exponiéndose sin piedad. Sunday, el actor, es interpretado por Adrián Vázquez. Bajo la piel de un macho entrón y emprendedor esconde una inmensa solidaridad y un peso del que sólo a ratos puede despojarse.

Sencilla en su trazo, compleja en contenido y estructura, Más pequeños que el Guggenheim encierra humor desde el propio nombre de los personajes, y nos recuerda lo que implica perseguir un sueño. Al tiempo en que nos abofetea con una realidad que nos hostiga, es también un homenaje al teatro, a la amistad, a la posibilidad de incrustarnos ahí donde queremos estar, por más que esto se nos resista.

La obra de Ricaño, director y dramaturgo –también ganador del Premio Bellas Artes Mexicali por su obra El amor de las luciérnagas–, conjunta el milagro que pide la escena: un buen texto con diálogos francos, una dirección ágil y coherente y la actuación de un buen equipo que se entrega a lo que le importa decir en su momento, dentro de un contexto en el que las becas son el espejismo inalcanzable, y la posibilidad de hacer teatro, o de expresarse, requiere mucho más que la voluntad.

Con la asistencia de Álvaro Zúñiga, asistencia en el proceso de Yoruba Romero, iluminación de Eduardo Mier, coreografía de Argelia Arreola, diseño y construcción de mobiliario de Juan Carlos Macías, vestuario de Los Guggenheim, producción ejecutiva de Austin Morgan, diseño de cartel de Copo diseño y realización de botarga y asistencia técnica de Karina Eguía Lozada, el montaje es una muestra de la cohesión de talento y trabajo.

Más pequeños que el Guggenheim, obra galardonada con el Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido 2008, es un trabajo que hay que ver, una apuesta valiente y honesta que utiliza el lenguaje tal y como se escucha detrás y debajo del escenario. Es una obra en la que los personajes alcanzan a ver el tamaño de su reflejo hasta que llegan a Europa, donde paladean su pequeñez para empezar a buscar su grandeza.