FICHA TÉCNICA



Título obra Juárez 6.01

Autoría Eduardo Castañeda

Dirección Ernesto Álvarez

Elenco Juan Carlos Medellín, Ramón Álvarez, Ricardo Mass, Juan Carlos Colombo, Sol Méndez Roy, Juan Martín Jáuregui

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Alegría Martínez, “Escala en el infierno”, en Laberinto, núm. 456, supl. de Milenio, 10 marzo 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Escala en el infierno

Alegría Martínez

Eduardo Castañeda escribe y Ernesto Álvarez dirige Juárez 6.01, una obra joven y valiente que expone con humor y veracidad algunas situaciones en el área de migración del aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México, hasta cuyos rincones se extiende la corrupción, el abuso de autoridad, la falta de respeto e interminables estados de desesperación por los que pasan algunos viajeros que pisan nuestro suelo.

Una mujer, un joven de origen argentino y un maestro uruguayo que arriban por separado, son detenidos para una revisión de documentos, mientras en el exterior hay confusión y caos. Los tres pasajeros han caído en las garras de un agente aduanal, erigido en la única “autoridad”.

En el escenario hay tres sillas, cada una en un espacio delimitado por marcos metálicos que permiten ver a los personajes y convenir en que se encuentran aislados: la mayoría de las veces sólo interactúan por turnos con el oficial, quien transita por el espacio, incluida la oficina del jefe que se ilumina detrás de unos canceles que se abren y cierran cuando el diálogo entre tío y sobrino se anima a la luz de las circunstancias.

La forma en que el interrogatorio del agente conduce a los tres extranjeros a revelar buena parte de lo que son y esconden, es un acierto del joven dramaturgo, quien perfila cuidadosamente a los cinco personajes entre quienes los dos más jóvenes transitan de la prepotencia y el enojo a la falsa suavidad, hasta llegar a un cambio de actitud ante la salida que se les presenta.

Diálogos y bajas acciones salidas de una realidad vergonzosa con la que convivimos y de la que incluso llegamos a reírnos, conforman esta pesadilla en la que tres seres humanos se encuentran a merced de un funcionario de quinta categoría y de un subalterno de ínfimo nivel. En el vaivén de tiempos electorales, todo pende de un hilo, de las promesas y mentiras que puedan ganar terreno a favor del individuo que busca su bienestar por encima de cualquier escrúpulo.

Ácida e irreverente, tierna y repulsiva a un tiempo resulta esta obra que ubica bajo el reflector la conducta socarrona y prepotente que nos caracteriza en la persona de un jefe de aduanas indolente y bebedor, así como en su pariente, torpe e ignorante, a quien la humillación a la que es sometido acaba por transformar en su opuesto.

Juárez 6.01 es un trabajo interesante y fresco. Aunque posee altibajos de ritmo, fugas de ficción y francos tropiezos actorales, se recupera gracias a la honestidad y el arrojo de su planteamiento, al valor que requiere hablar desde la voz extranjera sobre uno mismo y sobre el país al que se llega, así como desde los servidores de un lugar concebido para recibir visitantes en el que los empleados son un ejemplo de lo peor que somos y tenemos. Por otra parte, también ahí nos reconocemos: donde se asoma un punto de nobleza que las circunstancias ahogan despiadadamente.

Es cierto que el actor Juan Carlos Medellín, quien interpreta al agente aduanal, se desempeña eficazmente y transmite con nitidez las contradicciones y los reveses de su personaje, producto neto de nuestra idiosincrasia nacional. El actor Ramón Álvarez, que desempeña el papel del jefe, juega una paradoja que resulta escénicamente afortunada al proyectar, casi desde una interpretación amateur y sin recursos, el cliché de un mal empleado público. Ricardo Mass, quien alterna funciones con Juan Carlos Colombo –a quien habrá que ver para disfrutar de su capacidad escénica de acción múltiple tanto interna como externa–, interpreta al profesor uruguayo de historia que conoce la realidad mexicana con todo y sus contradicciones. Con la experiencia como ciudadano exiliado, soporta con estoicismo, mientras deja al descubierto algo de su parte débil ante su interlocutor. Sol Méndez Roy, la guapa argentina cuyo personaje sorprende con una acción impetuosa y una toma de decisión abrupta, aunque comprensible, cumple con lo que plantea la trayectoria de su personaje, aunque a veces sale y entra de la ficción al amparo de la oscuridad de su zona escénica, cuando podría aprovechar darle continuidad ahí a su tarea escénica, para que la luz y la acción encuentren al personaje más que a la actriz. Juan Martín Jáuregui, entregado la mayor parte del tiempo a su personaje cambiante, altanero y servil, que le da juego al joven aduanero, a ratos se desconcentra como si al actor le pesara el tiempo más que al personaje; impulsa al espectador a pensar en el tiempo real más que en el de la acción.

Con todo, y debido a que se trata de una compañía joven en su mayor parte, Juárez 6.01 es un trabajo con virtudes expresas que es necesario valorar y con algunos desequilibrios que pueden subsanarse con precisión y trabajo.