FICHA TÉCNICA



Título obra Traición

Autoría Harold Pinter

Notas de autoría Daniel Pastor / traducción

Dirección Enrique Singer

Notas de dirección Daniela Parra / asistencia de dirección

Elenco Marina de Tavira, Bruno Bichir, Juan Manuel Bernal, Miguel Ángel Loyo

Escenografía Auda Caraza y Atenea Chávez

Iluminación Víctor Zapatero

Notas de Iluminación Raúl Prado y Cuauhtémoc Nájera / video; Ignacio Ferreyra / programación multimedia

Música Diego Herrera

Vestuario Mario Marín

Notas de vestuario Carlos Guízar / maquillaje y peluquería

Espacios teatrales Teatro Helénico

Productores Daniel Pastor, Rodolfo Márquez, Daniel Posada

Notas de productores Pablo García / producción asociada; Andrea Salmerón / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Ecos del pasado”, en Laberinto, núm. 454, supl. de Milenio, 25 febrero 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Ecos del pasado

Alegría Martínez

Harold Pinter expone al ser humano con la frialdad de una navaja que se hunde en el cuerpo sin que salga sangre. Cómo es que se puede cometer traición, ser parte de ella, procurarla, ocultarla y más tarde descubrirla y padecerla sin que haya un desgarre evidente, un aullido, un desconsuelo que nos delate.

Juego de tres en el que cada personaje cumple su parte de modo que se pueda andar con otro –sin ser visto– por donde antes no había vereda. La ignorancia toma su puesto como ficha sólida en un tablero y se la preserva para avanzar casillas. La familia, las formas, los horarios, son coordenadas insalvables. La deslealtad tiene límites precisos que al ser rebasados la expanden hasta verterse como ácido que escapa entre preguntas respondidas antes de ser planteadas. Enrique Singer dirige Traición de Harold Pinter sobre un escenario de amplios espacios, donde un mínimo mobiliario y cinco pantallas a manera de telón de fondo remiten al vacío y a la soledad de los personajes, incluso cuando se acompañan.

Auda Caraza y Atenea Chávez diseñan la escenografía y un mobiliario de los años setenta en Londres, objetos de líneas estéticas de una época en que bienestar y modernidad se aposentaban en el ambiente. El lugar acota y enmarca adecuadamente a unos personajes en continua tensión, imposibilitados para sentirse cómodos.

Tapices proyectados en pantallas que más tarde son letras de prensa escrita con la fecha de la acción, la pared de un restaurante italiano, la ventana de un departamento y un breve paisaje de Venecia con agua en movimiento son parte del video de Raúl Prado y Cuauhtémoc Nájera, que acentúa la sensación de estar ante personajes reales en un viaje hacia atrás y al hallazgo de reacciones mínimas conducentes a un estado catastrófico pero indulgente.

Expuesta del presente hacia el pasado, esta historia de traiciones revela los eslabones de la relación entre los dos hombres y los amantes, en una especie de reto para el espectador que busca acopiar detalles, la comprensión de ritos, advertir la respuesta más parecida a una verdad, bajo afirmaciones estáticas.

Marina de Tavira, Bruno Bichir y Juan Manuel Bernal construyen el desasosiego sordo del que aparenta seguridad o indolencia como cerco contra el desplome bajo la acertada dirección de Enrique Singer, quien establece un radio preciso de movimientos y reacciones calculados frente a lo desértico del engaño.

Un humor de cuerda tensa –como el cuerpo de Bruno Bichir que se yergue con una ligera inclinación hacia atrás, al tiempo en que pronuncia palabras con significado opuesto a lo que expresan– permea esta obra maestra del subtexto que el director ha sabido traducir en su montaje. Diálogo de tres que ocultan lo que saben del otro, como si guardaran naipes ganadores bajo su silencio, entre respuestas honestas sobre mentiras alimentadas por años. Traición es una obra sobre nuestro devenir cotidiano, recordatorio de nuestra actitud para sobrevivir sin reparar en lo que nos duele del otro, de uno mismo, de todos juntos, de lo que está ahí, generado con el afán de que no exista

.

Diego Herrera compone música original para viajar a este pasado revelador del presente, notas que nos remiten a una emoción que ya no hay, a cierto latido, al eco de algo que dejó de impulsarnos.

Miguel Ángel Loyo es el actor que interpreta al mesero, único personaje fuera del círculo vicioso en el que los tres involucrados se acechan.

Con diseño de maquillaje y peluquería de Carlos Guízar, vestuario de Mario Marín e iluminación de Víctor Zapatero, el entorno y la imagen de los dos editores de libros y la galerista, trío protagonista de esta obra, nos remite sin escalas al final de los años sesenta y mediados de los setenta, cuando la tendencia hippie se diversificó plasmada en cabello untado, pantalones acampanados, minifaldas, botas, chaquetas largas con bolsas de parche o trajes sastre que mantenían el corte clásico en colores tenues. Una liberación chic con aires de cambio.

La producción de Daniel Pastor –quien hizo la traducción–, en coproducción de Rodolfo Márquez y Daniel Posada, con producción asociada de Pablo García, producción ejecutiva de Andrea Salmerón, asistencia de dirección de Daniela Parra y programación multimedia de Ignacio Ferreyra, configura una buena puesta en escena a la que Singer propone un final efectivo, aunque algo más concluyente que como lo planteó el propio Pinter en su texto.