FICHA TÉCNICA



Título obra Nadando con tiburones

Notas de Título Basada en el guión cinematográfico de George Huang

Autoría Michael Leslie

Dirección Bruno Bichir

Elenco Demián Bichir, Ana de la Reguera, Marisela Alexander, Alfonso Herrera

Escenografía Sergio Villegas

Iluminación Matías Gorlero

Música Jacobo Lieberman

Vestuario Atzin Hernández

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Productores Tina Galindo, Claudio Herrera y Ocesa

Referencia Alegría Martínez, “Ambición, poder y venganza”, en Laberinto, núm. 452, supl. de Milenio, 11 febrero 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Ambición, poder y venganza

Alegría Martínez

Como en los viejos tiempos, cuando había más actores considerados estrellas a quienes se podía ver en vivo sobre un escenario, el público celebra el estreno de la obra Nadando con tiburones, en la que actúa Demián Bichir, elevado a rango de héroe nacional por su nominación al Oscar.

El hecho de que Demián actúe desde que era un niño y haya continuado de manera consistente con su profesión, cobra un nuevo giro al ser el segundo actor hispano en aspirar a la estatuilla, después de que Anthony Quinn recibiera dos: la primera en 1952 por la película ¡Viva Zapata!, dirigida por Elia Kazán, donde interpretó a Eufemio Zapata, y la segunda en 1956 por su papel como Paul Gauguin en El loco del pelirrojo (sobre Vincent van Gogh), dirigida por Vincent Minelli.

La ilusión de que Demián Bichir pueda obtener el premio por su actuación en la cinta A Better Life, de Christ Ewitz, donde hace el papel de Carlos Galindo, un inmigrante mexicano, impulsa a más personas de lo habitual a abarrotar el teatro donde se presenta, con una obra de Michael Leslie, basada en el guión cinematográfico de George Huang, y que dirige Bruno Bichir, quien también goza de su propia popularidad como actor.

El protagonista de Nadando con tiburones eligió audicionar en esta ocasión, para representar a un personaje opuesto a los que le hemos visto: un productor de Hollywood prepotente, macho, cínico y manipulador que maltrata a su asistente y es aliado del engaño y la traición para preservar su carrera en ascenso y continuar haciendo cine de baja calidad mientras se multipliquen los millones de dólares en taquilla.

Los trabajos realizados por la familia artística Bichir, ya sea juntos (como cuando escenificaron El jinete de la divina Providencia bajo la dirección de su padre, Alejandro) o por separado en un sinfín de producciones, parten por lo general de una necesidad artística y humana que ha dado buenos resultados. En este caso, un montaje comercial para un teatro como el Insurgentes, con una producción de Tina Galindo, Claudio Herrera y Ocesa, hay un hueco de nostalgia por la vieja etapa de estos actores, a la que ojalá vuelvan, una vez transcurrido el mareo del Oscar –sea que Demián lo obtenga o no–, porque se extraña, a la luz de Nadando con tiburones, esa autoexigencia que siempre han tenido por decir algo imprescindible.

Se trata de un montaje decoroso en el que la escenografía de Sergio Villegas –quien elige un pulido piso negro con plataformas que entran y salen lateralmente con el escritorio, el teléfono, las gavetas, papeles y el empleado en su silla– funciona. Como también resulta eficaz la división de oficinas mediante bloques de persianas que suben y bajan para dividir el lugar de la acción, al igual que las dos pantallas para proyectar cine de épocas previas en una, y paisajes marinos con fauna y clavadistas de viejos tiempos en otra.

La iluminación de Matías Gorlero apoya positivamente esta simultaneidad de acciones breves para ubicar al espectador en el lugar, ya sea que se trate del departamento de la productora Dana, interpretada por Ana de la Reguera, de una cafetería o de la estancia de la residencia del odioso productor Budy Ackerman.

La música original de Jacobo Lieberman apuntala la circunstancia de los personajes hacia su objetivo y el vestuario de Atzin Hernández resalta en el caso de Ana de la Reguera: su buen cuerpo con un ceñido vestido rojo sin hombros descubre las intenciones del personaje a cargo de Marisela Alexander y da formalidad a los empleados de la productora cinematográfica.

La historia se cuenta bien. El asistente Gus, que interpreta Alfonso Herrera, cumple con la trayectoria en descenso de su personaje, lo mismo que Demián, quien genera –como el texto lo exige– el rechazo hacia el suyo por la bajeza de sus motivaciones, y todo marcha como se espera hasta que llega el momento del desenlace. Cuando el asistente –en el colmo de su sufrimiento entre el amor que siente por la productora, la necesidad de ser escritor de guiones y la vileza de que ha sido objeto por parte de su jefe– decide transformar su suerte mediante una decisión extrema, la escena padece fuertes altibajos. El personaje del productor tiene reacciones caricaturescas, lo mismo que su empleado en el momento menos indicado, y la tensión o el suspenso que es imprescindible generar, se hace añicos. Todo lo que antes de esta escena era una ficción verosímil, se destruye por reacciones fuera de tono que no fueron cuidadas debidamente. Finalmente, el orden se restablece, aunque no como muchos lo esperan, y las circunstancias del principio se repiten sin cesar en esta cadena de ambición, poder y venganza.

La ovación del público es estruendosa y de pie, pero indudablemente algo falta. Quizás una historia que detone algo más que repulsión por los personajes, una resistencia férrea a caer en el chiste al momento de ajustar cuentas, un Demián Bichir que evite contagiarse –a ratos– del modo de hablar de Bruno y una circunstancia en la que los Bichir se expresen como hasta antes de ahora, por encima de encontrarse con un público ansioso de que un actor satisfaga nuestro eterno deseo de ser ganadores, alguna vez de algo.