FICHA TÉCNICA



Título obra Rojo

Autoría John Logan

Notas de autoría Juan Torres y Guillermo Wiechers / traducción y adaptación

Dirección Lorena Maza

Elenco Víctor Trujillo, Alfonso Dosal

Escenografía Jorge Ballina

Notas de escenografía Renata Ramos /asesoría artística

Vestuario Josefina Echeverría

Espacios teatrales Teatro Rafael Solana

Notas de productores Juan Torres y Guillermo Wiechers

Referencia Alegría Martínez, “El pintor en su laberinto”, en Laberinto, núm.450, supl. de Milenio, 28 enero 2012, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El pintor en su laberinto

Alegría Martínez

Rojo es una obra de hondura que no sólo opone a un joven pintor y a uno consagrado –Mark Rothko– sino que expone con nitidez la simbiosis que ambos generan y lo que ésta detona. Interpretados por un actor polémico como Víctor Trujillo y uno joven como Alfonso Dosal, el espectáculo atrae a un público heterogéneo que a ratos se queda a medio camino entre lo que espera ver y lo que sucede en la escena.

Un amplio estudio es el lugar de la acción durante 1958, cuando a Rothko le encomiendan un mural para el restaurante Four Seasons de Nueva York.

Entre lienzos limpios, pintura, pinceles, cubetas, lámparas y estructuras de metal con ruedas giratorias que permiten mover con facilidad su obra –en su mayoría perteneciente a la etapa de rectángulos con bordes irregulares en las zonas de separación tonal–, el artista y su asistente Ken dialogan a partir de preguntas que el maestro lanza como dardos al joven inseguro.

John Logan, dramaturgo, productor nacido en San Diego en 1961, coescritor de la cinta Gladiador, autor del guión de El aviador, de Star Trek, El último samurai y La máquina del tiempo, entre los más conocidos, recibió seis premios Tony por Rojo el mismo año de 2010 que se presentó en el Golden Theatre de Nueva York, luego de ser estrenada en Londres.

Rojo es una obra que desde el principio retrata la personalidad de Rothko, orgulloso de “haber pisoteado el cubismo hasta la muerte y acabar con toda esa mutilación de mujeres”, como lo expresa en alguno de sus parlamentos. Es un texto en el cual el personaje dice dirigirse hacia un objetivo, mientras sus acciones lo conducen al lado contrario, al tiempo en que la descalificación constante a su asistente y la exigencia de respuestas a sus cuestionamientos –que también son una forma de darle lecciones y de aprender de él– lo orillarán más tarde a un final trágico que la obra sólo bosqueja.

La puesta en escena nos da la ilusión de estar realmente ante el estudio de un artista complejo que dejó una gran obra, ante los momentos en que se debate consigo mismo y con su ayudante, al tiempo en que lo vemos como un ser humano apasionado que bebe, escucha música, se exaspera, defiende la filosofía de Nietzsche y su teoría sobre lo apolíneo y lo dionisiaco, pondera la obra de Shakespeare y expone su opinión sobre Miguel Ángel y Caravaggio, Rembrandt y Turner, Picasso y Matisse.

Por otra parte, el dramaturgo, que destaca las similitudes entre los dos personajes, sin padre a temprana edad, enfrentados por razones distintas –políticas y sociales– a una crueldad y a un inmenso dolor, estructura un buen contrapunto que empieza a tramarse desde el principio, hasta llegar a un desenlace que, nos guste o no, restablece el orden después del caos.

El texto, traducido, adaptado y producido por Juan Torres y Guillermo Wiechers, quienes se han arriesgado a presentar obras complejas de calidad, como Yo soy mi propia esposa, en teatros de vocación comercial, es una gran elección.

La dirección de Lorena Maza, clara, eficaz y coherente, ofrece una puesta en escena bien estructurada que se apoya positivamente en la escenografía de Jorge Ballina, el vestuario de Josefina Echeverría y la asesoría artística de Renata Ramos, actriz de la Compañía Nacional de Teatro.

Sin embargo, hay algo que entorpece el despegue hacia el vuelo raudo de los personajes. Aventurado es pensar que quizás al iniciar las funciones en viernes, luego de cuatro días de no dar función, los actores entren fríos a la ficción. Pudiera ocurrir también que el actor joven, quien físicamente da el personaje sin problemas, requiera mayor trabajo o real concentración pues su cuerpo, su mirada y sus reacciones no corresponden a lo que el personaje dice por su boca.

Quizá Víctor Trujillo –actor experimentado que ha incursionado en casi todos los géneros dramáticos con éxito, así como en radio, televisión, teatro, y, entre los pocos del gremio, puede hacer periodismo– requiera un compañero en escena que esté al nivel que el texto dramático exige, para dejar de impulsarlo y dedicarse en exclusiva al suyo.

Finalmente, transcurrida ya una buena cantidad de minutos, casi hacia el nudo de la obra, se da la ficción que repunta hacia el desenlace, pero buena parte del público espera como si dejara pasar paisajes externos desde el interior de un tren, para entrar por completo a lo que Rojo plantea.

Ante la necesidad de conjugar un buen texto, una buena producción, dirección y escenografía, un actor con verdadera capacidad de interpretación y admiradores incondicionales, y uno atractivo, además de mucha publicidad para obtener éxito económico, Rojo deja –aunque interrumpidas– imágenes, sensaciones, emociones, frases indelebles y la oportunidad de acercarse al artista que no pudo ver su obra convertida en templo, La capilla Rothko, santuario ubicado en Houston, edificado al año de haberse suicidado, donde catorce pinturas invitan a la contemplación a personas de todas las creencias.