FICHA TÉCNICA



Título obra El cerdo

Notas de Título Título original Estrategia para dos jamones

Autoría Raymond Cousse

Dirección Antonio Castro

Elenco Jesús Ochoa

Escenografía Mónica Raya

Iluminación Mónica Raya

Vestuario Mónica Raya

Espacios teatrales Teatro 11 de Julio

Productores Rubén Lara

Referencia Alegría Martínez, “A pesar del encierro”, en Laberinto, núm. 444, supl. de Milenio, 17 diciembre 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

A pesar del encierro

Alegría Martínez

Hay espectadores exigentes que tienen tachado de antemano al Teatro 11 de Julio por su vocación de presentar obras ligeras, banales en muchos casos, y con elencos estructurados desde una visión estrictamente comercial. Qué podría entonces impulsar a este tipo de espectador a acudir a una obra que se titula El cerdo, cuando el éxito previo en este escenario fue ¿Por qué los hombres aman a las cabronas?

La respuesta puede ser múltiple, pero quizá se deba a que en esta ocasión el intérprete es Jesús Ochoa quien se presenta en este escenario con la obra cuyo título original es Estrategia para dos jamones del francés Raymond Cousse (1942-1991), producción de Rubén Lara.

El actor, con su rigor escénico, su experiencia y sensibilidad, se adueña de un rol que le exige pensar y hablar desde el interior de un puerco y cuestionar desde ahí la conducta del ser humano, sus aspiraciones, su destino, su forma de vida.

Ante un público dominguero dispuesto a reírse en toda oportunidad, que no deja de manipular su bolsa de golosinas con un estruendoso scrach hasta dejarla vacía, Ochoa avanza invicto y sin pausa por la compleja representación de la vida de un marrano y la imperiosa necesidad de ejercer su libertad en un espacio delimitado por cuatro lados.

Los cuestionamientos del cerdo –interpretado por un actor que viste traje color carne del tronco hasta las rodillas y deja brazos, pies y pantorrillas al descubierto– ponen bajo una lente de aumento la similitud entre el hombre y ese animal, criado para la explotación y feliz de saber que su vida sólo transitará entre el campo, el chiquero y el matadero.

El texto fue escrito por un dramaturgo y novelista que en vida reconoció con gratitud la influencia de Ionesco y Beckett. Es autor de la trilogía que comprende Negativa a cumplir, El cuenco de la cabeza, El plato principal de la chef así como de Chiquilladas (Enfantillages), Abajo con los críticos, El descubrimiento de África y La otra cara es el lugar.

El autor –que se suicidó dos años después de escribir este texto– expone con humor e inteligencia las condiciones de vida de un ser dual, determinadas por un objetivo final y que obligan a controlar su existencia desde el momento del nacimiento, incluido lo que come, bebe y practica sexualmente.

El chiquero de 16 metros cuadrados está delimitado en el escenario por estrechos pretiles sobre el piso; hay una cubeta, una hielera y plomadas con cordel que marcan los laterales del hábitat porcino. La escenografía, diseñada por Mónica Raya, cuenta en la parte superior con ocho focos, cuya luz ilumina al protagonista que se burla de la mediocridad sexual de los humanos, hace una oda al excremento y se entrega libre a la meditación, la flatulencia y el auto esclarecimiento.

El actor está solo sobre el escenario, su capacidad de transformarse está en juego. Jesús Ochoa es ese personaje que gruñe y cuestiona para después embadurnarse de excremento mientras madura su tocino y su pensamiento, y más tarde se revuelca y se rasca –su actividad de mayor dolor y placer–, al tiempo en que expone por qué no le es posible querer a su porquero.

Ochoa se arroja a su hábitat como un cerdo, se revuelca, se talla el lomo contra la paja inexistente, se desparrama, goza, devora una manzana que hace saltar jugosos trozos cual proyectiles fuera de control. Cuando está de pie interpela al público, habla de la angustia que lo invade, de sus obsesiones, de la necesidad de una buena política en la industria porcina, de la miseria humana y las emociones que duran poco.

El cerdo genera risa, sobre todo cuando habla de su padre y de los hombres que jamás podrán lograr que un orgasmo dure 30 minutos como, en cambio, es común entre los de su especie.

El cerdo es una obra que duele y divierte. La dirección de Antonio Castro, el diseño de escenografía, vestuario e iluminación de Mónica Raya y el diseño sonoro de Miguel Hernández, hacen que el chiquero sea también el estrado de un político, el espacio para apreciar la belleza de un objeto, la metáfora de la existencia humana y la libertad a pesar del encierro.

El montaje pone a prueba la inercia de un público vulnerada por la actuación de un actor que se mete en la entraña de un animal despreciado del que sólo se desean sus partes sazonadas en un plato, y sugiere la posibilidad gozosa de encontrar nuestras obsesiones, angustias y reclamos dentro de lo que nos resistimos a llamar porqueriza.