FICHA TÉCNICA



Título obra La pequeña habitación al final de la escalera

Autoría Carole Fréchete

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Karina Gidi, Verónica Langer, Carlos Corona, Aileen Hurtado, Gabriela Pérez Negrete

Escenografía Jorge Ballina

Iluminación Víctor Zapatero

Música Raúl Zambrano

Vestuario Jerildy Bosh

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Alegría Martínez, “Borrarás los límites”, en Laberinto, núm. 442, supl. de Milenio, 3 diciembre 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Borrarás los límites

Alegría Martínez

La pequeña habitación al final de la escalera puede conducirnos hacia donde no sabemos que deseamos ir; a un lugar del que no queremos despegarnos, pero del que al mismo tiempo ansiamos huir: un espacio más bien propio, intocado y prohibido, algo que nos revela e impone después de habernos acercado; la punta de algo que no tiene retorno.

Mauricio García Lozano dirige por tercera vez un texto de Carole Fréchette con el que vuelve a andar un camino de hallazgos que abandonó por un rato. Los personajes transitan entre la oscuridad y la luz que llega desde el piso para abrir o limitar espacios. Una plataforma sin muebles, muros ni puertas, diseñada escenográficamente por Jorge Ballina e iluminada por Víctor Zapatero, abre el inmenso lugar en el que vive la protagonista o establece el estrecho pasillo y las escaleras que conducen hacia la habitación prohibida.

En los laterales, debajo del escenario, tres sillas esperan la salida de los actores que terminan su escena para tomar asiento, a un paso de la acción de la que acaban de ser parte. No hay escapatoria. Todos miran lo que sucede, espectadores y actores fuera de escena, menos Gracia, que no cesa de estar envuelta por una obsesión creciente. El espectador quiere atisbar dentro de la habitación al final de la escalera, y en cada nuevo intento acompaña a la protagonista, interpretada por Karina Gidi.

La dramaturga nacida en Montreal en 1949 toma como punto de partida la historia de una recién casada con esposo rico y generoso en una mansión de ensueño y sus conflictos familiares con la madre y la hermana, hasta que la acción comienza a tomar rutas en apariencia no contempladas, como si de repente se hubiera escapado el agua antes contenida en busca de su cauce, para convertirse en breves ríos que corren hacia lados opuestos sin posibilidad de ser atajados.

Gracia, un personaje de hondura a partir de la fina construcción de Karina Gidi, corre hacia un acantilado pese a la amenaza que le advierte detenerse ante la única puerta cerrada, la de una habitación en una casa con más de 80 recámaras.

La obra se desarrolla en dos planos de realidad: la cotidiana y aquella en la que entra Gracia, al traspasar los límites de lo permitido. Acosada por las llamadas de atención de su madre, interpretada por Verónica Langer, desde el familiar sonsonete machacante de las progenitoras que perseveran en el ingenuo y benevolente afán de controlar los ímpetus de sus hijas, Gracia decide dar paso a su ímpetu.

Gidi hace a su personaje entrar en lo imposible, narrar lo que encuentra, lo que escucha, lo que dice ver y lo que siente, percibe y teme hasta que casi inunda la sala del olor, la respiración, el jadeo de alguien, o de algo. Suspendidos en su butaca, los espectadores siguen, a la par del segundero, a una mujer que ya no puede detenerse porque decidió hacer caso al llamado de lo que aún no desentraña. Los zapatos blancos de tacón medio, como el vestido ceñido al torso de falda amplia, el cabello largo y rizado, el modo en que la mano toca el aire y la forma en que abre desmedida la mirada, hipnotizan a quien mira a Gracia mientras se deja atraer por una suerte de imán que se comunica con sus más grandes interrogantes.

Las piezas de guitarra, compuestas e interpretadas por Raúl Zambrano desde un extremo del foro, matizan, apoyan, inundan y circunscriben la atmósfera junto a la actriz, en una conjunción de lenguajes abiertos, de notas, palabras e imágenes que vuelan contundentes hacia la pequeña habitación.

En un abrupto regreso a la realidad, Carlos Corona interpreta al flamante marido, dueño de sí, de la situación y de una mujer que sólo tienta la ruta única hacia el total despojo del varón que en su fragilidad grita, ordena y lisonjea como fórmula infalible.

Aileen Hurtado es Ana, la hermana de Gracia, fortalecida a golpes de rechazo y abandono. Es fuerte en su debilidad y clara en su sentimiento, y llega a ser dulce cuando revela lo que ha ocultado.

Gabriela Pérez Negrete, como el ama de llaves y dueña silente de la mansión, proyecta la dualidad ladina de los desposeídos con un puñado de poder bien asido que exprimen hasta la última gota.

Con un vestuario que define el perfil de cada personaje, desde el halo romántico de Gracia, pasando por la elegancia sesentera de la madre, hasta la formalidad rígida del marido, la practicidad espontánea de la hermana y la rigidez de la asistente doméstica, Jerildy Bosh aporta textura y rango a un territorio donde habitan seres expuestos a la luz y a la sombra.